Catamarca letras

sábado, diciembre 09, 2006

Danza

Alicia, una joven esbelta de cabello lacio y azabache, veía las cosas mundanas con codiciosos, grandes y bellos ojos color café. Sabía que podía obtener más si traspasaba los límites impuestos. Algo en su interior le aseguraba que debía apelar a una mayor fuente de energía. Una verdadera fuente de poder.
Antonia, su hermana, le advirtió acerca del poder que ella buscaba. Decía que andando sobre el filo de la navaja podría llegar a lastimarse. Que el peligro la acecharía permanentemente.
Visitó la gran casa de los suburbios, llamó y pidió. La mirada profunda de la anciana aseveraba la frase que le tradujera, mientras pausadamente cerraba el gigantesco y antiquísimo compendio de recetas, conjuros, instrucciones y maleficios… todos destinados a torcer el rumbo natural de las vidas humanas. El libro… cuya única custodia era el idioma.
¡Excelente!, la ventana estaba abierta. Ya eran las doce, comenzaba el 7 de Julio, los astros condensaban su sabiduría ancestral en aquella noche y el anuncio lo daban las campanas de la catedral. Lucas se hallaba solo en la gran cama matrimonial, tendido boca arriba dormía un sueño inducido, un sueño de lujuria, un sueño de pasión, un sueño enérgico, un sueño de hombre. Fuerza masculina a la máxima potencia. Sólo tenía que apoderarse de ella. Penetrar en ese sueño erótico, tomar la personalidad de quien le excitaba e inducirlo a la entrega total, llevarlo a volcar su fuerza psíquica en el momento supremo y absorberla… cual vampiro.
Repitió tres veces el conjuro y su cuerpo tembló, sintió el poder de aquél hombre integrarse a su ser, llegar hasta su más íntima fibra. Comenzó la Gran danza, aquélla que jamás supuso podría bailar, la Gran danza. Abandonó todo pensamiento, bailó y bailó incesantemente una y otra vez al compás de la música de aquél hombre. Bailó y bailó en una danza eterna, en una danza sublime, llena de éxtasis, danzó con verdadero frenesí y en el momento supremo el grito de Antonia, retumbó violentamente dentro de su cabeza... aunque ya era tarde.
Alicia supo, poco después, que su alma ya no le pertenecía, que fue a buscar a ese lecho, lo que perdió. Quedó prisionera de Lucas. Jamás pudo abandonarlo, jamás disfrutó de las cosas mundanas. Él tuvo hijos… ella sombras.


© Armando V. Favore



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V?nculo

Alfredo

¡Sólo tenía que decirlo una vez! Nada de pararse frente al público, debía “cantar”, así, en voz baja. Sólo un nombre. Sólo eso, en voz baja, tres nombres. Yo le dije que tenía que hacerlo y no me escuchó. No cantó ni habló, no dijo nada, sólo ¡Ay! Cada vez, luego dejó de decir ¡Ay!

- Se puso a hablar en chino básico. ¡Qué se yo! Decía de los protones y los electrones. Lo dijo tantas veces que me lo aprendí de memoria.
- ¿Dónde fue que pasó esto?
- Acá nomás, en San Martín
- Siga, siga contando que yo anoto
- Y bueno… lo tenía en una piecita, medio muerto de hambre para ver si aflojaba un poco, pero el tarado lo único que hablaba era de las macromoléculas y no sé que más de los polímeros. Le dije que se deje de hacer el tonto, que sino me iba a calentar le metería ya sabe por dónde las macromoléculas esas. ¿Ud. se cree que me dio bolilla? ¡Ni ahí! Yo le preguntaba de una cosa y él me contestaba de otra.
- Química
- Química, sí, ni más ni menos. Me hablaba de química… ¡A mí! “Siempre sirve para algo el estudio”, me maquinaba la vieja y yo me reía de la pobre boluda. El asunto es que el pibe era responsabilidad mía y yo algo le tenía que sacar, así que le mostré un alicate, lo senté y le dije que sino cantaba… ¡Chau dedito! ¿Y que hizo el pelotudo? Siguió con los protones y los neutrones. Se puso a decir tantas boludeces que tuve que ordenarle que se callara. ¿Sabe qué me dijo?, me dijo que él era muy locuaz y como no entendí un pomo le grité adentro de la oreja “¡Dejate de embromar y decí un nombre!”. Lo vi mal, pálido, flaco, cansado, chupado abajo del bigote negro, pensé que había aflojado cuando me dijo: “Avogadro”
- Pero Avogadro fue…
- ¡Se me cagó de risa en la cara, el muy hijo de puta!, y eso que le había cortado un dedo. Lo miré, después que me dijeron boludo, le mostré de vuelta el alicate y le escribí en un papelito que le quedaban 19 dedos más, así que mejor que me diera bolilla, sino la iba a pasar mal.
- ¿Fue esa la única vez que él lo miró a los ojos?
- No hizo falta ninguna más. Se me quedó grabada. Me miró y no me habló de química, me habló de Freud y del Borda. Al final me lo sacaron al pibe porque aunque ya no podía caminar, nunca soltó un nombre, ni siquiera el del pibe que lo fajó a los doce. Nada che, sólo moléculas y el H20… ¡y la puta que lo parió!.
- De él nunca se supo nada, en cambio Ud…
- Sí, yo en el Borda.
- ¿Y cómo se llamaba el químico ése?

¿Si fuera un sueño?

Teñido… granate desgajado en miles de cándidas nubes. Allí estaba luego de la tensa espera frente a la ventana, maravillado una vez más de que las tinieblas desaparezcan. Fue cuando su amigo entró.
- ¿La Tierra? ¿Lo que me dijisteis ayer se refería a la Tierra?
- Sí, claro que sí. No lo entendeis porque es difícil, pero… ¿Qué alternativa queda? Seguid atentamente los pasos de mi deducción y llegarás… ¿No hos dais cuenta?, está frente a ti. Es una verdad irrefutable.
- Ayer pensé que estabais loco o algo así, fui hasta la posada de la costa y le di vueltas al asunto. Jamás pensé que fuera esto – dijo señalando el suelo – lo que se movía.
- No era necesario aclararlo, estaba implícito en mi explicación
- ¡Si, si era necesario! Que estúpido fui. ¿Cómo pude ser tan tonto? ¿Cómo imaginar que era sólo una locura tuya?
- ¡Bueno hombre! No hos castigueis tanto, después de todo lo que no habeis comprendido ayer lo aclarais hoy y listo.
- ¡Tarde!
- ¿Tarde para qué? Lo que importa ahora es que nadie se entere, sino el asunto se puede tornar oscuro, sobre todo para mí.
- ¿Cómo pude ponerme a analizar este asunto delante un jarro de vino, que luego una mano, a la que catalogué de generosa, multiplicó? Sabeis que mi amistad contigo es incondicional, pero anoche... Alejandro se enteró.

El ruido de los caballos acalló la conversación, luego la puerta recibió rudos golpes y la voz enérgica de un soldado que los sobresaltó.
¡Abrid la puerta! ¡Abrid o la tiraremos abajo! ¡Os digo que abráis, Galileo Galilei!

lunes, diciembre 04, 2006

Foto


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sábado, septiembre 02, 2006

Nueve días

Todo el mundo hablaba de lo mismo, la huelga prometida para el metro ya era un hecho. Cristian Dupont miró lánguidamente la estilizada figura, erguida, dominante, inmensa, que con el acero de su alma perforaba la abultada nube negra que amenazaba el suelo parisino. Las finas gotas de lluvia que golpeaban su rostro semejaban afilados estiletes portadores de fríos mensajes. Cristales de hielo formaban mágicas figuras en la acera, indicando a los espíritus atentos la inminencia del invierno. Cerró totalmente la cremallera de su campera, con cansadas manos acarició los escasos cabellos blancos, testigos de cientos de noches de vigilia, al tiempo que el viejo Jean Claude se acercó y tendiendo la diestra le invitó a ingresar en el Flore.
El lugar era acogedor, el salón, relativamente reducido para la cantidad de público que circulaba de ordinario por la Rue de Les Fontans, daba un toque cálido a los ocasionales visitantes. La sonrisa blanca y franca del camarero les trajo a ambos la nostalgia de los tiempos ya idos, se parecía tanto a Boris Vian, con sus cabellos negros y el gran bigote al estilo italiano, característico del dueño del reducto homónimo, lugar de bohemios, artistas y nostalgiosos. La voz del hombre resonó en la caja de los recuerdos, parecían regresar en el tiempo a la época en que el Jazz hacía vibrar las interminables noches de humo, amores y juego. Sin dudas Boris volvió a su metiere y con inconfundible buen humor ofrecía nuevamente el agasajo a los que él llamaba invitados.
Todo parecía igual a lo ya vivido. Las mesas y sillas distribuidas como antaño, la gran vidriera que permitía observar La Torre, los cuadros que donara Lacroix perfectamente cuidados, hasta el aroma del café era el mismo. Jean Claude comentó esto con Cristian y estuvieron en un todo de acuerdo, salvo por el hecho de que la vieja radio a válvulas había sido reemplazada, sin éxito a juicio de ellos, por un moderno y enorme televisor de pantalla plana. Allí leyeron el titular referido al paro: “El metro inicia hoy una serie de nueve días seguidos de huelga”. Cristian observó que el caos que se avecinaba era producto de la magra propuesta de la empresa con respecto a las pensiones y que los empleados sostenían que debían incrementar la lucha.
“¡Ah...! Los viejos tiempos” dijeron ambos al unísono. Los recuerdos de éstos, veteranos miembros de la SOS Saint-Germain, perforaban una y otra vez la verdad actual, como una aguja que en el ir y venir cose uniendo ambos planos de realidad, con el hilo mágico de la edad. Doradas décadas las de los cuarenta y cincuenta. Allí, en el Flore y más allá en el Deux Magots solían ver cómo dejaban pasar el día Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir, entre peroratas, escrituras o bien percibiendo angustiosamente, con premonición certera lo que hoy es, un universo sin sentido.
“¡Ah...! Los viejos tiempos”, repitieron con un gesto amargo, como si la actualidad perforara sus viejos corazones con el florete de la sinrazón. En su diálogo reconocieron dolorosamente el camino sin retorno, la vida hoy no tendrá jamás el sabor de aquellos años.

Sebastián

La casa se hallaba sumida en las penumbras, ya había cantado el gallo, sobre el cerro Ancasti se vislumbraba un pequeño grupo de nubes que recibían la aún débil y rosada luz de la aurora.
Los animales de la pequeña granja comenzaban a despertar. El sopor del sueño esfumándose se vio interrumpido bruscamente por el relincho de Amanda.
Doña Clara acomodó los cabellos alborotados por un sueño agitado. Recordó que luego tendrían que ir a buscar leña en el monte. Y ese chango que costaba hacerlo trabajar. A pesar de sus 23 años se comportaba como un niño, no entendía bien las cosas y aparte era un poco vaguito. "Le gusta jugar con todo, que le vamos a hacer al pobrecito, menos mal que me tiene a mi para cuidarlo" solía repetir ante las comadres del barrio, las que luego, en ausencia de Doña Clara comentaban que la pobre era ella, ya que Dios le había dado un hijo zonzo.
Delicia comenzó a cacarear con fuerza, estaba clueca y handaba anunciándolo con toda energía. Se levantaba y andaba de un lugar a otro cacareando. Entró en habitación de su hijo Sebastián junto con Doña Clara y mientras ésta lo reprendía para lograr que se levante Delicia continuaba con su concierto a viva voz.
Mientras tanto las imágenes se sucedían dentro de la mente de Sebastián y en una extraña asociación de ideas entendió los cacareos como retos hasta que finalmente despertó. Una vez en pie, sin lavarse la cara acudió a la cocina y mientras besaba a su madre recibía un tazón humeante de mate cocido y un bollito. Luego de sentarse a la mesa escuchó el repertorio que Delicia había interrumpido brevemente y que ahora continuaba en el gallinero, mascullando ciertos improperios contra el ruidoso animal que no le dejara dormir. La madre, con una bolsa de tela conteniendo maiz, le indicó que alimentara la gallina mientras ella se dirigía al almacén.
Sebastián tomó la bolsa y una vez finalizado el desayuno se dirigió al gallinero mientras Delicia cacareaba sin cesar. "Retame nomás, decime que no quiero trabajar, retame y vas a ver", decía y repetía a la gallina, la que al detectar que Sebastián se acercaba a ella con un palo en la mano, emprendió más enérgicamente el acorde de su esforzado método de comunicación. Esto avivó la queja del chango, "retame nomás, retame nomás". Al acercarse lo suficiente comenzó a revolear el palo a un lado y a otro, confundiéndose sus gritos con el alarmante quejido del animal, el que a su vez saltaba de un lugar a otro dentro del reducido ambiente, hasta que desafortunadamente el palo enérgicamente se topó con la reducida cabeza del ave, la que cayó muerta en forma instantánea.
Un gran susto se apropió del muchacho, pensando en lo enojada que se pondría su madre. En un atisbo de intengilencia, que se presentó forzada por las circunstancias, decidió reemplazar al infortunado ser aplicándose sus plumas en todo el cuerpo. Para poder adherirlas se huntó con arrope que extrajo de una tinaja y que Doña Clara había preparado para vender. Seguidamente peló la gallina, se prendió las plumas y comenzó a cacarear creyendo lograr una buena imitación.
Al regeresar su madre escuchó un cacareo bastante diferente al de la finada Delicia, así que sigilosamente se fue acercando al gallinero para observar qué ocurría y al descubrir el burdo engaño, montó en cólera y comenzó a castigar al chango con el mismo palo con éste matara al desafortunado animal. La improvisada arma se cubrió con arrope y plumas, mientras algunas de ellas volaban por el aire.
Sebastián siguió con el cacareo hasta que estalló en llanto. La amorosa madre lo tomó de una mano conduciéndolo al dormitorio. Le ayudó a cambiar sus ropas y con comprensión materna besó a ese hijo que Dios le había dado._ Vamos Sebastián, ayudame a juntar leña que hoy comeremos puchero de gallina.

Descripciòn

La miré largamente. Llevaba un pequeño sombrero de gaucho sobre su bien redondeada cabeza, permitiendo ver la larga cabellera recogida en dos grandes trenzas que finalizaban en sendos moños de un rojo vivísimo. Un rostro sin arrugas, ligeramente alargado y maquillado con suavidad en un toque de coquetería, mostraba los ojos rasgados y la tez apenas oscura, revelando ancestros indígenas propios del norte Argentino, aunque su nariz pequeña y redonda hablaba del cruce de razas de nuestra tierra.
Se notaban sus más de cuarenta ubicados en un cuerpo robusto, con disimulada cintura y apoyado en piernas agradables y proporcionadas, enfundadas en medias finas color piel, mientras, sobre las rodillas aparecía una pollera negra de corte recto, haciendo juego en su color con los zapatos acordonados y con suela de goma. La camisa gris claro, suelta sobre el torso y apenas abierta, no podía disimular la presencia de pechos generosos. Pendiente del cuello corto, un pequeño collar de cuentas multicolores adornaba el escote con singular delicadeza.. La profundidad de sus ojos negros, que sonreían naturalmente, se hallaba oculta tras un par de anteojos metálicos de lentes incoloros, los que su vez le otorgaban un aire intelectual.
Elevando sus manos y fingiendo contrariedad se colocó un invisible en el renegrido cabello, al tiempo que ladeaba la cabeza en un gesto típico del gènero femenino. Mirándome sonrió y me permitió ver sus dientes perfectos, blancos como la pureza de alma que transmitìa. Al acercarme con la mirada fija en sus ojos, sentí la suave caricia de la voz femenina al ofrecerme las flores que vendía, indicándome con manos agredidas por el trabajo cotidiano, las distintas variedades. Un aroma penetrante emanaba de un ramo de aterciopeladas rosas color borravino, que ella sostenía. Tomé su ríspida mano para apreciar desde una menor distancia aquella belleza natural y sentí un calor que me recorrió el cuerpo, transportándome a un mundo de fantasía. Ella lo percibió y volvió a sonreír, tras lo cual y a modo de despedida de áquel encuentro casual, sus finos labios acriciaron mi mejilla en un suave beso que logró sonrojarme.

Sueño

28/3/05
Ese sonido suena
Sonroja mi suave rostro
Sencilla senda
Semeja siembra de semilla súbita

Susurrando sosiego el sortilegio
Sorprende su sumisión
Señal sublime
Sospecho es soñador

Sordamente siente
Solapado sermón
Solemne soporta el soplo
Simple signo de sensible suavidad

Sume la sensualidad
Que sepa a secreto selecto
Sacralice el signo silente.
Suavice su soborno y suya seré

Sobre esta mesa

Pongo sobre esta mesa
Dolor de ausencias
Recibos de sueldo
Llantos de amargura
Miradas resignadas

Pongo sobre esta mesa
Una botella de vino
Tristeza de los lupanares
Mi libreta de matrimonio
Un desconsuelo

Pongo sobre esta mesa
Rimel corrido
Fotos añejas
Paisajes de amor
Esperanzas rotas

Pongo sobre esta mesa
Mi espalda dolorida
Tus cabellos
Un pedazo de torta comprada
Un vaso con tu rouge

Pongo sobre esta mesa
Mis lágrimas



® Armando V. Favore

¿Si fuera un sueño?

272 palabras 22/8/06
Teñido… granate desgajado en miles de cándidas nubes. Allí estaba luego de la tensa espera frente a la ventana, maravillado una vez más de que las tinieblas desaparezcan. Fue cuando su amigo entró.
- ¿La Tierra? ¿Lo que me dijisteis ayer se refería a la Tierra?
- Sí, claro que sí. No lo entendeis porque es difícil, pero… ¿Qué alternativa queda? Seguid atentamente los pasos de mi deducción y llegarás… ¿No hos dais cuenta?, está frente a ti. Es una verdad irrefutable.
- Ayer pensé que estabais loco o algo así, fui hasta la posada de la costa y le di vueltas al asunto. Jamás pensé que fuera esto – dijo señalando el suelo – lo que se movía.
- No era necesario aclararlo, estaba implícito en mi explicación
- ¡Si, si era necesario! Que estúpido fui. ¿Cómo pude ser tan tonto? ¿Cómo imaginar que era sólo una locura tuya?
- ¡Bueno hombre! No hos castigueis tanto, después de todo lo que no habeis comprendido ayer lo aclarais hoy y listo.
- ¡Tarde!
- ¿Tarde para qué? Lo que importa ahora es que nadie se entere, sino el asunto se puede tornar oscuro, sobre todo para mí.
- ¿Cómo pude ponerme a analizar este asunto delante un jarro de vino, que luego una mano, a la que catalogué de generosa, multiplicó? Sabeis que mi amistad contigo es incondicional, pero anoche... Alejandro se enteró.

El ruido de los caballos acalló la conversación, luego la puerta recibió rudos golpes y la voz enérgica de un soldado que los sobresaltó.
¡Abrid la puerta! ¡Abrid o la tiraremos abajo! ¡Os digo que abráis, Galileo Galilei!

Verdades ocultas

2/11/05 – 471 palabras
Todo estaba preparado, previsto para las 11. Rosalía colocó la mochila cargada, pesada, sobre su frágil espalda. Con mirada atenta escuchaba los consejos a tener presente. Se jugaría el todo por el todo. En el televisor aparecían reiteradamente las imágenes de horror captadas en diversas partes del mundo, mientras el locutor acusaba una y otra vez al único responsable de tanto dolor, que se traducía en un único elemento material: Dinero.
Taladraba su novel psiquis saber que grandes cadenas de tráfico de armas dan vida a una serie de actividades comerciales paralelas, que si bien generan trabajo para mucha gente, también muerte y dolor para otros, incontables. El espíritu de la pequeña se hallaba atribulado, sus delicados dieciséis no soportaban tanta crueldad. Ella podía hacer algo.
El hombre que amaba se lo pidió… la humanidad entera se beneficiaría… ¡Lo haría por amor! Su objetivo mayor era el de inmolarse por amor… Rafael jamás olvidaría el acto, Rafael jamás la olvidaría.
Detrás de aquellos ojos grandes, que denotaban asombro, los pensamientos de Rosalía iban y venían, recorriendo un único camino: el que trazaran hábilmente quienes necesitaban de una joven idealista, dispuesta a todo… y virgen.
Aún saboreaba el beso tierno, único, recibido cuando él le ayudó a colocarse la pechera llena de bolsillos llenos. Sentía aún la fuerza del abrazo que le prodigara el hombre cuando ajustó la prenda a su espalda.
De pronto, otro hombre arribó sorpresivamente a sus pensamientos, la poderosa y amorosa estampa masculina que la rodeara desde su nacimiento. La imagen de quien parecía darle ahora un último y sabio consejo.

Antonia estaba en la capilla, revisaba hoja por hoja, renglón por renglón, el cuaderno azul. Las notas de la investigación hecha por Julián allanaban todas sus dudas, este asunto era ni más ni menos que un asqueroso negocio. La muerte del genocida no detendría ese accionar, simplemente lo sacaría del medio para que la riqueza generada pase a otras manos.
Con el rostro desencajado tomó el teléfono celular y llamó a Rafael, le comentó lo que sabía y le pidió a gritos que detenga a Rosalía. Del otro lado le llegó un lacónico: Imposible, la suerte ya está echada.
Las maldiciones de Antonia formaban sacrílegos ecos en la capilla, el grito de impotencia frente a la verdad manifiesta resonaba una y otra vez, “Tenías tiempo Rafael… pudiste avisarle. ¡Traición!, nos traicionaste maldito”
La esfera del reloj la miró con saña, acusadoramente le indicó las 11; el nudo de su garganta estalló… un llanto desconsolado hirió el aire sagrado.
Parada en la puerta del templo, la figura esmirriada de Rosalía recibía los fuertes rayos del sol iluminando su pesada carga de dolor, desamor y muerte. De sus enormes ojos negros manaba un manantial salobre, en su cabeza retumbaban las palabras de Antonia. Las campanas repicaron insistentemente.

Mi verdadera lujuria

461 palabras- 2/9/05

Alto, robusto, con una incipiente calvicie y el inevitable batón blanco, miraba con la vista perdida en la lejanía celeste, apenas rosada, del amanecer otoñal que ingresaba tímidamente por el gran ventanal. Acariciando su barbilla recién afeitada, expresaba, monologando con grave y fuerte voz, mientras gesticulaba.
“Creen que uno necesita eso. Como si no fuéramos más que un poco de minerales de escaso valor.
Sabes muy bien mi querido Rubén, quizá mejor que yo, que todo pasa por ahí, por lo que tenemos detrás de los ojos, debajo del pelo. Nada es algo sin eso, lo demás… pura mentira.
El trabajo es buen consejero, la arcilla te convierte en un dios, puedes crear. Tu mente se libera del atavío mundano, logra internarse en las selvas tropicales del conocimiento, en el análisis auto concebido.
Mientras ellos me ven atado, prisionero de esta realidad, soy libre, capaz de dibujar en el alma de estas simples piezas de barro mi viaje.
Por eso río cada vez, la aventura del pensamiento libre me lleva a confines inusitados, a deliberaciones con mí mismo acerca de una u otra forma de ver el mismo universo. Reflexiones que me hacen reír de la estupidez de ciertos personajes de este mundo al que llaman realidad.
Río Rubén, por que se quedan con lo material, con lo matemático y pretenden sanearme con… Ja, ja, ja.
Río Rubén. ¿Sabes? Al verme junto a la puerta, una de sus “burritas” cuchicheó al oído de su compañera. Y despegándose de las ánforas se aproximó con un provocativo contoneo de caderas. Lucía en las sienes una estrecha cinta de seda blanca, que realzaba el negro de sus cabellos.
¡No saben Rubén cuál es mi verdadera lujuria!…Ja, ja, ja”.
¡Escucha Rubén!, escucha esta frase, prima en mí, la que he memorizado para los incrédulos: “”Desde el punto de vista cosmológico, había una manera distinta de concebir el desplazamiento hacia el rojo. A medida que el universo se expande, las ondas de luz se estiran dentro del universo al mismo tiempo que él””.
Vocablos virtuosos, Rubén, que lograron despertar mi espíritu a una nueva aurora, la del pensamiento mágico. Mi mente comenzó a percibir que otra realidad era posible, marchando a pasos agigantados por laberintos filosóficos, que por momentos me apartan de la realidad cotidiana, proponiéndome la invasión a territorios inexplorados por mi ser interior, terrenos quizá cenagosos que me atemorizan pero que a la vez me atraen con un despliegue de adrenalina propio de los deportes de alto riesgo… y el maravilloso vértigo del recorrido por senderos que preconizan el arribo a certezas nunca antes develadas por mi. Temor y sabor a verdad; temer y saber, fascinante idilio.
¡Idiotas!. No saben Rubén, no saben… cuál es mi verdadera lujuria. Ja, ja, ja”

Siempre será

269 palabras 15/8/05
Decidió viajar él también. Su empresa de ómnibus llevaba varios choques desde que aquél inversionista apareciera. Rafael sabía que más viajes implicaban más accidentes, pero esto escapaba a lo previsto. Las compañías de seguros ya habían subido el valor de las pólizas… y los muertos, realmente eran muchos.
Nunca fue responsabilidad de sus chóferes, siempre otro provocaba el encontronazo, pero su empresa no dejaba de ser protagonista.
Desde que el inversionista apareciera comenzó a ganar dinero, sus empleados estaban muy conformes con los aumentos de salarios y otros beneficios, pero su cabeza daba vueltas desde el día en que estrechó aquella mano, la que él creyó sería la salvadora, la diestra del aquél personaje siniestro.
Todo ocurrió como solía hacerlo. La ruta sin banquina. De pronto, en la oscuridad total de la noche, un camión sin luces circulando en sentido contrario y a gran velocidad, cambia de carril inesperadamente. El impacto, inevitable.
Todo era caos, gritos, llantos, los sobrevivientes del micro fueron saliendo uno a uno. Rafael pudo ver claramente que aquél personaje, pulcramente vestido arrastraba, mientras sonreía, a los fallecidos. Lo identificó claramente, era el inversionista en persona.
Cuando ambas miradas se cruzaron, el empresario lo interrogó con un gesto y el siniestro personaje respondió:
¾ La tecnología moderna puso al choque de micros a mi servicio, nadie sospecha, varios mueren y sus almas… bueno, Ud. sabe… Pocos son los que se purifican antes de partir. Así es que, como siempre será, yo recolecto.
La pausa pareció extenderse indefinidamente… el inversionista extendió su diestra y con una amplia sonrisa susurró: Rafael… es su turno.

La mancha de sangre

691 palabras - 29 de Abril de 2005
Agitado, Manuel regresa a la casa, torpemente abre la puerta, cierra con violencia y corre al baño. Al quitarse la campera ve, allí, sobre su camisa blanca, como una señal luminosa e intermitente, un gran clavel rojo.
Respira hondo frente al espejo, cerrando los ojos y con movimientos pausados va quitándose la prenda, siente cómo recupera el palpitar normal de su corazón. Se relaja, toma una tijera y lentamente recorta el trozo de género manchado. Abriendo y cerrando el instrumento recuerda cómo segó la vida de aquella mujer. Luego lava la hoja del acero.
Sin entender por qué no siente arrepentimiento alguno, simplemente lo hizo, sin evaluar lo bueno o lo malo de su acción. Eran esos momentos en que su ser se transportaba a otro mundo, su cuerpo actuaba bajo el influjo de vaya a saber qué. ¿Alguna extraña fuerza de un universo paralelo? Nada de lo que le ocurría tenía explicación, pero sí consecuencias. Las veía, reflejadas en las primeras planas.
Una vez más enciende el hogar. No tiene apuro. El rostro de aquella infortunada regresa a su mente, su gesto de sorpresa y dolor vuelve, esfumándose pausadamente, junto a la tela recortada que se quema entre los leños encendidos.
Hoy es martes, ella no vendrá. Toma una ducha fría y como embotado por sus propios pensamientos cae, pesadamente, sobre la cama.
Gira nuevamente mientras trata de dormir, apenas abre los ojos y frente a él, sobre la mesa de noche, alcanza a distinguir la enorme daga con mango de plata que le regalara Alicia. Sonríe. Hablará con ella.

La novia tomó entre sus brazos la cabeza del amado, y acariciándolo con mucha ternura, le repetía: “Sabes que te amo con toda mi alma, aunque me vaya la vida en esto no te voy a dejar. Menos ahora que me necesitas. Ya va a pasar tu aflicción, estás deprimido, sientes angustia y crees que todo es negro, oscuro... pero sólo es el túnel que atraviesas, al final hay una luz, soporta mi amor, soporta... la luz está más cerca de lo que imaginas. Desvía tus pensamientos hacia toda la gente que te quiere, como yo, que me muero por vos, que te amo con toda mi alma. Soporta, se fuerte, soporta”.

Otra vez la soledad, otro martes narcotizado por esas fuerzas, otra vez la daga, la pérdida de conciencia. El ritual se repite, está por salir de la casa cuando, por una ventana que se abre dentro de su niebla de inconciencia, decide tomar el teléfono y con voz ininteligible pronuncia un “te espero”. Luego, aprovechando su limitada lucidez, arroja las llaves al jardín. Finalmente cae presa de una serie de convulsiones y pierde totalmente la conciencia.
Alicia me ayudará, ella me ama profundamente, empujará el puñal. Lo colocaré en el lugar preciso, presionaré lentamente hasta sentir el punzante dolor, allí, justo debajo de mi tetilla izquierda y ella, en un tremendo acto de amor renunciará a sus principios, a nuestra relación, a mí y… liberará a las próximas víctimas.
- Por fin llegaste, mi amor. Mira, lo que tienes que hacer es muy sencillo, ¿ves?. Sólo debo sentir un pequeño dolor para asegurarme que la daga está en el lugar correcto. Así, aquí, presiono un poco más y me tiene que doler, un poco más, todavía no duele, otro poco más, falta más, debo sentir dolor, más, más… más.

Un cauce escarlata se abrió paso llevándose la existencia de Manuel. La mujer, arrodillada frente a él, sobre el parquet, reconoció la afilada daga que certeramente perforó el corazón del angustiado hombre.
A su lado la primera plana del Ancasti, con letras catástrofe respondió a su mudo interrogante: “Otra víctima del asesino serial”, luego, la foto de una mujer tapada con diarios y un policía a su lado.
Alicia susurró al oído de Rafael: “Vete, mi amor, vete ya…”

- Así es oficial, cuando llegué ya era tarde, me confesó su desdicha cuando aún le quedaba un hilo de vida. Se arrepintió de haber matado a esas mujeres… le creí y recé por él. Eso es todo, simplemente llegué tarde.

El crimen perfecto

3/abril/2005 -1616 palabras
- Comisario Ramírez, Don Luis no está, desapareció.
- ¿Cómo que no está?. Viejo sinvergüenza, no se va a mandar a mudar así nomás. Búsquenlo y mejor que lo encuentren. ¡Habráse visto¡ Desaparecer, ¡yo le voy a dar¡. Con la guita que gana con mi permiso, no se la va a llevar de arriba. Voy a descubrir dónde está y a cobrarme la comisión.
Luego de varias horas la respuesta de sus hombres era la misma: Don Luis se había ido. Así es que Ramírez decidió que si uno quiere que algo se haga bien no debe delegarlo.
Fue al domicilio del hombre y allí pudo ver algunas de sus pertenencias, sí, parecía que había emprendido un largo viaje, sin embargo algo le llamó la atención: sobre la mesa de luz había una pequeña billetera de plástico, vacía y sin importancia para el común de la gente, pero Don Luis le había confesado que un niño desamparado se la obsequió para su cumpleaños y que por nada del mundo la dejaría; la introdujo en su campera. Tomó la radio y dio la siguiente orden: “Álvarez, hágase presente en la casa de Don Luis y se queda de consigna, cualquiera que quiera entrar o salir me lo detiene”. Acto seguido fue hacia la veterinaria.
- Buenos días Doña Etelvina. ¿Cómo andan las cosas? ¿El negocio?
- Más o menos Sr. comisario, UD. sabe que yo trabajo cuando se enferman los animales y a veces gozan de buena salud.
- Dígame, querida señora… ¿Así que no vio a Don Luis?
- Válgame Dios Sr. comisario de verle sólo la cara a esa alma perdida del Sr. Sabe muy bien que nadie lo quería en este pueblo. Ese hombre a jodido, disculpe la mala palabra, a mucha gente; Dios me perdone, pero ojalá que se haya ido para siempre, lástima porque donde vaya va a sembrar el mal. UD. sabe que él jugaba con los sentimientos de las personas y eso es como jugar con fuego… un día seguro que se quema.
- ¿Qué quiere decir? Si a él lo visitaba quien quería, cada cual sabe dónde le aprieta el zapato.
- Disculpe, Sr. comisario, con todo respeto, pero iba a verle el desesperado, como Jacinto, que se le murió la señora y quedó con tres nenas para cuidar, solito mi alma, y ese sinvergüenza que ahora UD. Quiere encontrar lo dejó sin un peso al pobre viudo, todo por decirle que podía hablar con la María, pobrecita, tan linda mujer que era. Mentiras, todas mentiras, pero ya se acabó. Nunca más ese sacrílego ateo molestará ni se aprovechará del dolor ajeno.
- ¿Cómo que se acabó? ¿Acaso sabe por qué no aparece Don Luis?
- ¡Ah no! Yo no sé eso pero la gente no es más tonta
- Otra pregunta: ¿Tiene estricnina?
- Eh… creo que algo me queda, ¿quiere que le venda?
- No, gracias, en otro momento quizá.
El comisario saludó y se fue rascándose la cabeza. Caminó hasta la abandonada estación de tren y se sentó a reflexionar cuando vio al Loco Chito hablando con los chicos del barrio, ellos se divertían a su costa y el Loco sentía que alguien se interesaba por él, aunque sea para burlarse. En eso se acercó el maestro y saludando con un gesto pidió permiso para compartir el banco.
- ¿Así que Don Luis no aparece, comisario?
- Efectivamente Ramón, nadie lo puede encontrar por ningún lado, parece como si se lo hubiera tragado la tierra.
- Y… en una de esas… ¿quién le dice?
- ¿UD no tiene idea de adónde pudo ir? La empresa de micros dice que no lo han visto tampoco, que hace como un mes que no toma el ómnibus.
Ehhh… otra cosa, estaba viendo al Loco Chito y me preguntaba si él no se da cuenta que los pibes lo toman para la chacota y se divierten haciéndole hablar macanas.
- No se entiende, ¿verdad?. A mí me cuesta darme cuenta, yo le llamo crueldades de la psicología humana. Es como que le piden a los otros que los hagan sufrir, pero se entiende que si no, no tendrían siquiera eso, de alguna manera se sienten algo.
- Extraña forma de sentirse vivo Ramón, extraña forma.
- Sé que Chito anduvo por lo de Don Luis, a veces le hacía algunas cosas y él le daba algo para que coma, desde que cerraron el Convento de Santa Eulalia que no se alimenta, bueno, UD ya sabe y ese Don Luis se venía a aprovechar del pobre Chito, un alma tan pura, incapaz de hacerle mal a nadie, ni de defenderse.
- Pero en el taller de Lisandro tiene un lugarcito, se que hace limpieza y lo dejan dormir ahí.
- Si, es verdad y allí guarda de todo, hasta los palitos de chupetín, pero no es basurero, en lo de Lisandro tiene todo perfectamente acomodado y limpio; cada cosa que ve en el piso la junta, la limpia y la guarda en unos cajoncitos. Sin ir más lejos Don Luis le regaló una cédula de identidad vieja, que ni foto tenía y Chito la guardó. Pero me da pena este muchacho, cada vez anda peor de la cabeza y ya no se da cuenta, a veces duerme aquí, muchas no tiene qué comer, yo le arrimo un sándwich o algo y va pasando.
- Me gustaría saber qué le anda diciendo a los chicos que parecen tan divertidos. En fin, será mejor que me concentre en averiguar dónde está Don Luis, ha dejado varios asuntos pendientes y tengo que encontrarlo, después si se quiere ir que se vaya. A propósito, se la ve mejor a su tía Etelvina, atender la veterinaria la distrae un poco.
- Es cierto comisario, ahora está mejor, desde que se dio cuenta que no podía querer que el tío siga entre nosotros. Cuando la muerte llama hay que acudir, es como una dama que nos roba de los seres queridos. Cuesta resignarse, y más la tía que llevaba 45 años al lado de ese hombre… y fueron felices. Pero ya todo terminó, ahora está en franca recuperación, yo me encargué de eso.
- Lo felicito, ojalá todos tengamos un sobrino que nos ayude con los dolores de la vida.
- No puedo hacer nada con lo interior de ella, pero me aseguro de que nadie pueda lastimarla, no en vano ha sido como una madre para mi, luego que quedé huérfano. Lo dejo, ha sido un gusto conversar con UD.
- Igualmente Ramón…, igualmente.
La tarde caía lentamente, el sol se ponía tras el cerro y un ligero aire fresco trajo a la mente al Loco Chito. El cabo Lagoria ingresó a su despacho.
- Comisario, ya le averigüé lo que me pidió.
- Muy bien, así me gusta, dígame
- Resulta que el Loco Chito andaba haciendo reír a los chicos con una historia de unas monjas, pero no eran cuentos verdes.
- No, parece que lo que decía era que las monjas muertas se habían cruzado con cementerio y todo al otro lado del río, que hasta el Cristo se habían llevado, y que la gente que va con lancha le había dicho que les perecía que iban al revés, porque ahora el cementerio estaba a la derecha y antes a la izquierda.
- Pero mírelo al Loco, de dónde habrá sacado semejante historia, y ¿no dijo porqué las monjitas se iban a cruzar?
- Según él estaban muy contentas con su cementerio, a tal punto que ellas lo mantenían limpio y arreglado, pero que le habían puesto un sacrílego ateo allí y que preferían cambiar de lugar su camposanto, antes que compartir la tierra.
- ¡Ajá! Muy bien y dígame, ¿su mujer le comentó algo de lo otro que le pedí?
- Si, ella dice que la vio ir varias veces a lo de Don Luis, que esos días cerraba muy tarde la veterinaria y tratando de que nadie la viera se hacía una corrida; lo que no sabía Doña Etelvina era lo chusma que es mi mujer, que siempre está atrás de la ventana mirando.
- Gracias Lagoria, acaba de hacer un favor a la comunidad, capaz que se ligue algún ascenso. De esto, ni una palabra a nadie. Vaya nomás, vaya a su casa y tómese el día, después conversamos.
¡Oficial López! Llame a tres agentes y traiga dos palas y la máquina de escribir, dígale al chico del diario que se venga y saque unas fotos, así puede ser que nos ganemos unos pesos extra.
Acto seguido, montaron todos en la camioneta de la comisaría y salieron rumbo al cementerio del convento de Santa Eulalia.
La comisión policial cubrió el domicilio de Ramón, el Loco los acompañaba y al ver al maestro le dijo. “Yo le dije que no era buen lugar, que las monjitas se iban a ofender.
- Dejá de hablar Chito, el lugar era perfecto, ¿a quién se le iba a ocurrir buscarlo en un cementerio abandonado? ¡El crimen era perfecto, no hubo sangre ni armas, nada que se pueda usar como evidencia, la estricnina es muy eficaz nadie vio nada, ¡el único testigo es un loco!.
¿Sabe qué maestro Ramón? Yo se que estoy un poco tocado, pero no soy tonto, Don Luis era muy malo para que lo enterremos junto a las monjitas”
El comisario sacó del bolsillo la raída billetera, colocó un par de billetes dentro y se la entregó al Loco.
- Gracias, Sr. Comisario, gracias.Quedate tranquilo, te vamos a llevar con el maestro y no va a faltarte qué comer. Después le explicás al juez eso de las monjitas y el cementerio.

Última vez

30/3/05-798 palabras
Esta quizá fuera la última ciudad que visitara. En su mente se agolpaban mil y un recuerdos sombríos. Su pesar permanente le hacía ver el mundo gris, frío, olvidado de la mano del creador, triste.
La tarea de emisario caducaría ese día, por la noche, cuando hiciera la entrega. Un pequeño paquete, igual que siempre, el mismo peso, forma y color de su envoltorio. Una entrega que se repetía, hasta en los mínimos detalles, igual a las de las últimas seis décadas.
Desde aquélla vez en que Suárez lo contratara, la vida le sumergió en otro ámbito, comenzó a sufrir, visitando oscuras ciudades, conociendo seres deplorables tanto por el aspecto exterior como por el interior. El Kid no podía recordar algo bello. Despertaba al amanecer para robar un poco de olor, de color, de aire limpio que la misma natura, mezquina, le negaba.
Con sus jóvenes veinticinco, pretendiendo llevarse el mundo por delante, no advirtió que el amor de una mujer le costaría tan caro. No advirtió la trampa tendida por Suárez y por la misma Giselle.
El Kid aún sufre por ella, al recordarla se le dibuja una triste sonrisa. Vuelve a verla, cansado, cada vez que lo convoca su crónico verdugo. Conserva aquella belleza que lo cautivara, conserva la piel que alguna vez le rozara, labios que cruelmente le besaran, ojos vivaces y ladrones que miraron cada parte de su cuerpo, conserva lo que él perdió irremediablemente... la juventud.
Y Suárez atrás, lozano, dinámico, viviendo una extraordinaria madurez. La sonrisa eterna de ambos le duele a puñal en la espalda, le duele a traición... y la traición... es un pecado.

Antes de que el moreno y robusto guardián del pesado portón de rejas lo palpara, el envejecido Kid extrajo y mostró el paquetito, envuelto en un suave, aterciopelado papel escarlata.
- El gran Dr. me pidió que la trajera
- Sí, ya me habían informado, pase Sr.
El Kid volvió el rojo envoltorio a un bolsillo interior, reacomodándose el gran pañuelo estampado bajo la solapa del saco.
Suárez, alias el Dr., cincuentón, ligeramente canoso, lo recibió en la biblioteca y fue casi directamente al grano:
- Kid, tengo algo para comunicarle, el próximo viaje será a Oriente, allí he localizado un foco potencial muy interesante, mi gente le preparará lo que necesito. Por cierto... Giselle está al llegar, haga el favor de esperarla, mientras tanto prepararé agua.
El solo hecho de escuchar el amado nombre pulsó, una vez más, la cuerda que le hacía vibrar. Pero el Dr. no contaba con la ancianidad del Kid; la sangre no reaccionaba con tanta facilidad como antes, sólo si la veía nuevamente podría perder una vez más la cordura. Pero no pasaría, soportaría verla y cuando ella beba... todo habría terminado.
- Dr. esta entrega... Le dejaré el paquete y me iré donde jamás pueda encontrarme; quizá muera y me libere de la cadena que Giselle colocó en mi cuello, la noche en que me besó, la única noche en que me dio un único beso que se transformó en mi perpetuo grillete; ella es su compañera, sin Ud. no podrá sobrevivir, ambos se unen, obtienen juventud eterna gracias a los paquetitos que este estúpido esclavo les trae desde los confines del mundo.
- Ya está viejo mi querido Kid, pero no crea que lo relevaré, Ud. es la única persona en quien confío y esta misión en oriente requerirá de todas sus fuerzas. Hoy Giselle ha cedido su puesto, volcaremos el contenido en la jarra con el agua, dividiremos en dos y verá cómo mágicamente recupera su perdido vigor. Su gran amor esperará a que regrese.
La mirada del Kid se torció, de pronto sacó el paquete, debía disimular que ya había sido abierto, así es que, con torpeza fingida, rompió el envoltorio de tres capas y descubrió una pequeña caja de madera blanca; al abrirla brilló un tubo de vidrio incoloro, en su interior un líquido rojo ligeramente oscuro y espeso. Interrogó falsamente, con la mirada, al Dr. y éste asintiendo respondió.
- Efectivamente Kid, es lo que supone, con poco contenido de agua; lo preparan especialmente para mí, para Giselle y ahora también lo compartiremos con Ud. ¡Démelo Kid! Brindaremos por el lujo, por la lujuria que me dará descendencia. ¡Brindemos, brindemos por la eternidad!
El hombre, cansado y sorprendido entregó el recipiente. Suárez volcó lentamente el preciado contenido en el agua, luego sirvió dos grandes vasos. Extendió el brazo en señal de brindis e incitó al Kid, éste elevó el brebaje y sonrió... al tiempo que ambos bebían.
El guardián abrió el enrejado portón, informó a Giselle que el Dr. y el Kid la esperaban. La mujer caminó lentamente hacia el interior, abrió la puerta de la biblioteca y... con desesperación gritó.

La visita

9/11/04 - 251 palabras
Viniste a verme cuando menos te esperaba, tocaste a mi puerta y te atendí presuroso. Tu semblante indicaba todo lo que te ocurría, noté que aquella noche, y no sé cuántas más, no pudiste tan siquiera pegar un ojo. “Es que me duele, me duele mucho” atinaste a murmurar mientras te ofrecía mi sillón.
Me asustó la palidez de tu rostro, el hecho de que tu drama personal y ahora pasaba a ser mío, te quitara prácticamente el habla. Escribiste en un papel: “No quiero perderla Luis, es parte de mi ser, no sé que ocurrirá pero me sentiré una mutilada, ayúdame por favor, no doy más”
Luego de leer este texto te conduje donde estuvieras más cómoda, te pedí calma, que te relajes pongas la mente en blanco y me dieras unos minutos para meditar qué hacer, cómo arrancarte de llano este dolor, reconociendo ser en parte el responsable de tu sufrimiento.
Suavemente, al oído te susurré: “Sabes que no hay alternativa, que probablemente deberás perderla y aunque no lo creas será por tu bien, soy tu amigo y nunca de lastimaría, pero esto es así, pronto te resignarás, el tiempo aliviará tu mal y... olvidarás. Ahora permíteme que te ayude, que ahonde en ese ámbito donde radica tu dolor”.
Fue allí cuando te abriste a mí, por fin confiaste, finalmente yo era tu mano amiga y así lo comprendiste. Despaciosamente fui introduciéndolo, pude ver en tu interior, allí estaba, reflejándose en mi espejo tu maltrecha muela cariada.

Correo sentimental

Me acerco al quiosco y veo en la portada de la revista “Las Cosas del Amor” la siguiente leyenda : “Contesta su correo sentimental la famosa Dra. Swans, especialista sexóloga y sicoanalista de fama internacional”.
Sin convencimiento compro la económica publicación y voy leyendo en el colectivo, rumbo a casa:


Catamarca, 5 de Noviembre de 2004

Querida Dra. Swans

Le escribo a su correo sentimental debido a que tengo algunos problemas con mi pareja, en realidad ella es muy buena conmigo pero siento que la engaño, que no estoy actuando con total honestidad.
Creo que mi problema excede mi amorosa relación con ella, estimo que se trata de un trastorno psicológico relacionado con mi identidad sexual.
Cuando intimamos me asaltan pensamientos que nunca hubiera imaginado se presentarían. Por momentos veo en ella a otra persona y lo que es peor, no se trata de otra mujer, sino de un hombre, con atributos masculinos indiscutibles y por demás agradables; me preocupa esto último pues me temo que traiciono mis convicciones, mis sentimientos y sobre todo, los de mi amada.
Estime Ud. Dra. mi preocupación, ya que todo lo relacionado con mi educación y la decisión de una relación amorosa estable, con vistas a futuro, el anhelo de poder envejecer en esta unión, se ven amenazados. No puedo lastimarla ni lastimarme. Compréndame por favor y ayúdeme, no se qué hacer.

R.D.


Respuesta de la Dra. Swans a R.D.:

Antes que nada quiero manifestarle que me alegra recibir nueva correspondencia suya. En relación a su consulta del 5/11/04 es mi deber aclararle que no se presenta como de cierta anormalidad el hecho de creer que se está con otro partenaire durante los actos íntimos a que hace referencia. Ha habido casos de personas que idealizan a la otra parte con atributos imaginarios y que le permiten satisfacer sus apetitos en forma más eficaz.
Además, es lógico pensar que sueñe con un hombre capaz de compensar ciertas falencias que encuentra en su actual relación. Recuerde que todo río vuelve a su cauce, como dice el refrán. La naturaleza es sabia. Sé que me comprenderá.
Medite al respecto y vuelva a escribirme, no obstante le recomiendo que haga una visita a su analista. No lo dude, entre él y yo podremos ayudarla.


Afectuosamente Dra, Swans

La extraña confusión

21/10/04
Cristina despierta agitada, temblorosa, transpirando... A pesar de tener sus ojos abiertos, las imágenes de la pesadilla la persiguen y se suceden una a otra, en forma cronológica y con precisión increíble. Sucesos importantes de su vida anterior, discusiones, peleas con los padres, amigas que la atormentaban. El sentimiento de falta de libertad, ese hallarse acorralada, la necesidad de liberarse. Todo acudía en esos sueños que se repetían sistemáticamente, ningún elemento se hallaba ausente..., tampoco la última imagen, la del negro pozo en el que cae cuando toma la resolución final, irreversible; la angustia le provoca arrepentimiento y la certeza de que no hay marcha atrás potencia aún más su dolor. Se sabe sola, desamparada, sin paredes que la contengan, sin límites de seguridad, viaja rumbo a lo desconocido y siente terror, pavor, e intenta gritar con desgarradora desesperación... mas no emana sonido alguno... implora gritar y cae, cae, cae interminablemente en un abismo de oscuridad infinita... cae, se ahoga, busca con desesperación el grito liberador; se angustia terriblemente, de pronto se siente socorrida, luego de tanto sufrimiento unos brazos la sostienen, parecen maternales, son los de La Parca.
Acunada por esos brazos que la rescataron del terror, vuelve la confianza, el sosiego, cierta calma interior. Siente que su cuerpo se ha hecho pequeño, ha vuelto a ser un bebé. No comprende lo que ocurre a su alrededor, nota que quien la carga la lleva caminando por un amplio sendero a cuyos alrededores crecen jóvenes casuarinas y un césped de verde intenso rodea todo el paisaje. De entre los árboles salen a su encuentro muchas “personas” que aparecen y desaparecen, todas cruzan saludos con la encargada de segar vidas, hasta que una de ellas se detiene para entablar conversación en un idioma desconocido y luego de lo que parecía ser una negociación nota que cambia de brazos.
Otra vez la oscuridad pero no el desamparo, había calor de hogar, calor de mamá... de pronto con esfuerzo físico recorre el breve paso a la luz, la que hiere sus suaves ojos, otra vez el aire que inflama sus pulmones, otra vez la vida. Busca, busca desesperadamente el pecho materno moviendo su pequeña boca, busca el calor de mamá, busca resarcirse ante esta nueva oportunidad, aspira con ansia ese soplo vital que la impregna, mas la tortura regresa. La luz reciente desapareció, fue depositada dentro de una negra bolsa plástica, negra como la suerte que la acompañara... gritó, ahora sí, con todas sus fuerzas, no quería ser abandonada, no quería morir nuevamente, no quería que le quitaran su oportunidad, se aferraba a la vida con uñas y dientes, sin embargo... estaba tan indefensa, su grito apenas superaba al gemido de un pequeño felino. Alguien cerró la bolsa con un nudo, la cargo y sintió el balanceo del caminar por largo rato, tenía pocas fuerzas para llorar. Luego, como una repetición siente que cae, cae, cae dentro de ese mundo oscuro y golpea con fuerza en un piso irregular... gime, no comprende, supone que morirá, se angustia.
Las lágrimas acuden nuevamente al rostro demacrado de Cristina, la pesadilla revivida una y otra vez la agotan. Con agitación y ese dolor en el alma decide hablar con su madre, la que tras una larga, demorada, demostrativa pausa y como única respuesta le entrega dos periódicos fechados 26 años antes, uno es de Catamarca y en su primera plana dice: “Joven adolescente decide quitarse la vida”; el otro es de Santa Fe y su titular principal reza: “Fue hallada recién nacida en un basural”. Cristina se hallaba confusa hasta que vio la fecha de los periódicos, era la de su nacimiento.
Los gestos de ambas mujeres eran de sorpresa y alegría al mismo tiempo, creyeron comprender y estallaron en llanto abrazándose, como sellando ese pacto tácito de amor que debe existir entre padres e hijos, aunque no sean de la misma sangre.

El contratista de deseos

El individuo contaba incansablemente, sumaba y sumaba. No podía creerlo, en solo dos años había logrado celebrar 618 423 contratos, ni uno más ni uno menos. No cabía duda, aunque resultaba increíble.
- En fin, si la gente supiera hacer el trámite, pero no, lo que pasa es que nadie les enseña como corresponde, le dicen “pide y se os dará” y listo, creen que con eso le dan una herramienta poderosa a las personas. Y bueno, yo estoy para eso y hago el contrato.
Aunque es verdad, al que pide le dan, pero ¿qué le dan?. Exactamente lo que pidió. Me acusan de tramposo, pero en realidad estoy atento, alguien pide y ahí nomás le hago el contrato; ellos lo firman cuando reiteran el pedido, o bien cuando piden con tanto empeño que tal o cual cosa ocurra. Ninguno piensa en cuánto les va a costar, ya sea que le otorguemos nosotros o la competencia lo solicitado, todos cobramos de alguna forma y a veces debemos hacerlo tan rápido que se le factura ahí nomás. Pero el tema es que no saben y a un pueblo ignorante... se lo puede dominar.
- ¿Existe algún caso en que no le otorgan lo que piden?
- Por su puesto, no todas las personas saben lo que quieren y otras piden imposibles. Fíjese el caso de Martiniano Jiménez, el pobre tenía pólipos en las cuerdas vocales, siempre fue ronco y vivía obsesionado, quería formar parte del coro provincial, ser locutor, poder vitorear a su equipo favorito, todo lo que natura no le dio. En un caso así no se le lleva el apunte, ya que su cuerpo no sirve para lo que pide; y ¿qué cree que hace el hombre?, se pone a rezar, mañana, tarde y noche, esperando un milagro. Así es que le hago el contrato de todas maneras y cuando él siente que le van a otorgar lo solicitado se queda tranquilo, esperando.
- Entonces ¿le otorgaron lo que el pidió?.
- En eso estábamos, pero espere que, como verá la cosa no es tan sencilla; resulta que Genoveva, la esposa de Martiniano también pedía, no sólo por el deseo de su marido sino también por dinero, ya que la economía familiar andaba mal y todo eso. Aparte la hija mayor, Felisa, no podía embarazarse y también pedía que ocurriera un milagro. Yo celebré todos los contratos.
- ¿Y qué pasó?
- Los muchachos de computación procesaron todo y producción primero mató a Martiniano en un accidente de tránsito, ya que el tema de los pólipos no daba para más y la viuda pudo cobrar el seguro, luego la hija quedó embarazada y tuvo mellizos, uno de ellos era el mismo Martiniano, vuelto a nacer y ya a los 3 años cantaba maravillosamente.
- Entonces... ¿todos felices?
- De ninguna manera, le dije antes que deben pagar por el pedido. Fíjese como terminó una partecita de la historia, no podemos saber las consecuencias posteriores hasta que no acontezcan, pero para muestra basta un botón ¿verdad?. El otro mellizo nació sordomudo y los chiquillos quedaron huérfanos de madre ya que Felisa murió luego del nacimiento, sin poder conocer a los niños que tanto deseaba y con dolores insoportables, el padre se dejó arrastrar por la depresión. El nacimiento, el velorio, la internación por complicaciones previas al parto, medicamentos, análisis y todo lo que se pueda imaginar le llevaron el dinero a Genoveva y la endeudaron aún más. Luego de tantos disgustos se preguntaba “¿para qué?... ¿para qué pidieron estas desgracias”, sirviéndole de sano consuelo las suaves sonrisas de sus nietos.
- Sin embargo, Ud. seguirá trabajando en esto
Por su puesto, pero yo mi trabajo lo hago y parece que bastante bien, en cualquier momento paso a supervisor de área. Aquí, en esta administración se vive del dolor humano y yo proveo.

¿Loco?, ¿Cuerdo?

22/9/04
Me gusta encender un fósforo en la oscuridad, mirar con ese mortecino resplandor lo que me rodea. La efímera existencia de esa luz exige a mis sentidos total atención y entonces veo la rosa en su florero sobre la mesa oscura, el calendario colgando de la pared y tu piel blanca en el lecho. Luego, vuelvo a intentar dormir , junto a ti, junto al motivo de mis sueños, soñados en vigilia. Las noches son tan largas, los días extensos y muchas veces tediosos... creo que llegaré a enloquecer.
El amor que me prodigas anuda mi garganta, cuando en él pienso. La emoción invade mi alma al reflexionar acerca de lo nuestro, más no podré atarte a mi carro de cortejo fúnebre. Te digo que te apartes, que te vayas y rehagas tu vida. ¡Vete!, mi dulce amor. ¡Vete!, abandona este barco herido de muerte. ¡Vive! Reanuda tu existencia en pos de alguien que pueda cuidarte y protegerte; sólo soy un problema para ti . Mi enfermedad no desaparecerá y ya no te puedo amar.
Sobre la mesa estaba el papel, junto a la rosa, lo trajiste tú. Lo viste, sabías lo que decía, más entraste en nuestro lecho, te fusionaste con mi cuerpo ahora prohibido y me diste tu vida.
Sellaste con tu sangre el pacto de amor entre los dos. Lo supe luego, en la mañana que fui tempranito lo vi, doblado en cuatro; al extenderlo la luz del alba permitió la lectura: “Positivo, debe evitarse el contacto con otras personas”.
Acongojada lloré junto a ti, besé tu mano laxa aún. Te dije una y mil veces que estabas loco, que debías abandonarme como la hecho mi salud, como la hecho tu cordura. ¡Vete! Te dije y no...
Mis sollozos te despertaron , mis lágrimas bañaron tu rostro y en el salado sabor buscaste mis ojos. “Calma, me dijiste, “calma amor. Leí el informe, hablé con el médico y decidí no abandonarte. Si mueres, muero contigo, por eso me aferré a mi única esperanza: tu amor. Vivamos lo que nos quede juntos”.
No podía discernir, todo resultaba confuso, pero luego de sentir tu amor y haber vivido esta experiencia, busqué comprenderte.
Como te digo, ahora no me parece tanta locura.

Chiribín

15/9/04
Cecilia observaba el ritual cotidiano que ejecutaba su papá; él hablaba con los pájaros, soplaba y recargaba el recipiente del alpiste, lavaba el piso de la jaula y reponía el agua.
A los 6 años, los pajaritos que criaba su padre le resultaban sumamente cariñosos y ella siempre metía su manito en la jaula para acariciarlos, hasta que en una oportunidad dejó una pequeña jaula abierta y el cabecita negra se escapó. A pesar de las explicaciones que su padre le dio, en Cecilia la pregunta no se contestaba: “¿por qué el pajarito se escapó?, si nosotros le dábamos todo, casa y comida, sin embargo...”
Faltaban unos días para el 22 de febrero. Cecilia cumpliría 7 años. Su tío Quicho llamó para decirle que le llevaría un pajarito de regalo, ya que en sus vacaciones había capturado varios y entre ellos figuraba un jilguero con cara de pichón. La niña se puso contenta por el regalo de su tío, quien cumplió su promesa trayendo al pajarito dentro de una pequeña jaula.
- Allí no podrá moverse mucho, tu papá le dará una jaula más grande para que pueda volar y no sentirse tan encerrado. ¿Cómo lo llamarás?
- Ehmmm... ¡Chiribín!, ese será su nombre, ¡Chiribín!
Colocaron a Chiribín en una nueva jaula, un poco más grande que la anterior y a los pocos minutos Cecilia notó que la pequeña ave se había lastimado en la base del pico, notándose la sangre fluir. Apenada por esto la niña preguntó a su papá por qué le ocurría aquello a pajarito.
- Ocurre que quiere volar y escapar de aquí, quiere ser libre y choca contra los barrotes tratando de vencerlos.
- ¿Y para qué quiere salir? ¿Es para ir a jugar con los otros pajaritos, o para estar con su mamá, su papá y los hermanos?
- Creo que si - contestó el padre – debemos hacer algo por él
- Tenemos que dejarlo que se vaya papito. Nosotros no somos sus dueños.
Así es que tomaron la jaula de Chiribín y fueron al jardín, Cecilia le abrió la puertita y rápidamente el pequeño pájaro tomó vuelo rumbo a unos altos eucaliptus cercanos. Cecilia tomó esto como un acto de amor y hoy transmite a su hijo ese respeto a la libertad

El niño, los pájaros

Anahel vio llegar la tormenta mientras observaba el horizonte a través de la ventana; un gesto de desagrado apareció en la carita redonda, debería pasar toda la noche dentro de la gran casa. Sus amigos tampoco podrían salir como les gustaba, a formar figuras en el aire, entrecruzando colores, el amarillo del benteveo con el negro del cuervo, solo visibles a la luz de la luna; Anahel disfrutaba largo rato de las peripecias que sus cariñosos compañeros realizaban sólo para verlo reír. Pero aquella noche...
Con un “bichofeo” cantado llamó a sus acompañantes, cuando los tuvo a su lado señaló con el índice hacia la gran tormenta que se avecinaba y los tres asintieron reiteradas veces, a la vez que ponían gesto de lamento.
De pronto el cuervo salió como disparado y comenzó a revolotear alrededor de la ventana ubicada en la pared opuesta, con graznidos fortísimos llamaba la atención del benteveo y de Anahel, quienes acudieron súbitamente para observar cómo, tres pisos más abajo una molesta familia pretendía guarecerse del temporal. Los tres se miraron fastidiados, la puerta principal carecía de cerradura y pronto estarían todos esos humanos perturbando la paz nocturna.
El benteveo y el cuervo salieron en recorrida por la casa. El niño, en cambio, luego de meditar unos instantes fue directamente hasta su salón preferido. Apareció de pronto y vio la escena, nadie lo notó... era una reunión pequeña en un cuarto angosto, “su” cuarto angosto, era el más acogedor; con dolor vio cómo uno de esos seres posaba su humanidad en la preciosa silla que “su” Papá le comprara. Las tazas de porcelana eran de “su” Mamá y ahora se llenaban con el desagradable y humeante té que portaran aquellos indeseables.
Las voces, qué horribles voces las de las niñas que con gritos reían por todo, hasta por haberse perdido en esa tonta salida al campo. Lo único que repetían era: “Menos mal que trajimos el termo con té caliente, ja, ja ja,...”
Anahel pensó que el cuarto debería dejar de ser un lugar agradable para aquellas personas, ahora que un pájaro lo sobrevolaba sentirían temor, los pájaros no vuelan en la noche dentro de un cuarto, el benteveo lo hacía a la perfección, una y otra vez. Sin embargo no parecía hacerles mella, así que el cuervo entró en acción, pero más directamente. Un espectador ajeno diría: “Podía verse claramente como un cuervo tironeaba el pelo a las niñas y hundía el pico en las tazas”; a pesar de que lo hizo una y otra vez pudo verse que ellos no se ocupaban de él, cantaban y reían.
El benteveo, Anahel y el cuervo se reunieron, evaluaron la situación y decidieron echar definitivamente a esos intrusos de su hábitat, así es que el niño tomó unos cuchillos del armario, se elevó hasta la gran lámpara del techo y desde allí los arrojó uno a uno y cuando el tercero se clavó en la gran mesa de madera se hizo un silencio sepulcral, la familia entera miró hacia arriba y vio que varios cuchillos flotaban en el aire mientras otros llegaban al sitio volando. Anahel entonces cobró más ánimo... veía el miedo reflejado en el rostro de los desagradables visitantes, que huyeron hasta la puerta principal, quedando acorralados entre la tormenta y el ataque del que eran objeto. Entonces el niño cobró más ánimo aún y recrudeció la ofensiva, estaba como fuera de sí. La más pequeña de las niñas, víctima del terror, profirió un grito tan aterrador que paralizó a todos, incluidos los atacantes.
El cuervo y el benteveo quedaron estáticos en el aire, mirándose. Anahel bajó y se paró frente a la niña, la abrazó con ternura y lloró.

La señora

30/7/04
La enfermedad de Claudia no tenía retorno, el deterioro constante de su sistema nervioso obligaba a suministrarle calmantes en forma continua y esto, sumado a la arteriosclerosis ya declarada tornaban la situación muy difícil de llevar. Poco a poco iba postrándose y perdía, inexorablemente, las posibilidades de defenderse y actuar hasta en lo más mínimo.
Elvira descartó de plano la idea de enviarla a un geriátrico, decidió que sería mejor tenerla en su casa, así podría procurarle atenciones y en los escasos momentos de lucidez, disfrutarla. Estaba convencida de que la madre debía vivir dignamente hasta que Dios disponga.
Una prima le sugirió que contratara a Guadalupe, la señora que cuidara tan amorosamente a su suegra hasta que falleció. Le dijo: ” Es una mujer viuda, sin hijos, hasta podrá cuidarla de noche, para que tu madre no esté sola. Alguien que te ayudará... te lo mereces Elvira. Piensa en ti y en Julio, no dejes de atender tu vida”.
La Señora se presentó aquella mañana del 16 de Agosto, luego de tener que lidiar con Sultán, quien le gruñó con ferocidad. Elvira retó al animal y le pidió disculpas a la recién llegada mientras la observaba. Llevaba un vestido marrón que cubría su pequeña y regordeta figura. En la diminuta mano derecha portaba un ligero bolso negro que acompañaba los vaivenes de sus ademanes. Lucía cabello largo, castaño, ligeramente ensortijado y atado hacia atrás con una dorada hebilla, dejando entrever vellosidades a ambos lados de un rostro apenas trigueño, con finos labios rosados alrededor de una discreta boca que apenas entreabría. Su aspecto de persona común, adulta, con ojos color miel, brindaba confianza. La mujer transportaba en sus ademanes y gestos cierta dosis de experiencia, puesta de manifiesto al hablar sobre trabajos anteriores y corroborada por los numerosos y excelentes antecedentes que traía.
El contrato fue sellado de inmediato y contemplaba tareas de tiempo completo. Elvira explicó lo concerniente a los medicamentos, horarios, comidas y demás detalles; dejando librado al criterio de Guadalupe cualquier sugerencia para mejorar la calidad de vida de Claudia. Así es que comenzaron ese mismo día agregando a la dieta de la enferma jugos de frutas, leche de soja, alguna salida en silla de ruedas para disfrutar del sol y por las noches leche tibia con unas gotitas de coñac, "para entonarla un poco y mejorar su sueño", solía decir la entusiasta Guadalupe.
En el transcurso de la primera semana se fueron notando cambios sorprendentes en Claudia. Comenzaba a incorporarse en el lecho sin ayuda, disminuyeron los calmantes, las salidas eran más frecuentes, como también los períodos de lucidez mental. Comenzó a establecerse un lazo cariñoso entre veladora y enferma, sin desplazar a Elvira. Las tres mujeres formaban ahora un “grupo de gente optimista”, según aseguraba Julio. Todo estaba mejor, el rostro de Claudia había recuperado gran parte de su sonrosado color, junto a algunos kilos que ayudaron a normalizarle el organismo.
- ¿Viste que linda que se puso mamá, Julio?
- Mientras no sea la mejoría que precede a la muerte. Me parece extraño todo esto, de pronto parece que esa mujer lo arreglara todo, se recupera la salud de tu mamá, vuelve la paz al hogar, hasta tu estás distinta. Raro, me parece raro. Además a Sultán no le causa ninguna gracia la nueva integrante de la casa.
- Bueno, el perro le tomó idea de entrada y a ella parece que no le gustan los animales, así que yo los mantengo alejados a uno del otro y listo.
Durante tres meses Guadalupe durmió junto a Claudia, en el mismo cuarto, prestando permanente atención. Elvira estaba acostumbrándose a dormir con su esposo en forma regular, sin tener que abandonar el lecho para salir corriendo detrás de los gritos, gemidos y ayes que su madre profería intempestivamente.
Un día de aquellos Claudia amaneció desganada, el rostro lívido y con cierta inapetencia; llamaron de inmediato al médico quien, luego de observar a la paciente y los resultados de ciertos análisis, determinó que todos los parámetros eran normales por lo presuponía cierto cansancio mental. Recomendó un complejo vitamínico, en especial con alto contenido de fósforo.
La mejoría de Claudia fue breve, a pesar del verano se hallaba desganada para salir y disfrutar de los cálidos atardeceres.
Cierta noche, debido al calor reinante, Julio abandonó el lecho en busca de limonada. Salió al jardín del fondo a beber el refresco. Ni una leve brisa, solo el césped daba la sensación de ser portador de cierta frescura. Se ubicó a un lado de la ventana de la habitación de su suegra. Mientras admiraba la luna llena escuchó la voz de Guadalupe hablándole a Claudia. No entendía las palabras, pero si el tono. Parecía... no, era imperativo. Escuchaba cómo la cuidadora mandaba a su asistida. Julio no tuvo dudas: se trataba de órdenes, lisa y llanamente; por alguna razón la mujer le exigía cosas a su suegra y ésta respondía en el mismo lenguaje hasta que rompió en llanto, luego sobrevino la quietud total.
Por la mañana comentó esto con Elvira, ella desestimó los comentarios cuando él no pudo precisar las palabras que dijo haber escuchado. Sin embargo tuvo que reconocer que su madre se hallaba taciturna.
Esa noche Julio volvió a su lugar de escucha. Todo volvía a repetirse, las palabras le resultaron más claras y el tono, aunque bajo, imperante: “¡Talajmed!, uma raconji, ¡Talajmed!” escuchó claramente de boca de Guadalupe. Por un instante se hizo un silencio sepulcral en el entorno de Julio, pudo percibirse un susurro... era de Claudia que con voz trémula contestó: “uma rutkam, uma rutkam, natkima”. Con un sonido gutural volvió la voz de Guadalupe a resonar en la habitación: “¡Talajmed!, uma raconji, ¡Talajmed!” , y de inmediato el llanto desconsolado de Claudia pobló la noche.
Julio decidió que debía saber qué ocurría allí, se asomó por la ventana cuando un reflejo plateado penetraba en la habitación y con sorpresa vio a Guadalupe, a horcajadas sobre Claudia con las manos a cada lado de su cabeza y con una lengua muy larga sorbiendo una a una las lágrimas que Claudia liberaba en forma irrefrenable, sin defensa alguna, sometida totalmente.
Guadalupe interrumpió bruscamente su sesión de vampirismo y con un rostro diabólico observó por un instante a Julio, sus miradas se cruzaron. Julio salió despedido del alféizar de la ventana para caer pesadamente contra una columna de madera que le partió el cráneo. Desde el frente Sultán ladró con energía, logrando despertar a la dueña de casa, quien intuitivamente corrió junto a Julio; de inmediato llamó una ambulancia. Los médicos pronosticaron que quedaría cuadripléjico.
Elvira cayó en un estado depresivo. Claudia fue muriendo despaciosamente, repitiendo con voz imperceptible y la mirada perdida su letanía: “Mi alma es de Dios, el diablo me la pide, me hace llorar, absorbe mis lágrimas, me saca mi alma”. Elvira no entendía los dichos de su madre, pensaba que estaba senil.
Claudia murió dos días antes de que Julio volviera al hogar, el pronóstico de los médicos fue lamentablemente acertado. Elvira, taciturna, acomodó a su esposo en la cama matrimonial y solicitó a Guadalupe que permanezca con ellos, en un lecho que ubicaron al efecto dentro de la habitación.
Los sedantes que tomaba lograban hacerla dormir hasta altas horas de la mañana. Cuando despertaba Guadalupe la agasajaba con un desayuno y la eterna sonrisa que lograba tranquilizar y reanimar a la maltrecha Elvira.
- ¿Sabes qué Guadalupe?. Deben ser las pastillas que tomo, pero todas las noches escucho una palabras rarísimas, en otro idioma.
- Si las pudieras repetir buscamos en algún diccionario o preguntamos a alguien que sepa. El significado de los sueños es importante para entender nuestra psiquis y puede ayudarte a salir de esa depresión que me tiene tan preocupada
- Las escuché tantas veces que te las puedo deletrear. Tienen un tono imperativo así que ponle signos de admiración, dice así: “¡Talajmed!, uma raconji, ¡Talajmed!”
Guadalupe posó sus ojos sobre los de Elvira, sonrió tranquilizadora. Giró la cabeza y observó a Julio sobre cuyo rostro rodaban algunas lágrimas, sonrió.
Siempre la sonrisa tranquilizadora de Guadalupe. Siempre Guadalupe para ayudarla.

La Carta

19/7/04
- ¡Marina, Marina, mi amor!... Roque se agitó mientras transpiraba copiosamente.
- ¡Está decidido!. Dije que lo haré y no me voy a echar atrás. Finalmente debo hacer lo correcto, cortaré esa relación. Le diré que lo nuestro no puede ser, que yo tengo ya mi compromiso y no voy a tirar tantos años por la borda. Sería un irresponsable si actuara de esa manera. ¡Haré lo correcto!. Le escribiré una carta y allí explicaré todos los detalles de porqué lo nuestro no debe avanzar, aunque la razón es justificable a ojos vistas. Además, ella sabía de antemano mi condición y sin embargo... me encandiló con enormes ojos negros rodeados por pestañas larguísimas que acarician con solo verlas. Conquistó mis sentidos con labios sensuales, una naricita apenas destacada entre las rojas mejillas, el aterciopelado cabello azabache y su figura... tan espléndida, esbelta, con formas delicadas y profundamente femeninas. Una mujer irresistible. Pero yo... yo no podía fijarme en ella, no podía atender a la voz celestial de Marina. Mi compromiso anterior... Marina, ¿por qué tuve que conocerte? ¿por qué no estuviste antes dentro de mí como lo estás ahora? Marina... tan sólo una mente triste y atormentada quedará de mí, todo lo demás te pertenece y lo llevarás, sólo este despojo permanecerá. Aunque la vida me vaya en ello... ¡Debo escribir ya esa carta! ¡Ya!
Roque se sentó frente al escritorio, sacó unas hojas borrador y comenzó a escribir con sentimiento, más cuando la lapicera avanzó sobre una frase como ”no podremos continu...” , de pronto la tinta dejó de fluir. Roque insiste pero no hay caso, al probar en otro papel ve que el bolígrafo escribe más al volver a la frase se frustra el intento. Pierde la paciencia y arroja el bolígrafo al piso: en ese momento escucha un “¡Ay!” seguido de un “¡cuidado, como lo vas a tirar así”!.
Asombrado vio al papel borrador contorsionarse y le pareció que le hablaba.
- Levántala por favor debes ser más amable con nosotros
- Pero, si Uds. son cosas, ¿cómo es que me hablan?
- Seremos eso que dices, pero también tus ayudante, sin nosotros no podrías escribir.
- ¡Es verdad!, sin embargo tu amiga la lapicera no quiere dejar fluir la tinta. Entonces... no entiendo.
- Se llama Bolígrafo y yo Papel.
- Estamos a tu servicio – terció Bolígrafo – pero no para que cometas errores.
- A ver si nos entendemos, simplemente deseo volcar unas letras y no me dejan. ¿Qué les importa a Uds. de qué se trata, o si hago un dibujo o lo que sea?
- Es que queremos lo mejor para ti – dijo Papel -. Eres un hombre esencialmente bueno, de un gran corazón. Hace tanto tiempo que observamos tu forma de dar amor a las personas que te visitan, a las que buscan tu consejo... has hecho tanto bien a tantas almas doloridas, siempre con una palabra de amor en tus labios.
- Yo me sentía orgulloso dejando que mi sangre azul escribiera notas a las autoridades para mejorar la vida de la comunidad, o aquélla memorable que cruzó el Atlántico para llegar a quien podría solucionar ese pedido tan grande para la escuela.
- ¡Sí!, ambos estamos muy orgullosos de ti y queremos lo mejor.
- ¡Sí! Mereces, una vez que tocan a tu puerta con tanta fuerza, con tanto respeto, pero con el grito ahogado de quien reclama amor, que puedas dar una respuesta afirmativa.
- ¡Sí! Y no esto... Tu renuncia por lo que otros llamarían un amor prohibido es inexcusable. La dulce Marina.. no puedes condenarla a esta pérdida, que tampoco tú mereces.
- Pero ¿Cómo saben todo esto, qué saben de Marina?
- Vamos - dijo Bolígrafo – yo la ayudé a escribir su diario íntimo, en esos domingos que se quedaba hasta el mediodía
- Bueno –dijo Roque – tampoco se deben revelar las intimidades de un diario íntimo.
- No, por supuesto, pero conozco los sentimientos de Marina. Al contarle a Papel hemos llegado juntos a la misma conclusión.
- ¿Cuál?
- ¡Que Marina te ama, Roque! – gritaron al unísono Bolígrafo y Papel. Por eso es que no vamos a dejarte escribir la carta de tu destrucción.
Roque comprendió, la carta debería ser de otro tenor y no dirigida a Marina precisamente.
Alguien tocó a la puerta. Roque salía abruptamente de su letargo al escuchar:
- Padre Roque, despiértese rápido que hoy hay misa de 7. Ha venido la niña Marina, dice que tiene que hablar urgente con Ud.

Diez minutos

Ana Amaya esperó mucho tiempo para tener su casa propia. Juntó peso sobre peso, confió en el sistema bancario y cuando estuvo a punto de concretar la compra tan ansiada, le retuvieron los ahorros de toda la vida dentro del llamado “corralito”.
Nuevamente a esperar, nuevamente a juntar peso sobre peso. Retiró lo que pudo cuando pudo, nunca más volvió a depositar en un banco. Vendió el auto y ahora buscaba una casa linda, con parque y árboles, aire puro y césped, flores y ladrillos a la vista, sin ruidos. Sólo era cuestión de esperar y buscar. Sus amigos ya habían hecho correr la voz . Su futura casa ya sabía que podría buscar dueño nuevo.
Ana consideraba que para que algo se concrete en la vida, lo que sea, era necesario desearlo fervientemente y no apartar el pensamiento de ese objetivo, así, tarde o temprano, se vería hecho realidad. Cavilaba al respecto mientras observaba un grupo de rubias abejas libar entre las flores de una Madreselva; se veía a sí misma trabajando por cristalizar, aquí en este mundo, lo que por ahora pertenecía al territorio de lo utópico.
- ¡Ah! – solía repetir – si no fuera por las utopías, hacia dónde iría el hombre.
El llamado telefónico la sacó de sus pensamientos, era Rodolfo para avisarle que en El Bañado de San Isidro había una casa perfecta para ella. Que fuera a las 14 y buscara a un señor Benjamín Buenaventura en la puerta del club San Martín, así podrían ver la casa.
Salió del domicilio paterno, en el barrio 9 de Julio, a las 13 y 30, acompañada por su hermano menor. Tomó por Sumalao y antes de darse cuenta estaba disfrutando la vista de una casa que cumplía sus anhelos en un cien por cien, hasta en el diseño de la reja que la rodea. Daba saltitos de alegría al entrar, pensando que tanto el precio como la distribución la satisfacían exactamente.
Combinaron con Don Benjamín para encontrase al día siguiente, allí mismo a las 8, a fin de concretar la compra. El hombre le solicitó que sea puntual, ya que tenía otro candidato firme, si bien ella le despertaba mayor simpatía y sabía que le cuidaría la casa como nadie, tampoco era menos cierto que tenía una media palabra con el otro... Él reuniría los papeles, traería a su esposa para la firma y luego harían una escapada hasta la escribanía en Villa Dolores, donde le entregaría los dos juegos de llaves.
Ana no podía creer que mañana, ya mañana tendría la casa con todos los papeles al día y sin ningún impedimento. El hombre le dijo que vendían la casa porque vivían con su hijo en Córdoba, ya estaban grandes para quedarse solos.
Todo parecía mágico, perfecto, sin fisuras. Ana pensó que Paulo Cohelo tenía razón al decir: “Cuando una persona desea realmente algo, el Universo entero conspira para que pueda realizar su sueño” **
Luego de ver una película, a la que Ana no prestó atención pues se hallaba paseando con el pensamiento por el jardín de su nueva casa, se retiró a descansar. Es una forma de decir, pues comenzó a dar vueltas y vueltas, apagaba la luz y volvía a encenderla, se levantaba y se acostaba permanentemente y el sueño no llegaba. Comprobó más de diez veces que el despertador funcionara correctamente, no vaya a ser que se quede dormida. Revolvió en el placard hasta que encontró una revistas de decoración, se recostó. El ver un hogar con leños encendidos le dio sensación de abrigo y serenidad, se relajó y finalmente ingresó al mundo de Morfeo.
La sobresaltó el sonido estridente del despertador, miró la esfera iluminada por un fuerte rayo de sol y saltó de la cama al ver que ya eran las 9 de la mañana. “Si yo lo puse a las seis y media”, ¿qué pasó? ¿por qué no me duché anoche?. Don Benjamín no tiene teléfono. Tengo que apurarme, quizá todavía está ahí. ¿Mamá estará despierta? ¡Mami, mami!. No contesta. ¿Qué pasa que el agua está fría?. ¡Dios!. ¿Todo tiene que complicarse justo ahora? ¿Los problemas no pueden esperar a mañana?.
Decidió cepillar el cabello y acomodarlo como pueda para estar presentable, cuando al salir de la bañera resbala y cae sentada sobre el agua fría, a punto de decir una mala palabra recordó que no debía empañar aun más el momento; trató de no mimetizarse con los contratiempos, pero cuando miró su reloj pulsera vio que ya marcaba las diez. “No puede ser, si no estuve más de cinco minutos en el baño. ¡Mamá!”.
Decidió que ese no era su día: “Tanto lío, ayer no tardé más de diez minutos en llegar y hoy pasan las horas sin que logre salir de casa. Bueno, como sea yo me voy”.
Al pretender subir al auto ve con sorpresa que habían violentado las dos cerraduras, por lo que con gran dificultad logró introducir la llave en la puerta del acompañante, para notar con terror que le habían robado el equipo estéreo, destruido la consola y le dejaron un manojo de cables pelados. Se sentó en la butaca con las piernas hacia fuera y tomando su rostro con las manos se puso a llorar. Repetía una y otra vez: ”No puede ser, no puede ser. ¡Mamá, mamita! ¿Dónde estás?”
Se incorporó y con paso lento fue hacia la casa, llamaría al mecánico del auto para que le arregle lo posible. Le intrigaba que su madre no estuviera, ni su hermano, tampoco una nota explicando dónde estaban. Raro, muy raro.
Entró en la casa, fue directo hacia el teléfono cuando al pasar frente al baño de servicio un poderoso y maloliente brazo masculino rodeó su cuello, introduciéndola en el pequeño ambiente, sintió cómo un objeto contundente golpeaba su cabeza, haciéndole perder el sentido.
Al despertar miró instintivamente el reloj, marcaba las seis, aun estaba oscuro. Le dolía terriblemente la cabeza. Recordó su cita de las ocho de la mañana, ya habían pasado diez horas. Dio todo por perdido. Su sueño se había hecho añicos. A esa hora la casa se habría vendido. Igual decidió salir para ver qué pasaba. Pidió un taxi, al llegar no encontró a Don Benjamín, un vecino le dijo que lo espere pues de seguro la fue a buscar y sin duda volvería. Impaciente y desilusionada decidió regresar y ocuparse de los dramas de su hogar, debía llamar a la policía y luego al mecánico.
Al llegar llamó insistentemente: “¡Mamá! ¿Dónde estás?”. Sentía que su grito quedaba ahogado en la garganta, no emitía sonido alguno. Insistentemente quiso gritar: “¡Mamá, mamá, mamá!”.
Finalmente gritó, tan fuertemente que despertó, justo cuando comenzó a sonar el despertador. Bañada en transpiración, estiró la mano y apagó al mensajero de tan buena noticia, eran las seis y media de la mañana, por la puerta ingresaba su madre sonriendo y con una humeante taza de café. Ambas mujeres se miraron.
- ¡Hoy es tu día, hija mía!
- Decididamente mami, ¡hoy es mi día!.


**Tomado del libro El Alquimista de Paulo Cohelo

¿Un amor?

13/5/04
Amalia simplemente apareció. Un cálido día de Abril, como un nacimiento, puro, sencillo, dulce.
El tiempo no se fue de mis manos, antes de morir la conocí, ella simplemente apareció; mi alma dolorida percibió los ruegos escuchados. El dolor siempre ahogado minaba mi cordura. El amor me mantenía anclado, mis llagas abiertas, que solitario, intentaba curar.
Amalia apareció, pude sentir que su hombro era suficientemente amplio para alojarme. Amalia amenazaba ser un nuevo amor. Amalia fue un nuevo amor. Se manifestó con cuerpo de mujer. Me confundió. Busqué en ella , más no era su dueño, no podría jamás...
Fue otra su entrega, me acerqué y tendió la mano, abrió de par en par el corazón. Me enseñó lo que no aprendía. Descubrí un enamoramiento diferente. “Todo tiene más de una faceta” solía decirme. “Abandona lo que conoces. Anímate, podremos amarnos con pureza de corazón. Tú eres hombre y yo mujer, abandona el prejuicio y ámame como un ser a otro ser, como un alma a otra. Pidamos que nuestras mentes huyan de este mundo sin razón, abandonemos la obsesión, seamos puros en el amor”.
Creí comprender a Amalia y con profundo y diferente amor, alejada la idea del peligro inminente, me refugié con ojos cerrados en su pecho, parecía tan amplio como la generosidad que de ella emanaba. Su abrazo removió mi voz, el llanto acudió presuroso y sorprendiéndome dije: “Déjame derramar en ti el manantial de mi dolor. Escucha, este mi susurro, enjuga mis agridulces aguas, Amalia... Amiga”


AMIGA
Tu hombro se asoma
Como posible remanso
Busco lugar para mi pena
Busco descanso

No puedo ya soportar
El desamparo que siento
Ningún lugar dónde abrevar
Pájaro en el desierto

Y ya el corazón grita
Estalla mi sollozo
Más el prejuicio me limita
Tu eres mujer de otro

Si nuestro ángel viniera
Y a un mundo lejano nos llevara
Donde no existen las quimeras
Y ser hombre o mujer no importara

En tu hombro dejaría
Mil lágrimas, no por ti derramadas
Amiga por fin te diría
Lo que sufro por mi amada

El pique

29/4/04
La tarde caía levemente, el crepúsculo entregaba sus tintes rojizos a los cañaverales, los que, erguidos sobre las márgenes del río Medina corriendo suavemente quebrada abajo, agitaban fastuosos sus crestas al compás de la leve brisa, plenos de vida. Abierto su paso a través de la tosca ligeramente amarronada de la llanura tucumana, el agua bebía, sorbo a sorbo, el paisaje reflejado en ella. Sobre el espejo agitado, aparecían diversas imágenes, ora el cañaveral, ora el firmamento con tímidas estrellas, ora un niño pescador. La estrecha ribera daba lugar a un cuerpecito, de ojos marrones y tez morena, que con manos temblorosas sostenía una pequeña y delgada caña, inclinada sobre el agua y en cuyo extremo se encontraba atado un hilo de pescar, invisible.
El niño observaba fijamente la roja y blanca boya mostrando alternadamente sus colores, mientras era agitada levemente por el correr del agua, trayendo el recuerdo del trompo obsequiado en su cumpleaños. El agua ocultaba parte de la línea tendida, donde con manos habilidosas había colocado el anzuelo mojarrero y una minúscula plomada. Sobre la superficie el hilo se agitaba siguiendo el ritmo marcado por el conjunto, hasta que de pronto, comenzó a tensarse y aflojarse como a tironcitos, la caña reflejó esto en pequeñas sacudidas sacando al niño de su abstracción. Vió la boya hundirse y reflotar, el tirón se hizo más fuerte y duradero, la boya por fin se hundió y las marrones aguas del río ocultaron definitivamente sus colores. El niño sorprendido comenzó a tirar de la caña. Se emocionó por el pique del pez, por fin pudo pescar, era su primera vez. Tiró y tiró hasta que vió salir un agitado pez pescado por su boca y con la la caña en alto, en puntas de pie, fue tomando el hilo y acercando la presa hábilmente capturada. Sujetó el fruto de su accionar con cierta dificultad, lo observó, vio su lucha por sobrevivir, sus contorsiones, su pequeñez. Con suavidad le quitó el anzuelo clavado en el labio inferior y al ver que lo lastimara inetriormente le pidió perdón. Recordando a su mamá lo devolvió al Medina. Ya casi estaba oscuro, era hora de volver a casa.

Cambios de estado

22/4/04
Recién entrada la primavera en Catamarca. La tarde apacible a la caída del sol era portadora de magia, los azahares desprendieron una andanada de fragancia que la suave brisa llevó hasta sus sentidos. De pronto, casi sin advertirlo, la mente atribulada por el cotidiano vivir cesó de trajinar, se dejó llevar por lo magnífico del momento, aspiró profundamente. Todo era perfecto para él. Ningún dolor o simple molestia, nada le perturbaba. Realmente un momento especial, nunca antes había experimentado esa sensación de placidez. Sentía flotar su cuerpo en un fluído acariciador, gozaba de él y con gestos suaves e involuntarios atraía más y más cantidad, para no saciarse nunca de aquella paz que vivía.
La magia se vio interrumpida por el llamado, el teléfono sonó largamente hasta que logró quitarlo de su éxtasis. Conservaba aún su estado de ánimo feliz al escuchar las lacónicas palabras que pronunciara el médico al otro lado de la línea. Debía ir al consultorio de inmediato, no había buenas nuevas. Después de su "ya voy doctor", comenzó a tomar contacto con la realidad recordando el motivo de los análisis, su molestia retornó, la paz iba dejando lugar a la tragedia. La mente comenzó a desembarazarse del narcótico que la naturaleza le inyectara apenas momentos antes. Recuperó la lucidez, rumiaba ya las palabras del doctor: "No hay buenas nuevas", "tengo que hablar de inmediato con Ud.", "las probabilidades son escasas". Retumbaban una y otra vez las recomendaciones, los retos, las palabras de consuelo y cuanta cosa buscó la familia para apuntalarlo. Comenzó a sentir falta de aire, la noche sin luna le provocó desasosiego, desamparo. Buscó en el interior de la vivienda un poco de calor de hogar, estaba solo. Lamó a su madre, casi a gritos y cuando recordó que ya no estaba en este mundo se sentò en una silla, extendiò un brazo sobre la mesa como implorando y llorò.

Dolor para el amor

24/03/04

El diálogo que escuchó Helena confirmó su presentimiento. Lejos de disgustarse se alegró, pues sintió en sus fibras íntimas que el amor triunfaba sobre los hombres. Ella integraba, ahora sabiéndolo, un triángulo amoroso.
Se sorprendió a sí misma expresando sus pensamientos en voz alta: “Tanto Julián como Sabrina son maravillosos. Destilan amor a su paso. Son uno para el otro y gracias a mí lograron encontrarse. Aunque me duela perder a Julián más me dolerá que él la pierda a ella”.
Por amor a su esposo decidió apartarse del camino, aún sabiendo que él la ama. La diferencia es que han compartido mucho tiempo de matrimonio, 30 años de tenerse Julián y Helena. ¿Cuánto más de vida?. Y él ¿No podrá nunca tener a Sabrina?.
“¿Cómo salir de la vida de ellos?”. Pregunta recurrente en la mente de Helena, a la que no hallaba respuesta. Pensó en las más diversas posibilidades y todas crearían un sentimiento de culpa en ellos, aunque los dejara libres. La viudez de Julián parecía ser el camino más adecuado, pero... ¿Cómo lograrlo?. Decidió desaparecer, podía cruzar al Paraguay sin papeles, luego ir a Brasil y no volver, la darían por muerta luego de un tiempo. Si bien deberían vivir el duelo de la pérdida lo harían juntos, que era el deseo de Helena.
Compró el pasaje para el 14 de marzo. Tomaría el colectivo que viene de Mendoza y pasa por Catamarca a las nueve y treinta. Iría a trabajar como todos los días y en el momento necesario simplemente se iría sin avisar a nadie. Sentía que su plan era perfecto. No podía fallar.
Lo que no supo era que no sólo su mente trabajaba para desatar el nudo gordiano que se planteó en sus vidas. Fue así que el 14 de marzo Julián decidió actuar y cortar definitivamente con esa situación. Suponía que sería lo mejor, aunque no supiera cómo lograr que Helena no sufra, debía poner blanco sobre negro. Sabrina no quiso dejarlo solo. Con este pensamiento, ambos fueron hasta las oficinas del Juzgado Federal, donde trabajaba Helena, le pedirían reunirse. Irían ese mismo día.
El colectivo partió puntualmente de la terminal, Helena se despidió con lágrimas de calles que no volvería a transitar. Sería acompañada por la imponente figura del cerro Ancasti hasta abandonar su tierra natal y con un sordo adiós desaparecería. Cerró los ojos diciéndose a sí misma: “Ya está echo”. Sintió un alivio inesperado y sin darse cuenta se durmió.
La secretaria del Juez López les informó que Helena estaba en el segundo piso y se demoraría un poco en regresar. Julián miró el reloj, faltaban cinco minutos para las diez, esperarían.
A las diez en punto tembló la capital de Catamarca, el edificio del Juzgado Federal literalmente se desplomó a causa de la explosión. Luego de varias horas encontraron a Julián junto a Sabrina, abrazados en un sueño eterno. El socorrista a cargo revisó las ropas de Julián, encontró un teléfono celular y simplemente apretó “redial”.
Helena atendió el llamado mientras miraba horrorizada las imágenes de la televisión. El localizador indicaba el número de Julián y presurosa quiso decirle que se hallaba bien cuando del otro lado escuchó un voz desconocida que le decía: “Si Ud. conoce al dueño de este celular vaya a la morgue del hospital San Juan Bautista y reconozca los restos de la bolsa 18. Gracias”.
Volvió, fue al hospital y reconoció dos bolsas. Julián y Sabrina estaban definitivamente juntos.
Helena lloró.

Josefina Abril

14/03/04

El primer domingo de Julio abrió sus puertas la XII Feria Cultural, nuevamente miles de adictos a todas las disciplinas llegaron para participar de conciertos, conferencias, presentaciones de libros, visitas a salones de artes plásticas, etc.
Se anunciaba una conferencia sobre Josefina Abril, por el historiador Ricardo Scabrini, bajo el lema:”Una mariposa que aletea en América puede originar un tifón en el mar del Japón”
Pronto nos dimos cuenta que no era una alocución más, se trataba de un verdadero transporte al pasado, con una muy bien lograda ambientación de la época y el lugar... de pronto no hallábamos en la Alemania de 1775. Pudimos “ver” el rostro y los gestos de un pequeño niño taciturno, quien jugaba solo en aquellas calles ciudadanas; cómo su mano se alzaba portando una batuta imaginaria, de pie frente a un auditorio formado por árboles, el Rin algunos pájaros... y cerrando sus ojos dirigía frenéticamente una orquesta multitudinaria.
La descripción de Scabrini nos permitió notar la presencia de una bella mujer, de tez ligeramente morena, quien lo observara todas las tardes cuando nuestro pequeño reproducía su imaginaria interpretación.
Pudimos entrar en sus diálogos llenos de ternura y sabiduría. La hermosa muchacha de grandes y expresivos ojos negros hablaba con dulzura y fueron éstos elementos los que atraparon definitivamente al pequeño. Ella le habló de música, le enseñó música. Los primeros garabatos que vio el niño, trazados finamente sobre un sendero cercano al río, fueron notas musicales dibujadas por su hada. Fue la que lo tomó de la mano para conducirlo por el camino de tan hermosa expresión del arte. Le explicó que todos debemos entregar lo que anida en nuestro corazón, que nuestros sentimientos deben ser nobles y que podemos traducirlos en música. Que no necesitaría de una orquesta, que no le sería necesario escuchar la interpretación de sus obras, pues el más mágico y e inconmensurable sonido sólo podría sentirlo en su interior.
Supimos que la llegada de Josefina Abril a la vida del pequeño quedó registrada en una de sus cartas, encontrada recientemente. En ella menciona su agradecimiento, en textuales palabras: “A aquella mágica mujer que me permitió entrar a la música, expresarme con ella, amarla y poderla escuchar en mi mente, ahora que estoy sordo”. De pronto Scabrini nos sacó del mundo mágico en que estábamos: “Señoras y señores, con este breve relato quisimos rescatar del anonimato a quien halla sido quizá la mariposa que aleteó en América: la desconocida, hasta ahora, Josefina Abril. Además debo decir que la carta hallada recientemente lleva la firma, comprobada por expertos calígrafos de Ludwig Van Beethoven. Muchas gracias”.

Nuevamente Juntos

24/10/2003

¡Te vi! ¡Te vi de vuelta Cristina!
Estabas, bueno… en una situación un tanto difícil. La camilla de la ambulancia sujetaba tus débiles miembros… para que no te caigas. Dos muchachos fuertes, quizá como tus nietos, cargaban fácilmente contigo, tan livianita ya… No podías dominar la cabeza, con la boca abierta y tus bellos ojos negros cerrados.
Te llevaban para hacer no sé que estudio nuevo sobre tu maltrecho organismo. Sondas, catéteres, cables, sensores, agujas, sueros y no sé que más formaban parte de esa lista de “insumos” con que trataron de prolongarte la vida.
¡Cómo nos separaron las circunstancias! Papá y Mamá te adoran, aún hoy. Igual que yo, que a pesar del tiempo siempre te esperé.
Cuando te casaste estuve allí, sé que me “viste”. ¡Qué alegría al nacer Horacio!, pude sentir el palpitar de tu corazón y ese agridulce que te apareció cuando pensaste que podía ser nuestro hijo. Sentí tu homenaje. Siempre me amaste, siempre te amé, siempre nos amamos.
Ricardo, tu marido, ha sido siempre un ejemplo de esposo y Padre, honesto, humilde, fiel. Siempre te amó… me lo dijo y sintió también tu correspondencia. Hoy él reconoce que su corazón está junto a su primer amor, lo que me pasa a mí…
Siempre volvemos al primer amor, no importa el tiempo, el lugar, la situación. No importa, siempre se vuelve al primer amor.
¡Te amo Cristina! ¿Me oyes? ¡Te amo! Y estos últimos días te escucho decirme al oído: “Te amo Sebastián, te amo, volveremos a estar juntos”.
Los chicos de la ambulancia te tratan bien, como lo harían con su abuela. Luego de estudiar algunos parámetros de tu cuerpo te llevan nuevamente a la sala del sanatorio. Allí está Eloísa, mirándote con el dolor con que un hijo padece la enfermedad de una Madre.
A tu bella y frágil Eloísa le encantaba pegarse a ti, desde que le diste el pecho por primera vez y aún cuando ella dio el pecho por primera vez.
Como buena hija ayudó a acomodarte en la cama, alisó tu arrugado camisón de clínica, perfumó suavemente la almohada y luego de taparte se acurrucó sobre tu pecho, para sentirte. En tu rostro se dibujó una sonrisa que no pudo ver, pero sintió como un mensaje… ¿Quizá de despedida?
Luego, delicadamente, dejaste de transmitir el suave ritmo de tu corazón. Eloísa comprendió y finalmente sonrió al sentirse aliviada por ti, ya que habías emprendido tu siguiente viaje.
Con un nudo en la garganta y la cabeza aún sobre tu pecho, apenas articuló un ¡Chau Mamita! ¡Qué seas feliz! ¡Espéranos!
Me acabo de colocar el traje blanco, con un clavel rojo en la solapa. Tú llegas con un vestido brillante, níveo, con una gran cola de tul…
¿Notaste Cristina que aquí no tenemos edad sino sólo corazones?
Quiero decirte que aquél accidente no me separó de ti, que sólo nos dio un compás de espera de apenas una vida y permitió que afianzáramos nuestros sentimientos.
Ya lo ves, continuamos donde lo dejamos, estábamos por casarnos. Aquí viene Ricardo y su esposa a traernos los anillos.
Todos estamos felices, tu papá te llevará al altar. Las madres serán madrinas y los papis padrinos.
Tus hijos y nietos se han reunido porque partiste. Hagámosle partícipes de nuestra alegría. Aunque estén tristes, digámosle que estás bien y que eres feliz.
Eloísa acomoda tus pertenencias y piensa en ti. ¡Qué gran corazón tiene esa mujer Cristina! ¡Qué gran corazón! Realmente te ama.
Tu maravillosa hija se acerca a Horacio y juntos se reúnen con sus cónyuges, hijos, sobrinos y nietos. Parecen reunidos para una fiesta familiar. Con lágrimas en los ojos Eloísa propone un brindis por ti. Todos, en total silencio elevan las copas, sumidos cada cual en sus propios pensamientos. De pronto, sin acuerdo previo y realmente al unísono exclaman: ¡¡¡Que seas muy feliz Mamá!!!

Si pudiera escribirte ...

Catamarca, 31 de Marzo de 2003
Querido Juan:
Una carta , si pudiera escribirte, tan sólo una carta. En ella te daría lo que hoy no tienes. En ella te contaría cómo te ven mis ojos. Podría decirte que no debes estar como estás. Comprenderías... y por fin dejarías de sufrir.
Tu nombre es el mismo que han tenido muchos grandes. Tus oídos jamás dejaron de escuchar, desde un sabio consejo hasta el arrullo de tu bebé al decirte papá. Por eso se que si pudiera escribirte, oirías. Porque por tu hombría de bien y lo fantástico que resulte, nunca dejarías de oír lo que tengo que decirte.
Me duele verte así, no lo muestras ante los demás, tu esposa te ve íntegro, en el trabajo hasta haces chanzas y juegas con tus niños. Pero yo te observo y comento a quienes me acompañan sobre mi impotencia.
Quisiera acariciarte cuando estás allí, escondido, acurrucando tus treinta, en un rincón llorando, escondiendo tu orgullo de varón. Qué nadie te vea. Noto que el fuerte dolor te tienta. Y dentro del llanto desconsolado escucho tu letanía... ¿Por qué...? ¿Por qué se fue, si yo lo quería tanto y siempre estuvimos juntos?. Ahora que podía disfrutar de mis hijos como yo lo disfruté. ¿Por qué Dios, por qué?.
En tí me veo reflejado, comparto tu dolor, si bien a mí no me ha tocado pasar por esta experiencia, te entiendo. Tu corazón parece abierto, no sólo puedo verlo, también sentir hasta en la médula el desasosiego que te embarga.
Entonces pienso, si pudiera escribirte... No te daría explicaciones que no tengo, pero sí podría decirte que no padecí demasiado por mi enfermedad que tan rápido me trajo hasta aquí, te diría que no debes ya sufrir pues contigo siempre estoy, en todas partes.
Te acompaño y a veces imagino tomándote de la mano cuando estás por cruzar una calle. Miro y aprendo los detalles de tu trabajo, como cuando eras niño y miraba tus deberes de la escuela. Ya no eres mi pequeño al que debo en parte educar y por cierto malcriar.
Tu congoja parece contagiosa, el verte llorar me afecta, no el motivo de tu llanto.
Mi pequeño gran niño, desearía abrazarte, que acurruques tus treinta entre mis brazos y coloques tu cabeza de hombre grande debajo de mi cabeza anciana, que juntos nos mesamos, y yo te cante una canción infantil.
Pobre mi niño, ya crecido. Acurrucando tus treinta, en un rincón estás llorando, ocultando tu orgullo de varón, no puedes con el dolor. Pobre mi niño, se ha muerto tu abuelo.

Quien nunca te abandonará... abuelo Ricardo

SÓLO TÚ

"Hay que embellecer la Tierra"
(Gelindo Favore)

Hoy es mi cumpleaños número 88, y aquí estoy ... moribunda en mi lecho. Espero la llegada de mi hijo mayor, Juan Carlos, no me pude despedir de él todavía. Falta también otra despedida. Esta enfermedad me llevará; primero me quitó las fuerzas, luego me tendió en la cama y finalmente me quitó el habla. No me quejo, se que aún debo aprender. Ahora comprendo que ha sido por no haber hablado en su momento.
Tenía razón mi querido Padre Mario cuando vino a confesarme y tomó mi mano trémula. Oí las palabras de ese jovencito adorable disculpándose por el atrevimiento de pedirme que me arrepienta de mis pecados y su disculpa originó una leve sonrisa en mi rostro. Luego de unos instantes me preguntó si ya lo había hecho, cerré los ojos y ... caí, caí, caí en medio de nubes y un cielo celeste, había sol y yo caía y caía. De pronto... me encontré en sus brazos, los fuertes y grandes brazos de Alberto, que me decía: Por fin María, por fin estaremos juntos para siempre, por fin podrás gritar al mundo nuestro amor, y yo, angustiada por no poder hablar sentí, con verdadero arrepentimiento, que había callado tanto, que había callado mi amor, que había acallado al amor. Descubrí que éste era mi gran pecado, pues el amor embellece y es nuestro deber "embellecer la tierra". Abrí mis ojos y asentí. Dios me perdone por no haberle ayudado a mostrar el amor, por no contribuir a que la tierra sea más bella. Mi querido y pequeño muchacho, mi ex monaguillo Mario finalmente me dio la extremaunción y con un gran beso en la frente se despidió de mí, agregando que me quería mucho y que nunca me olvidaría.
Un agradable aroma a incienso acompañó mis últimos momentos. Julia, la menor, encendió la radio, justo a las 19, cuando comienza el programa donde pasan la música que me gusta. Disfruto mucho las melodías de los 50-60. Siento ya que mi respiración reduce su frecuencia, todo transcurre más lentamente, cierro los ojos, siento cansancio... y como en un sueño percibo la llegada de Juan Carlos. Justo a tiempo pensé, pobre mi niño, ha tenido que viajar tanto para este momento. Se acerca y me toma la mano, ya laxa, no tengo fuerzas, apenas puedo entreabrir los ojos y veo que una gran lágrima escapa de los suyos, noto su rostro compungido. No es para menos, se le está muriendo la mamá. A mi también me pasó y hoy la sigo llorando en silencio, me queda el consuelo de que falta muy poco para verla nuevamente.
Me invade una cierta angustia al pensar que los dejaré sufriendo por mi muerte, que no podré ya protegerlos, que perderán mi falda. Pero por otro lado siento una gran intriga por saber qué sobrevendrá, hasta cierto entusiasmo por enfrentar una nueva experiencia, me da bríos. En fin, este momento es muy especial, lleno de sentimientos encontrados y difíciles de acomodar. ¿Cómo canalizar algo de esto?. Sólo puedo oír, oler, ver. Hace tiempo que estoy inmóvil, sin hablar, sin comer. Cuando alguien levanta mi mano puedo ver que soy sólo piel y huesos.
Sé que están mis nietos en la habitación contigua, temen verme en el momento de morir. Ayer escuché que preferían recordarme viva y sonriente, especialmente la más chica que espera a mi segundo bisnieto.
La gente llama a la radio para solicitar algún tema musical, nadie pide "Only you" por "Los Plateros". Se que Alberto lo hará... para mí. No lo sabrá pero será su forma de despedirse.
Cesan todos los ruidos, de golpe. Ni siquiera percibo los de la calle. Por los párpados entrecerrados distingo a Emilia, la del medio, noto que está hablando en voz baja, pero no la escucho, adivino que ya he perdido el oído, pronto me fallará definitivamente la vista. Quiero oler el incienso que dejara Mario, pero no puedo inspirar, ya el aire se niega a ingresar a este maltrecho cuerpo. Juan Carlos ya no sostiene mi mano, ahora busca mi pulso, mis párpados se niegan a obedecer, quiero verlos por última vez, no puedo...
De pronto una mano me acaricia el rostro y un nuevo aire, fresco, vivificante llena a pleno mis pulmones. Mis ojos se abren, veo el rostro de Alberto, mi gran amor imposible, mi verdadero amor oculto. Con la mirada le suplico que repare mi error, que todos deben saber que el amor existe, como existió el nuestro.
Navego entre dos mundos, escucho en la radio, aunque sé que no puedo oír, una maravillosa historia de amor... un señor la relata como propia: "Ella 20 años mayor que él, hace treinta que ocurrió. Cuando se conocieron sintieron que nacía una relación imposible de romper. La viudez de ambos los impulsó a buscar. Sus realidades impidieron que ese lazo fuera de conocimiento público. Los dos ocultaron ese amor, por miedo a herir a los suyos. Un día, caminando por la ciudad, vieron un cuadro que al pie llevaba una frase que decía: Hay que embellecer la tierra. Pasaron los años y ella enfermó cruelmente".
"Recién ahora la frase del pintor cobra sentido", dijo ese caballero, al que reconozco como mi Alberto. Su dulce voz me acaricia nuevamente cuando continúa comentando: "Aunque sé que no podrá hablarme, llamaré por teléfono, quiero decirle a todos que nos amamos. Será su regalo de cumpleaños. Hoy cumple 88 y la amo".
Comienza a escucharse mi melodía, alguien llora mi muerte. Suena el teléfono. Emilia escucha con atención y en un acto humanitario pone el auricular en mi oído, la dulce voz de Alberto se cuela por entre estos dos mundos y siento abandonar el terrenal de la mano de un "Te amo María, te amo".

LA PÉRDIDA

Bonn, 1770. La música inspiraba los espíritus más inquietos. Un hijo más nacía entre cuatro de sus paredes. El cuarto de una familia común recibió su primer llanto, igual al que recibiría su último suspiro 57 años después en Viena.
Hizo sus primeros pasos en el pentagrama, al que comprendió espontáneamente, como quien tiene ya aprendida una lección de antemano, siendo aún un niño. Decían en la ciudad que venía de una vida anterior a completar una inconclusa tarea. Nunca se sabrá la verdad.
Lo que sí se supo fue que con el correr de los años su profesionalidad se manifestaba espléndidamente. Las interpretaciones que realizara en el piano lograban ser un atractivo para la sociedad, especialmente la femenina y más aún la joven. Esto exigía que sus veladas interpretativas se prolonguen hasta altas horas de la madrugada.
Por aquel entonces ya participaba de conciertos acompañando a Wolfgang. “Un amigo con algunos añitos encima” – decía él – y que le enseñara verdaderos secretitos en esas largas madrugadas de piano, mujeres y licor.
Fue precisamente a la salida de una taberna, en la que solían encontrarse, que ciertos jóvenes alcoholizados molestaban a unas muchachas de vestidos escotados y faldas recogidas. La pelea fue violenta, haciendo honor al espíritu de nuestro héroe y a la juventud de ambos, defensores de pobres y desvalidos.
Wolfgang vio aparecer un cinturón con una gran hebilla de bronce surcando el neblinoso aire y que fuera a parar, en reiteradas oportunidades, sobre la cabeza de su amigo, produciéndole diversas heridas y sendos moretones sobre sus orejas. El silbato policial puso fin a la reyerta. Todos huyeron.
25 años no es nada, se dijo a sí mismo sonriendo, el cuerpo soporta, mientras suponía que las mujeres escandalosas agradecían el gesto.
Luego, con nostalgia en el rostro dijo: 25 años..., falta mucho por aprender. Falta mucho por componer...
Sentado en un sillón vienés, en el ir y venir dibuja sobre el pentagrama, ora una negra, ora una corchea, tararea. Descubre que en su mente caben todas las notas musicales, que cada menos necesita acudir al piano a escuchar la belleza escondida en esas notas formando una combinación majestuosa.
Escucha con su mente, pero aún se resiste y vuelve al piano “a ver como queda”, pero no le agrada, “no suena bien”, se repite una y otra vez, “queda mejor cuando lo oigo dentro mío”.
Un día notó que los sonidos de la calle no eran iguales, como si algo hubiera cambiado. Salió y escuchó a los niños gritar, pero como a la distancia. Un carruaje casi lo atropella y vio el gesto de reniego de su conductor, pero no escuchó el insulto que seguramente le profirió.
Comenzó a sospechar, visitó a un médico amigo que le diagnosticó una pérdida considerable de su capacidad auditiva. Leyó en los labios del galeno las cruentas palabras. La pesadumbre se apoderó de él a pesar de saber que su mal tendría un avance paulatino, suave, pero avance al fin. La sordera iría in crescendo y finalmente no podría escuchar sus obras.
A modo de consuelo, aunque con veracidad pensó que los instrumentos no eran tan fieles reproductores como su mente de los sones que era capaz de componer. Esto último le provocó una débil sonrisa.
Consultó con cuanto médico se le cruzara, incluso viajó de ciudad en ciudad tratando de recuperar su oído y sobre todo su cordura, que parecía por momentos perdida entre tantos arrebatos de esta búsqueda que consideraba inútil. Inútil fue la palabra terrible, inútil su búsqueda, inútil se sentiría para poder componer e interpretar sus obras. Inútil, inútil.
¡No! ¡No! se escuchaba una y otra vez. ¡No! Yo soy más que una sordera, podré componer y escuchar con mi fuego interno. ¡Soy más que una sordera!. ¡Soy Ludwig Van Beethoven!.

Aún puedo, aún debo

¿Qué día será hoy? Ah, si ya recuerdo. Se me ilumina la cara, aunque con esta enfermedad no se si alguien lo notará. Hoy es el día en que viene Carlitos a verme, hoy es el día en que Carlitos no tiene quién lo cuide, entonces yo tengo la fortuna de verlo. Siempre lo retan porque dicen que me molesta, que la abuela está muy enferma y que él se porta mal. Pobrecito, para colmo tengo casi todo el cuerpo paralizado y no puedo hablar, no les puedo decir que el pequeñin es todo dulzura y que sus travesuras no son sino las cosas que yo le pido que haga, en nuestro lenguaje telepático, para divertirnos juntos.
Con Carlitos nuestra comunicación se da a través de las miradas. Él, me mira y sonríe con ojitos picarones, mostrando la felicidad por estar juntos. Ah, Carlitos ... mi único nieto. Un extremo y otro de la vida...
Me siento tan inútil, aquí postrada, víctima del cáncer. No puedo disimular el dolor físico que, cada vez más seguido me atenaza, mi rostro delata esta situación. Mi hija sufre al verme así, su marido es muy bueno con ella y la acompaña en este vía crucis que le toca vivir. Él es todo dulzura, siento su cariño al alzarme para que podamos ir al hospital y aunque no lo sepan estoy realmente protegida por sus brazos y me alegra el corazón que mi enfermedad haya servido para unirlos más.
Aunque no vivamos juntos, desde este humilde puesto de batalla creo que hago mi contribución familiar, a pesar de parecer sólo una carga. Marta me quiere mucho y piensa que solamente estoy sufriendo, sé que es capaz de todo con tal de no verme sufrir más; está en sus mejores años, como comúnmente se dice y sacrifica mucho por mí. No sabe lo honrada que me siento por esto, no tengo forma de decírselo, pero sé que será recompensada.
Menos mal que no tengo afectado el oído, sino no podría escuchar el te quiero tan lindo que me dice siempre mi nietito, o las conversaciones de ellos.
- Francisco, estoy agotada, la enfermedad de mamá, la situación económica, el trabajo, los remedios, los análisis. ¡Todoooo! todo me tiene mal, no doy más.
- Pero Marta, mi amor nos tenés a Carlitos y a mí para apoyarte. Por el dinero no te hagas mala sangre, la plata va y viene. Además los gastos de un enfermo en la familia no se deben mirar, Dios siempre provee de lo necesario. De última podemos vender algunas cosas...
- Lo que me digas, ya lo pensé. Los pro y los contra, estoy aterrada pero sólo tengo una solución. Borrón y cuenta nueva, y que sea lo que Dios quiera, yo... ¡no puedo más!
- ¿Qué querés decir con eso? Marta, no me asustes. ¿Qué querés decir con eso?
- Nada, mi amor, nada. Que le voy a pedir a Dios que se apiade de ella y de nosotros también. Que me dé fuerzas para hacer lo necesario. La veo sufrir tanto por esa enfermedad
- Querida no pierdas de vista que nada es por que sí, todo tiene una razón. Lo que nos pasa tiene dos patas, una en el pasado y otra en el futuro, por algo y para algo ocurren, podamos o no verlo.
Me dejó pensando Marta.
¿Qué día será hoy? Ah, si ya recuerdo, ayer estuvo Carlitos. Hoy le dieron
franco a la enfermera que me cuida, qué raro. Marta dice que faltó al trabajo por que estaba muy cansada y no se siente bien, que se va a recostar a la siesta conmigo. La veo tan amorosa hoy. Hacía tanto que no notaba su inmenso amor por mí, ya me había olvidado de su carita de ángel. De pronto recuerdo cuando recién comenzó a hablar, y apenas podía, diciéndome Mamá, Mamita, mi dulce mamita, cuánto te quiero.
Me cambió las ropas, poniéndome un conjuntito lila pálido, muy bonito; sobre mis hombros descolgó una bella blusa blanca con claveles rojos bordados en el pecho, hecha por ella especialmente para mí. Completando mi atuendo, una pollera escocesa con un gran broche dorado cerrando la falda, medias de seda color natural y unos mocasines marrones.
Con lentos movimientos, como si le costara tomó una jeringa, la llenó de aire, colocó en ella una aguja, y tomando mi consumido brazo, dobló pulcramente la blusa, apretó dulcemente con la manguera de látex, buscó la vena, hincó la aguja y mirándome con verdadero amor filial desplazó el émbolo de la jeringa. Ella entendió con mi mirada que nunca se rompería nuestro lazo.
Sentí que sus brazos me levantaban de la silla y me conducían al dormitorio. La cama matrimonial ya estaba abierta mostrando las sábanas nuevas. Marta me acostó y con dulzura retiró mis zapatos.
Me sentía adormecer, ella se recostó conmigo; cubriéndonos con una cobija me miró como cuando era niña, y susurró en mi oído: Mamá, Mamita, mi dulce mamita, cuánto te quiero.
Abracé el alma atormentada de mi dulce hija, sentí que debía proteger a mi niña.

A MI HERMANA

No sé qué lazos a tí me unen
Te siento con cariño fraternal,
que la terrena distancia supera
¿Será la sangre, o un amor ancestral?

No sé qué lazos a tí me unen
hermana querida, dulce mujer
De por vida tengo tu compañía,
aquí estás, sólo evocando tu ser

No sé qué lazos a tí me unen
Mi Chela, tengo la oportunidad
a tu vida llegué, te descubrí
bella Graciela, no voy a renunciar

No sé qué lazos a tí me unen
¿Besos recibidos de iguales labios?
¿La casa que compartimos quizá?
¿O el amor por ellos prodigado?

No sé qué lazos a tí me unen
¿El sacrificio que nos sustentó?
¿Brazos cansados que nos acunaron?
¿El vientre de madre que nos gestó?

No sé qué lazos a tí me unen¿O solo se llamen Papá y Mamá?

LA PLAZA

La plaza se adornaba con tu figura, el sol iluminaba la escena, eres tan bella... . De pronto, como queriendo tomarte para sí, llegaron, formando remolinos, desde los cuatro puntos cardinales, luchando por tenerte... , los vientos. Peleaban por el privilegio de acariciarte.
La mirada de esos ojos color café recorrió ancho y largo de la plaza. Te vi posarla en forma alternada sobre los bancos, las estatuas y finalmente en los árboles. Un gesto de asombro y la frase escapó de tus labios: !Los pinos cantan!. Sentiste que el viento les trae alegría y al pasar por sus hojas se embellecen los sonidos de la tarde.
Miraste el reloj, ansiosa por encontrarme, y yo deleitándome con tu imagen. Era tan lindo verte allí parada, disfrutando del ambiente cálido y primaveral.
Te observaba como desde la cola del barco que se aleja más y más.
Ansioso, si no iba a tu encuentro, desesperaría; quería acercarme pero a la vez no dejar de espiarte.
De pronto, salté de mi escondite, corrí hasta ti, te sorprendí y tu gran sonrisa llegó a mi corazón, me invadió el alma, siento que te amo.

MI PAPÁ

De mi tata me han pedido
que unas líneas escribiera
y diga cómo en el nido
ejemplos dio de primera

No tengo tanto valor
es asunto delicado
Se me estruja el corazón
hablar de un ser dedicado

La tarea de ser buen padre
supo aprender con la vida
de la mano de mi madre
amor, cantos y alegría

Ladrillos le dieron pan
ni la lluvia lo paró
arena, cemento y cal
nunca nada nos faltó

Como hijo digo que ingrato
no supe ver su destajo
hoy maduro, me agacho
alabando su trabajo

Hombre que tiene valores
virtudes nos enseñó
nunca jamás tocó un cobre
y su cintura estropeó

Arte desde niño tiene
en sus manos, en la voz,
él canta cuando va y viene
pintando su inspiración

La descripción es muy escueta
y lamento ser tan pobre
falta tanto pa’ que sepan
cómo es Gelindo Favore

La cita ineludible

Clara fue a visitarlo, tenía una consulta que hacerle. Al verlo sintió que todo su pasado volvía a renacer. Pero debía convencerse de que aquello no volvería ya.

El repique de las campanas indicó las diez.

Carlos la recibió en la oficina, con la simpatía de siempre, pero al mirar sus ojos vio que no tenían el brillo de antaño, hasta pensó que les faltaba su natural color miel.
Ella tomó asiento, miró la estufa apagada y con un gesto demostró tener frío. Carlos se apresuró a traer y colocar una campera sobre el saquito rojo que le cubría la espalda. Clara sonrió por la amabilidad.
El tema que motivó su visita giró en torno a asuntos divinos, acerca de Dios, los ángeles y la Virgen María. Supo que Carlos era la persona adecuada para ayudarla en esta duda existencial.
Al partir le devolvió la campera y corrió escaleras arriba, como temiendo llegar tarde a una cita muy importante. Él quiso acompañarla, pero la perdió de vista rápidamente.
Dos cosas sorprendieron a Carlos: El frío que sentía Clara no disminuyó durante la breve pero sustanciosa entrevista... y la premura de la dama por tratar un tema tan importante.
Decidió salir a caminar y reflexionar al respecto, se colocó la campera y contrariamente a lo esperado sintió frío. Al salir a la calle vio que había ocurrido un accidente en la esquina. Un niño pasó a su lado y le dijo algo de una señora con un saco rojo.
Las campanas repicaron, indicando las diez.

María, María de Los Ángeles

La ruta era un lugar peligroso, pasaban autos y camiones a gran velocidad, vivía gente a ambos lados del camino y la escuela obligaba a los niños a cruzarla.
Los Angelitos, pese a su nombre, era un pueblo dolorido por las pérdidas de varios niños, ora en el río, ora en la ruta, ora en el hospital. Lo cierto es que ya muchas familias se habían mudado para no tener que pasar por la terrible experiencia de que uno de sus pequeños miembros muriera. Otros confiaban en que a ellos no les tocaría y, además, irse no era tarea sencilla.
Nadie la vio llegar, solo aparecer. Caminando por la ruta, justo donde hacía tres días había fallecido un niño de tan solo cinco años. Unos a otros se preguntaban si la conocían, los chicos juraban no haberla visto jamás.
Llamaba la atención que estuviera caminado sola a la vera de la ruta, parecía tan frágil, no tenía más de diez años, vestía un solero blanco con flores multicolor y una puntilla que rodeaba el escote y el ruedo; de pelo negro y lacio peinado alrededor de un bellísimo e inocente rostro color chocolate, en el cual resaltaban sus brillantes y luminosos ojos café.
Cayó la noche y cuando todos los niños regresaron a sus hogares la dulce figura morenita desapareció de la ruta. Nadie sabe con quién se fue.
Los médicos del hospital estaban realmente asombrados de que Hugo, el hijo menor de los Morales, con tan solo cinco años, haya sobrevivido. Todos estaban esperando el fatal desenlace, pues ni aún un adulto podría soportar la dosis de veneno que el niño había ingerido; sin embargo ...
Era tal el alborozo en el hospital que, salvo la jefa de enfermeras, nadie reparó en la figura de una niña morena, con un vestido blanco lleno de flores y una dulce sonrisa.
Eran ya las catorce, al otro lado de la ruta Ricardito escuchó la campana de la escuela y en un acto reflejo se soltó de su mamá y corrió para cruzar el camino, temiendo llegar tarde. No lo vio, no miró a ambos lados, solo corrió derecho a las poderosas ruedas de un gran camión que circulaba a alta velocidad, cuyo conductor no se percató de lo que iba a ocurrir. Los gritos desgarradores de la madre solo fueron un murmullo comparados con el rugido del vehículo.
Tarde vio el niño las ruedas gigantescas que iban a quitarle la vida, sólo atinó a orar con el pensamiento, cuando esperaba ya el golpe de tamaña masa, sintió que algo o alguien tiraba de su mochila, lo alejaba del curso del martillo que iba a matarlo, lo elevaba por encima del vehículo y lo depositaba sano y salvo en lugar seguro.
Ricardito temblaba de pies a cabeza y cuando la bella niña morena lo abrazó, finalmente se calmó.
La madre vio toda la escena, observó asombrada cómo cuatro ángeles blancos rodeados por un halo celeste, sostenían a la niña, que tomó a su hijo de la mochila y elevaban a ambos para salvar a su pequeño.
Corrió velozmente para abrazar a su hijo y agradecer a la niña, que dijo llamarse María y ser sólo una traductora.
María los abandonó y fue al hospital a ver a Hugo Morales. El niño la reconoció y le preguntó:
- ¿Como te llamas?
- María
- ¿Por qué me salvaste?
- Yo no lo hice, fueron mis amigos y lo hicieron porque tus papás y hermanos rezaron mucho para que te salves
Hugo, debido a su inocencia pudo ver a los cuatro ángeles que acompañaban a María.
- ¿Ellos son tus amigos?
- Si, son ángeles a los que yo ayudo a salvar niños, para que no mueran o no sufran
- ¿Y tú quién eres en realidad?
- Mi nombre es María, he muerto hace tres días. Me atropelló un auto y no hubo alguien que tradujera a lenguaje de ángel mi ruego. Y como todos decían que yo era muy buena, seguramente pasaría a ser otro ángel. Estando muerta ya no necesitaba un traductor y mis ruegos los iban a entender, así que pedí no ser ángel, para poder traducir las oraciones de todos los niños.
- ¿Y por qué te veo si estás muerta?
- A los ángeles no los puedes ver, salvo que desarrollen mucha energía, o que seas muy inocente. En cambio a mí si. No podría traducir sin mis oídos y mi voz, los ángeles usarían mis brazos y mis piernas para salvar niños. Entonces me devolvieron el cuerpo y mis cuatro amigos me llevan a donde hace falta.
- Entonces tu nombre no es María
- Si, ¿por qué dices que no, Hugo?
- Por que en realidad tu nombre es María de Los Ángeles
Cuenta la leyenda que una niña de rostro color chocolate, enseñó a todos los niños a rezar, pidiéndole a sus ángeles guardianes que los protejan, asegurándoles que ella sería su traductora.

viernes, septiembre 01, 2006

EL AMOR

Era una hermosa mañana de sol otoñal. Me dirigí por primera vez a la biblioteca, suponiendo encontrar textos sobre aquello que estaba estudiando. Me acerqué hasta la gran mesada donde ella atendía y pasó a ser mi interlocutora personal. Poca gente frecuentaba el lugar a esa hora y nadie requería que lo atienda, solo yo. Tuve un instante de abstracción y la imaginé parada junto a mí, su altura igual a la mía, su rostro cerca, muy cerca del mío, sus labios rosados...
- ¿Qué necesita señor?. Fue su pregunta.
Tuve un instante de turbación, no sabía qué responder, la tenía tan cerca... y de pronto la vi, muy formalmente vestida y dirigiéndose a mí en forma profesional, al otro lado de la mesada. La miré con cara de desconcierto y ella con un gesto de paciencia en ese..., ese bello, perfecto, hermoso y maravilloso rostro. Y pude ver desde dónde partían esos sonidos arrobantes que formaban su pregunta, pude ver esos naturales labios rosados que provocaron nuevamente mi abstracción.
- ¿Qué necesita señor?. Volvió a preguntarme y entonces, sacudiendo la cabeza pude responderle.
- ¡Ah!, si, disculpe, estaba como en otro mundo y mejor le contesto antes que vuelva a caer en el encantamiento....
Mis ojos no podían apartarse de sus labios, pero con un esfuerzo sobrehumano logré articular las palabras y solicitarle un libro para consultar su cuarto capítulo.
- Ese libro es hermoso, me dijo; especialmente en la parte que Ud. busca el autor hace una descripción muy particular de los bellos labios de una mujer que acaba de conocer.
Y toda dama se da cuenta cuando uno la mira, además sabe aproximadamente qué le mira, así es que sonrió entre divertida y picaresca; con una pequeña carpeta se tapó los labios y entonces destacaron sus ojos negros y saltarines que se movieron al compás de un: ¡Sígame, por favor!
- En esta estantería encontrará libros relacionados con diversos temas, dijo. Si lee este podrá aterrarse, con aquél descubrirá la emoción en variados aspectos y la lucha de los personajes por no perder el amor.
- Dígame su nombre, por favor, así le preparo una ficha y si me trae dos fotos lo puedo asociar a la biblioteca.
- Mi nombre..., mi nombre... me llamo Miguel Ángel Buonarotti
- Muy bien, dijo, lo dejo en la mejor compañía señor. Se alejó sonriendo y en el armonioso movimiento de su perfecta figura podían advertirse los rasgos netamente femeninos, que impactaron en forma imprevista en mi vida.
Suspiro tras suspiro, miraba sin ver, precipitado sobre los libros, sentía la intensidad de su sonrisa y de su voz que se repetía como mil voces acariciándome y multiplicándose, caricia sobre caricia, voz sobre voz. Aumentan nuevamente esos sonidos maravillosos, cierro los ojos por un instante, siento que se acerca, pero al abrirlos veo una escasa luz en el ambiente.
- Señor, señor, ¿Qué le pasa? dijo una niña que consultaba la biblioteca. –¡Se golpeó la cabeza al caerse! ¡De la vuelta y respire profundo!, debe aspirar el aire fresco ¿Está Ud. bien?
- Ehh,... sí, estoy bien, gracias muchas gracias. Dime pequeña, ¿sabes cómo se llama la belleza, digo, la señorita que atiende aquí?
- Sí, su nombre es Rosario, pero todos la llamamos Rosi. ¡Es tan buena!. Conoce todo aquí dentro, siempre está sonriendo. No le importan las miradas, a todos trata bien y les levanta el ánimo.
- Así que Rosario, bello nombre, como ella. Y joven, como yo. Sus labios..., su sonrisa..., su rostro angelical..., sus ojos.... ¿Por qué me caí y quedé mirando al piso?.
- Gracias linda, ya me levanto. ¿Cuál es tu nombre, y cuántos años tienes?
- No hay por qué señor, me llamo Laura y tengo nueve años. Dígame ¿Cómo se siente?
- Bien, bien, gracias, gracias. Te mereces un premio. Vi en el pasillo de entrada un kiosco y te invito a tomar un helado del sabor que prefieras, a mí me gusta el de crema con chocolate y a ti ...
Dije para mis adentros: Rosario, te habías acercado con otro interesado por libros, pero no llegaste a verme tirado en el piso por ti, no me viste cual juguete desmembrado, carente de sentido por causa de tu encantamiento. Rosario, Rosario... ¡Creo que definitivamente me enamoré de ti.
Nos acercamos a la entrada, donde atiende tan bella dama. Laura de gran conversación conmigo y yo prestándole toda mi atención, solo con la finalidad de no ver nuevamente a esa belleza encantadora que me hacía temblar. Temía volver a caer de bruces con solo mirarla, no me animaba siquiera a escucharla, tenía miedo.
Lo peor era que quizá yo no le interesaba, aunque Laura me comentó que no tiene novio, que todavía no conoció al hombre de sus sueños, según sus propios dichos, lo que me dejaba una pequeñisima posibilidad.
Sin notarlo llevaba en la mano un libro, justo ese que en el cuarto capítulo... y de gran conversación...
- A ver Uds. dos, ¿adónde van con ese libro?. No señores, tiene que registrarlo y consultarlo aquí dentro, no se pueden llevar, dijo Rosario con enfado simulado.
- Dime Laura, siendo tan pequeñita ¿Ya has conseguido que un hombre buen mozo te acompañe? ¿Cuál es tu secreto?
Fue entones cuando Laura dio vuelta a la mesada, se acercó hasta Rosario y en el oído le dijo: bsssss.... bsssss... bsssss....
Mientras yo, entre bsssss..... y bsssss... comenzaba nuevamente a temblar, el rostro se me puso lívido (según me contaron luego de reaccionar), escondí mis manos, las piernas comenzaron a aflojarse y desaparecí de la vista de ellas. Quedé cuan largo era pegado a la mesada.
Rosario trataba de hacerme reaccionar.
- Ves Rosi, eso le pasó antes, dijo Laura. Te vio a vos, te escuchó y ¡páfate!, cayó redondo.
- Señor, señor, despierte. ¿Está Ud. bien?
- Entre un si..., si..., estoy bien, gracias, vi una imagen celestial, por un momento pensé que había muerto y un ángel me observaba. Nuevamente esos labios, nuevamente esa sonrisa, el rostro bellísimo, y vi más profundamente dentro de esos ojos negros, indagué en un instante su interior, indagué... y descubrí el amor.
Me levanté entre avergonzado y enfervorizado, descubrí el amor y no podía dejarlo pasar. Esperé a que Rosario ocupara su lugar mientras yo me alisaba las ropas, aspiré profundamente y acerqué mis manos a las de ella, mientras Laura nos observaba a prudencial distancia.
- Rosario..., le dije lenta, muy lentamente. Rosario... cásate conmigo.
Ella giro su rostro, guiñándole el ojo izquierdo a Laura y sonriendo dijo: No sé si debo, galante caballero...
Los tres comenzamos a reír, ya era la hora de cerrar y las invité a tomar un helado, para Laura sería doble. Al salir, casi sin querer, Rosario me extendió su mano y al tomarla con premura me dijo: puedes llamarme Rosi.
- ¡Estos chicos modernos! ¡A los tres les hablo!, escuchen porque es la última vez que les digo, a mamá se le llama Mamá, nada de Rosario y mucho menos Rosi, y a papá, Papá nada de Miguel Ángel ni Migui. ¿Entendido?
- Si
- Si ¿qué?
- Si Papá
¡Muy bien! y a Laura la pueden llamar Lauri o tía Laura.

TRES ROSAS

--- Es inexplicable doctor, Ud. como botánico debería saber qué ocurre aquí.

--- Ud., mi querido Adrián, comprenderá que este caso es único en el mundo, es más, no sé, porque no he tenido noticias al respecto, que se haya podido lograr este fenómeno, ni aún con la manipulación genética.

--- Entonces ¿qué pensar?. Además es maravilloso, todos quisiéramos tener una planta así.

--- ¿Cuántos años diría Ud. que tiene?

--- Preguntémosle a Don José, él ha sido el jardinero de esta casa desde el año 1955 y sabe el origen, que a mi parecer a sido natural y espontáneo.

--- Buenos días Don José. Le presento al Dr. Rocamora, él se dedica a la botánica e investiga casos extraños.

--- Buenos días Sr. Adrián, mucho gusto Dr. Rocamora, a sus órdenes. Si están interesados en la planta, que hemos bautizado Las Tres Anas, solo puedo decirle que la estoy cuidando desde que no era más que un pequeño brote, que apenas sobresalía entre la gramilla.

--- Mucho gusto Don José, pero me interesaría saber qué antigüedad tiene la planta, pues se la ve con tallo joven y tierno. Además veo que ahora está en flor y si Ud. puede informarme cada cuánto florece, en fin... lo que me pueda detallar, se lo agradeceré. Quién mejor que Ud.

--- Muy amable Dr., y si todavía no he cambiado de lugar de trabajo fue en gran medida por mi fidelidad a esta planta, aunque me parece que me sobrevivirá. No creo que ella o ellas algún día mueran, pero yo sí.
Como le iba diciendo doctor, habrá Ud. observado que en realidad hay seis tallos, tres están en flor pero los otros tres tienen brotes de pimpollos, uno cada uno. Tres tallos, tres pimpollos, tres tallos, tres rosas; una rosa de cada color, pero no eligen donde brotarán, llevan un orden, se van rotando, siguiendo el movimiento de las agujas del reloj.

--- Muy interesante Don José, muy interesante, pero dígame ¿Cómo sabe estos detalles?

--- Vea Dr. llevo ya cuarenta y cuatro años cuidando este rosal, jamás..., escuche lo que le digo, jamás ha pasado un día, desde que brotaran las primeras tres rosas, en que no haya tenido flores. He tenido tiempo suficiente para estudiar su comportamiento. Me llamó la atención que la rosa blanca que hoy ve allí, en la floración anterior, es decir hace dos semanas estaba en el lugar que ahora ocupa la de color rosa pálido y ésta en el lugar de la bordó aterciopelada.

--- ¿Que otra curiosidad encierra esta planta Don José?

--- Le diré Don Adrián, más que lo que acabo de relatarles, me asombra totalmente el hecho de que cada flor conserva su perfume particular. El de la blanca es medianamente intenso y algo dulzón; en cambio el de la rosa pálido es acorde al color, suave pero profundo; y la bordó tiene fuerza y penetración, además de persistencia en el ambiente, mueve hasta fibras internas de uno. Yo quedo extasiado frente a ella.
Observen sus formas, son perfectas. Jamás se ha marchitado una flor, nunca un pétalo dañado. Son visitadas por abejas todos los días y cuando uno espera que se abran totalmente, simplemente desaparecen.

--- Explíqueme un poco más en detalle esto que acaba de mencionar. ¿Cómo es eso de que desaparecen?
--- Mal podría yo Dr. dar una explicación, solo le comento mis apreciaciones. Cuando uno ve un pimpollo que aún está cubierto por esas hojitas verdes, piensa en una niña bebé, luego la ve abrirse paso e insinuando su belleza, la compara con una niña púber; más adelante se manifiesta la flor cuan bella es, donde se adivina la perfección de sus formas, puede apreciarse su aroma y se imagina a esa mujer joven a punto ya de abrirse a la vida, de abrirse al mundo adulto y al amor. Se aguarda con ansia el día siguiente, cuando cree uno que la verá en toda su madurez, en toda su manifestación femenina, la rosa que ya debería ser mujer, simplemente desaparece. No pueden, estas flores, jamás llegar a ser mujeres mayores, mucho menos, marchitarse y perder la belleza. Simplemente desaparecen, dejándonos un recuerdo de juventud, de lozanía, de armonía en la perfección de sus formas, colores y aromas.
Jamás he podido cortar una flor de este rosal, ellas me piden que no las corte, las escucho hablarme. Y si alguien se interesa en llevarlas solo me limito a invitarle para que huela y aprecie a Mis Tres Anas.

--- Dígame Don José, ¿Por qué ese sentimiento de pertenencia hacia la planta, por qué las nombra como Mis Tres Anas, después de todo Ud. es solo un empleado de esta casa y si la esposa de Don Adrián le pidiera... ¿Qué oculta Ud. Don José?

--- No oculto nada Dr., ocurre que no me atrevo a irme pues pienso que finalmente moriría la planta. Hay entre nosotros un lazo tan fuerte, me atrevo a decirle que es un lazo de amor. Las rosas nacen, crecen y desaparecen siempre igual y lo hacen para mí. Temo que si no estoy...
En cuanto a cortarlas... Ya Doña Liliana, la madre del Sr. Adrián me pidió que no lo hiciera nunca. Pensé que ella las quería ver siempre así y como era la dueña de casa le obedecí. Tras el fallecimiento de la Sra. Liliana todos creímos que podríamos cortarlas y al acercarme a ellas, tijeras en mano, sentí una fuerza, un mensaje, un impedimento en mi interior para cortarlas. Fue como si Las Tres Anas me pidieran, me suplicaran que no las corte. Por eso tengo miedo de lo que les pueda llegar a pasar el día que yo parta de este mundo.

--- Bueno, bueno, parece que el relato de Don José se está poniendo interesante Dr. Recuerdo cuando era niño que él me contaba acerca de un terrible accidente ocurrido en las cercanías de aquí y que tenía algo que ver con esto.
Lo escuchamos Don José, relátele al Dr. Rocamora ese asunto del automóvil que se volcó.

--- Cómo no Don Adrián, aparte el relato me permitirá contestarle al Dr. acerca del nombre con que bautizamos a la planta la Sra. Liliana y yo.
El camino antiguo pasaba exactamente a 50 m. de aquí, un Chevrolet nuevo venía a muy alta velocidad, fue en Setiembre del 57, más precisamente el 19; ya era de noche ...


--- ¿De qué color será tu vestido Fabiana?
--- Rosa..., un rosa pálido, es mi preferido. Irá acompañado por una gargantilla al tono, igual que la cartera y los zapatos. ¿Y tu vestido, Ana?
--- ¡Ah!, el mío será de un color más fuerte, el que me gusta, un bordó aterciopelado, igual al del rosal de mamá y además me compré un perfume idéntico al de las rosas de casa, bien penetrante e intenso. Falta preguntarle a Mariana.
--- Yo soy menos pretenciosa, para mí el blanco. Mamá ya me compró la tela para el vestido, así que ella marca y corta los moldes mientras yo coso. ¿Les gusta el color de los botones?
Entre risas, consejos y deseos, las tres amigas siguieron preparándose para la fiesta del Sábado.
--- Apúrate, Ana que las chicas ya vinieron a buscarte
--- ¡Ay! Es que no sé como me queda el peinado mamá. Decile a las chicas que pasen, que aunque se haga tarde no quiero estar hecha un mamarracho.
--- Hola Fabi, hola Mari, díganme sinceramente: ¿Cómo me queda?
--- ¿Que cosa, el vestido, los zapatos o el peinado? De todas formas estás preciosa. ¿Y nosotras?
--- Es que Uds. son perfectas.
Ya le pedí a papá que nos lleve con el auto y pobre, me dijo que se iba a levantar para buscarnos y dejarlas a Uds. en su casa. No creo que lo haga de bueno sino para mostrar su auto nuevo.
--- No seas mala Ana, si tu papi es un santo, aparte ya habló con los nuestros para que no se preocupen. Bueno... ¡Vamos!
--- ¡Querido! ahí bajan las chicas, tomá las llaves del auto y los documentos
--- ¡Epa!, ¿qué ocurre aquí?. ¿Mis niñas van a algún concurso de belleza y yo no me enteré? ¿O son tan pintones los muchachos?. Decime Gabriela, ¿No están hermosas? Y con esos vestidos parecen tres bellas rosas, una de cada uno de mis colores preferidos. Y además, han hecho coincidir sus perfumes. ¡Realmente están perfectas!
--- Gustavo apúrate, que llegarán tarde a la fiesta. ¿Tomaste la pastilla para el corazón?
--- Si, si, si querida. En un rato estoy de vuelta y así me podrá retar todo lo que quieras, ahora déjame disfrutar de estas tres bellezas.
--- Hasta luego, que se diviertan y pórtense bien. No tomen frío.
--- Hasta luego.
--- ¿En serio papi que tomaste la pastilla?
--- No, no es cierto. Lo que pasa es que ya estoy harto de esto de los médicos, que a una hora el jarabe, la inyección dos veces a la semana y encima no olvidar las pastillas, y tu madre que no me deja ni a sol ni a sombra...
--- Bueno papi, pero es por tu bien.
--- Si, ya sé. Ahora te pareces a mamá.
--- Chicas, ¿se acuerdan de José, el jardinero de la Sra. Liliana?. Ayer me habló, dice que quiere ser mi novio y que como las tres somos inseparables él sería capaz de cuidarnos a todas, protegernos, pero que me ama. Es una promesa que él hace para toda la vida. Dice que sería incapaz de separarnos, pero que no podría vivir sin mí y por consecuencia sin ninguna de las tres.
--- Suena rara esta proposición, pero José es tan bueno que yo creo que lo dice de corazón, no sé si podrá cumplirlo dándole el si pero la intención la tiene y creo que es sana. Decime Ana, a vos ¿te gusta José?
--- Me parece Mariana, que a las tres nos gusta. Pero será para una sola
--- Quién sabe, Fabiana, quién sabe que nos depara el destino. Creo que José será capaz de cuidarnos con su propia vida, lo vi en sus ojos.
--- Anita, acabo de tomar por el camino de la casa de Doña Liliana. Aunque hay algunos baches es más rápido y quiero volver pronto a casa. No me siento bien.
--- Acuérdese Don Gustavo que hay una barranca más adelante y luego una curva. Según me dijeron, de noche no se ve nada, aunque este auto tiene buenas luces.
--- Quedate tranquila Fabiana, ya conozco el camino andando de noche.


¡Hay, que dolor! .!Además el brazo, no puedo controlar el auto, mi corazón!, no puedo sacar el pie del acelerador... Dios...


--- ¡Que golpe, por Dios, me duele todo, no veo. ¡Mi cabeza, como duele. Sangre, me sale sangre de la sien. Ana, ¿donde estás? Soy yo, Fabiana. ¿Y Mariana?. Me sale sangre.
--- Tengo frío Fabi, tengo frío Ani. Vengan, por favor, las necesito.
--- Ya estamos cerca Mari, nos arrastramos un poquito y estamos las tres juntas, siempre juntas, ya ni la muerte nos separará. Ya pasa el frío, ya no nos duele nada. Ya... ya... ya...


--- Cerca de las dos de la mañana nos enteramos del accidente, Dr. Rocamora, cuando nos despertó un policía golpeando la puerta y pidiéndonos si es que podíamos ayudar.
Le comenté al comisario que yo conocía a las chicas.
Me paré frente al terrible cuadro, sin saber qué hacer. La vi a Ana, inseparable de sus amigas y en silencio les reiteré la promesa.
Aquí, justo aquí estaban ellas, Mis Tres Anas. Hoy, como puede ver, doctor siguen aquí, perfectas, siempre las tres... y yo las cuido. Nunca serán marchitas, seguirán siempre bellas, y cuando deban crecer solo desaparecerán.

¿ESTOY ALLÍ?

Cantas entonando La
sintiendo cuando respiran
cantas y escuchas ya
como crecen las espigas

Están tus mejillas mojadas
de lágrimas clamorosas
puedo ver que de amor empapadas
percibo tu alma amorosa

Cantas con amor profundo
a los seres de la enramada
cantas con amor al mundo
¿estaré en esas notas, por el viento llevadas?

Cerca de tí con este sentimiento
la duda me tortura
se atribula mi corazón violento
alcanzado seré por la locura

Dime cuánto más habrá
en tu canto al aire
Dime si alcanzará la eternidad
o hasta cuándo en tu nave

No desplaces de tí
mi alma encendida
apiádate de mí
No me apartes de tu vida

¿Podré continuar en tu libro?
o si de tí me apartaré
dímelo amada, pues sino
moriré de una vez

Y en las cumbres se oirá
mi llanto desconsolado
los volcanes rugirán
más no podrán siquiera amortiguarlo

¿Podré?

Drama unipersonal en un acto


Por Armando Victorio Favore


Actor: Se trata de un hombre saludable, de unos 40 a 45 años, de contextura robusta.

Vestuario: El actor viste un pantalón gris, camisa blanca, campera azul desteñido, zapatos y anteojos.

Escenografía: El escenario se dividirá en dos partes, izquierda y derecha(respecto del espectador), con diferente escenografía.

Parte izquierda del escenario: Una porción de calle, con una curva pronunciada, hacia la derecha, que aparece mojada por la reciente lluvia; a la izquierda del espectador el cordón de la vereda. Sobre el lugar en que se desarrollará la representación un farol de calle, iluminando la escena, allí mismo sobre la calle una piedra no muy grande. A la derecha del espectador un charco de agua, bien visible.

Parte derecha del escenario: Una porción de calle que aparece mojada por la reciente lluvia, a la derecha del espectador el cordón de la vereda y sobre ésta una porción de paredón de costanera.


Único acto


Se ilumina el escenario, mostrando sólo la escenografía izquierda, mientras la derecha permanece en la oscuridad; tras una breve pausa entra en escena, por la calle, el actor en evidente estado de ebriedad. Se detiene debajo del farol, observa hacia arriba, hacia abajo y a la platea con los ojos entrecerrados. Con las manos busca afanosamente un pañuelo en los bolsillos de la campera y al extraerlo arrastra involuntariamente su portadocumentos que se hallaba abierto. Hace ademán de atajarlo en el aire pero cae desparramando su contenido. Se quita las gafas y frota sus ojos con el pañuelo, como queriendo aclarar su visión. Toma aliento y se dispone a agacharse para recoger sus cosas, da un paso con las gafas en su mano derecha, no ve la piedra, la pisa, trastabilla y con una rodilla en tierra exclama.

- ¡Ay, se me dobló el pie!. No puede ser, encima esto. Y para colmo se me cayeron los documentos...

El actor menea la cabeza, suspira profundamente, se sienta cerca de los documentos en posición india y se dispone a recogerlos. Se coloca las gafas dificultosamente y abriendo grande los ojos observa a su alrededor.

- Menos mal que no viene nadie. A ver que pasó con mis cosas. !Je! No ve que macana, y ahí fue, la foto de la más chica, derecho al agua sucia de la calle.

Hace una breve pausa

- No la pude atajar y encima casi me mato, ¡todo por esa piedra!. ¡A ver!, lo, lo más importante es recuperar las fotos, especialmente la de Clarita, que se me fue al agua, pero ¿que hago con la bici?

Mira a su alrededor, como buscando algo y exclama:

- ¡Me robaron la bicicleta!

Hace ademán de incorporarse y queda con las piernas abiertas y estiradas, pero con el torso hacia abajo y dejando caer los brazos, como desesperanzado y recuerda mientras se termina de incorporar.

- ¡Ah!. Cierto que hoy no andaba con la bicicleta porque se me pinchó la goma de atrás. Menos mal porque sino me iba a dar un golpe más o menos.

Vuelve a fijar la vista en los documentos y acompaña lo que dice con la acción y gesticulando.

- Como estoy no puedo mantener mucho el equilibrio, pero no me voy a volver a sentar sino el pantalón se me va a ensuciar, así que abro las piernas un poco más, me agacho y ¡ya está!. Ahora sin caerme debo llegar hasta las fotos y ¡Huy! el carnet también se está mojando.

Ahora, coloca una rodilla en tierra y con un gesto de dolor dice

- Me siento derrotado, la angustia me hace doler el alma y mi corazón se abate una vez más bajo esta pesada carga.
¡Si los chicos me vieran! Seguro que llorarían por mi.

Agacha la cabeza, y estalla en él un breve sollozo, saca nuevamente el pañuelo, seca sus lágrimas y reflexiona

- Por un momento me imagino niño, mirando esta escena protagonizada por mi Papá, y en su rostro está el mío.

Pausa muy breve

- Estoy como impactado por la imagen lastimosa de ver a un hombre grande, fuerte, vigoroso y trabajador en estado de ebriedad.

Pausa muy breve

- Veo el resultado de querer escaparse de este mundo a través del alcohol.

Pausa muy breve

- Veo lo que ahora ven los demás de mí, pero quizá por ser a la vez protagonista y espectador aprecio lo doloroso de la situación vivida como niño. Me hace comprender el dolor de un hombre que se vuelca al alcohol ... y el de un hijo que no comprende la actitud de su padre.

Se produce una pausa. El actor con gesto de pesadumbre, continúa

- Debo abandonar, tengo que dejar de tomar, mi esposa y los chicos me necesitan sano, eso lo sé. ¿Por qué no tengo fuerzas suficientes? Si mi conciencia, como ahora a cada rato me taladra el cerebro. ¿Por qué no puedo? El alcohol parece ser mi único refugio, donde por momentos dejo de pensar coherentemente y en esa torpeza de pensamientos torpes logro un breve descanso a mi atribulado corazón.

Pausa muy breve


- No es por mal de amores, no es por faltas en los chicos, ni es por razones de salud, es porque no quiero ser grande, no quiero ser Papá de una familia, no quiero tener que dar consuelo a los demás, a mis hijos, no quiero ser el amparo de mi gente, no quiero, no quiero, no quiero ser hombre aún. Quiero volver a ser niño, quiero volver a las faldas de mamá, a sus brazos para que me arrulle, quiero volver a montar en la bicicleta de Papá para irnos juntos a trabajar, quiero sentir el fresco de las mañanas en mi rostro, como cuando me enviaban a la escuela, con el guardapolvos blanco y el portafolios con un sandwich de dulce para el recreo.

El actor estalla en llanto, deja caer su cabeza, mientras disminuye la iluminación del escenario, como apagando la imagen. Luego de un breve lapso vuelve la iluminación más fuerte que la anterior. Como mirando al cielo exclama

- ¡Mamá!!!, ¿Dónde estás? ¡Mamá!!!! ¿Dónde estás con tu regaño, dónde con tu mano cariñosa, dónde con la merienda y el pan con dulce, dónde Mamá.

Pausa muy breve


- ¿Por qué me abandonaste Mamá, al hacerme grande, por qué dijiste que ya no me retarías más pues era un muchacho grande que sabía lo que hacía?.

Un nuevo sollozo mientras deja caer la cabeza, y una pausa hasta lograr la calma. Disminuye levemente la iluminación. Levanta la cabeza y continúa

- Es cierto que siempre fui responsable, que quería ser mayor y que amo a Luisa, es cierto que siempre fui un padre responsable y cariñoso, pero una buena parte de mi forma de actuar ha demandado su esfuerzo, tuve que dejar de ser hijo, tuve que soportar lo que todo hombre, con los avatares propios del trabajo, la familia, la vida en sociedad...;tuve que soportar las injusticias propias de los que nos llamamos adultos.

Pausa muy breve

- Me cuesta, soy débil, no soporto esta presión. Estoy apesadumbrado, estoy llorando de pena por mí.

Se seca las lágrimas con el pañuelo. Se pone en cuatro patas y comienza a dirigirse hacia los documentos. Vuelva la iluminación fuerte

El actor acompaña con sus acciones lo que va diciendo y gesticula

- ¡Bueno, no le demos tanto a la máquina!. Lo que tengo que hacer lo empiezo cuando me sienta mejor, ahora lo importante es recuperar las cosas que se me han caído. A ver, despacito, primero un paso, luego otro. Ya estoy mejor, ahora me estiro un poco y recojo todo. Primero seco las cosas en el pantalón, le doy un beso a la foto de Clarita y desde el fondo de mi corazón le pido perdón y hago una promesa de cambio, solo espero que ella no me vea en este estado pues moriría de vergüenza al ver que tiene un padre borracho.

- Ahora que junté todo, me levanto y vuelvo a casa, despacito. Justo estuvo lloviendo y hay barro por todos lados, lástima los zapatos, pero me descalzo y listo, sino Luisa me mata.

Aquí el actor se quita los zapatos, sosteniéndolos con una sola mano y continúa con su monólogo

- Menos mal que Luisa me reta un poco, pero me parece que debería hacerlo más, entonces yo sentiría el amparo de ella y al portarme mejor podría refugiarme en el marco de esa “obediencia” y aunque no “madure” del todo estaría fuera del peligro de una vida en libertad, sólo debería obedecer y no ser el obedecido.

Pausa muy breve

- Me cuesta ser hombre y Luisa quiere un hombre a su lado, no un niño y yo estoy actuando así. Me temo que los perderé, no puedo seguir tirando de la cuerda de su amor por mí, debo recapacitar, pero ¿Cómo hago para comportarme bien?.

Se apagan las luces suavemente, quedando todo el escenario en oscuridad total.

Silencio y oscuridad por espacio de 5 segundos, tras los cuales comienza a escucharse el vals “Danubio Azul” de J. Strauss, en tono muy suave.

Desde el centro del escenario y cercano a la platea, aparece el actor, caminando despacio, con la campera sobre el hombro izquierdo y los zapatos en la derecha. El estado de ebriedad no es tan notorio como en el primer acto. Se dirige, dando la espalda al público, hacia el paredón de la costanera. Se detiene, deja los zapatos en la vereda, apoya la campera y los brazos sobre el paredón. Se detiene la música y sus pensamientos se escuchan a modo de voz universal, suplantándola.

Grabación:

· Ya me falta poco para llegar a casa, busco ir por la costanera para sentir el aire fresco del río y así despejarme un poco. Debo recomponer mi vida. Ahora con la luna llena sobre el río y el aroma de las hierbas serranas es como si mi cabeza se despejara. Van cambiando mis sentimientos, alternando los negros con los buenos y en mi fuero interno tomo finalmente una decisión, siento que es de verdad.

Silencio total. Se da vuelta el actor, con su mano izquierda apoyada en la pared, mira al público. Retorna la música, suavemente, continuando donde fuera interrumpida. El actor estira sus brazos muy lentamente, sosteniendo por el cuello la campera con la mano izquierda, y exclama:

- Trae el río su vida y la da, trae la luna su vida y la da, trae el aire su vida y la da. Te escucho Mamá, te escucho Luisa, ustedes también lo han hecho. Tengo mi vida, debo traerla y darla.

Retorna la música, suavemente, continuando donde fuera interrumpida. El actor baja lentamente los brazos, lleva el mentón hasta el pecho.

Luego de una pausa, dónde sólo se escucha la música de fondo, el actor eleva la mirada al cielo y con un gesto de angustia, cae de rodillas, las palmas hacia arriba, en actitud de súplica; se interrumpe abruptamente la música y en un tono desgarrador, grita:

- ¡Mamáaaaaaa...!!!!



Finalmente, cae su cabeza sobre el pecho.

Cae el telón


FIN

LO LOGRAREMOS

San Salvador, 15 de Abril de 2001
Querido Alberto:
Leí tus líneas. Tampoco yo deseo perderte. Sé que la distancia que nos separa no será óbice para que no podamos estar juntos. Quiero tranquilizar tu corazón afirmándote una vez más que te amo.
No pienses que me obligan tus pensamientos. Deseo fervientemente estar junto a ti. Tampoco tú desesperes. El tiempo que falta para nuestra unión no borrará mi sonrisa.

Te amo Alberto, te amo.

Por siempre tuya: Alicia

LLEGARÉ

Catamarca 29 de Marzo de 2001
Querida Alicia:
No quisiera perderte. Si pudiera llegar hasta ti confío en que juntos alcanzaríamos nuestro sueño dorado.
Te pido, te ruego que me esperes. Ya sabes lo injusta que es la vida, pero al final triunfa sobre toda adversidad. Espérame, ten fuerza y coraje. Sé que me amas, trata de soportar, haz como Penélope, espérame. Llegaré pronto. No entristezcas, sonríe.

Te ama: Alberto

PRONTO, AMOR, PRONTO

Catamarca, 29 de Marzo de 2001

Querida Natalia:
Nuevamente te escribo esperando te encuentres bien.
Quisiera pedirte que mantengas tu confianza y las esperanzas de que todo va a salir bien. Te extrañamos y queremos, no desesperes. El abogado está haciendo su mejor esfuerzo y pronto volverás a ser libre. Los chicos rezan todas las noches para que estés bien y piden por tu libertad.
Te amo, amor. Las noches son pálidas y frías sin ti. Confía amor, confía ... . Dios está de nuestro lado.

Tuyo por siempre: Roberto

Postales

Neuchatel, 22 de Abril de 2006

Querida Analía:

Te sorprenderás sin duda de recibir la presente. Dirás que te he olvidado, que mi viaje me alejó tanto que ya no te recuerdo. Sin embargo hoy hago “este esfuerzo” y te escribo.
Espero que te encuentres bien en nuestra querida y para mí un tanto lejana Catamarca. Aún desconozco si te has casado y si no es así, pues deberías hacerlo.
La “bella Analía”, ¿recuerdas el texto del protector de pantalla de la computadora?. Nunca fue mentira lo que escribí, si no la más pura verdad, pues de tus ojos se desprendía la belleza que tu interior albergaba y que intuyo aún lo hace. Me gustaría ver una fotografía tuya actual con tu esposo.
Al mencionar el tema de la fotografía, te comento que acabo de recibir postales de parte de mi familia y me gustaría compartirlas contigo. Algunas fueron tomadas antes que yo deambulara por esos lugares y otras después, sobre todo en mi época de adolescente. Recuerdos, imágenes, añoranzas, nostalgias. Sentimientos verdaderamente profundos me producen estas postales viejas, que han logrado retener el tiempo y la belleza de esos lugares que recorrí y que hace tanto tiempo no visito, hoy lejanos.
Postales que traen recuerdos reflejando aquellos tiempos, que no han registrado los cambios. El campanario de la iglesia, los campos cultivados cuyo verde se imagina sobre el fondo del paisaje en blanco y negro, la plaza principal con sus calles arboladas y llenas de flores y el Sol dando luz y calor.
Bajo mis párpados y “veo” que la fotografía ha logrado despertar mi memoria, ahora puedo apreciar esta postal perenne que ha impactado la retina de mis ojos de niño capaz de asombrarse.
Otras postales, más recientes, de allí donde tú estás pero que sin embargo no te han retenido. Y al igual que cualquier postal no han logrado ser más que testigos mudos de un lugar turístico, bello por cierto, pero inanimado por no ser capaz de reflejar el esfuerzo, el dolor, las alegrías y todas las cosas propias de un pueblo, de un grupo de familias y de lo que significa la vida de esas personas. Postales, que a pesar de ser bellas no pueden grabar momentos especiales, pecan por ser incompletas. Nadie puede asegurar que en el instante de tomar esa fotografía no acontecía el nacimiento de un niño o la defunción de un anciano.
Fotos generales, más allá de los sentimientos, pero que también nos permiten frases como “por aquí corría yo, en esta plaza le di el primer beso...”
Tomo algunas postales que tanto tu como yo conocemos, así es que no te resultará extraño que te hable de la plaza de la estación, o de la calle Güemes con el Ancasti de fondo, es decir que podrás imaginar la fotografía que yo veo y describo, pues vives allí. Ahora te invito a que veas otras postales, las de esta ciudad suiza, con el bellísimo lago que lleva el mismo nombre, con sus árboles y sus escalinatas al pie del agua.
El agua, puro motivo de la belleza del mundo, presente en todos estos paisajes, incita a perderse en la paz y el arrobamiento propios de un espíritu que se sustancia con la naturaleza. Y aquí, frente al lago Neuchatel puede vivirse esa sensación, donde uno siente a las Ondinas y a las Nereidas manifestarse, le hacen compartir la magia del universo paralelo en el que viven, le transportan a su mundo y le permiten paladear la felicidad.
Por estas cosas, por tantos cambios que he experimentado es que me comunico contigo. Se que no lo esperabas, pero es difícil olvidar a una persona como tú, y aún a la distancia quise compartir contigo esta nueva postal, esta nueva vida, quise contarte que estamos bien pues sé que te alegrarás de recibir noticias.
Ya sabes que por razones de salud tuve que mudarme a esta región de Europa. Aquí en este cantón suizo pude componerme bastante gracias al clima reinante y la falta de contaminación. No hay mucho donde gastar el dinero de mi jubilación adelantada, así que por ahora alcanza para sostenernos. La familia aún con problemas de idioma pero adaptándose. Viven con nosotros tres hijos y dos nietos, ellos estudian y trabajan en Berna(10), que queda más o menos cerca. Hacemos vida de hogar y como estamos a orillas del lago nos la pasamos pescando.
A sabiendas de que estas noticias alegrarán tu corazón, aprovecho la oportunidad para enviarte un cariñoso beso, te invito a visitarme con tu esposo y ¿niños? y te deseo lo mejor. Hasta pronto.





Armando

¿SIN RUMBO?

- Te dije que no quiero ir, Laura, ¿por qué insistes?
- Pero que te hace, ven conmigo Luis. Prometo que la semana que viene te acompaño a pasear por el lago y haremos un pequeño campamento, como a ti te gusta.
- No es que no merezcas que te acompañe, entiéndelo, por favor. Es que tengo cierta aprehensión, como si algo malo fuera a pasar.
Ese día no deseaba salir, pero su esposa le pidió que la llevara, que tenía un compromiso en la Iglesia y no quería faltar. Accedió a manejar el Renault esos 25 km y como la distancia era grande para regresar se fue a dar una vuelta por los alrededores. Tomó un camino de tierra que unía dos grupos de viviendas, al norte de la ciudad, entre los barrios se hallaba un gran descampado, cubierto de pequeñas plantas silvestres.
Había sido un jornada de intenso calor, más de lo habitual, pero ya caído el sol, en una noche clara, se sentía que la temperatura disminuía. Por la ventanilla del automóvil no demoró en presentarse un viento refrescante y el hombre decidió que era buen momento para disfrutar mientras esperaba la hora en que se desocuparía su esposa.
Detuvo la marcha a un costado del sendero, abrió todas las ventanillas y respiró hondo varias veces, disfrutando del aroma de las hierbas apenas rociadas con el sereno del atardecer. Luego se apeó para sentir la inmensidad del aire y de la tierra dentro suyo.
Supo en su fuero interno que frente a él ya no había limitaciones y por un breve, brevísimo instante percibió que realmente se hallaba en libertad. Podía notar que ya no estaba limitado por las leyes, que su cuerpo dejaba de ser una prisión física. Sintió tomar todo el aire, volar, elevarse espiritualmente, formando ese universo que corría hacia la inmensidad. Ahora se miraba a sí mismo desde ese elevado puesto que ocupaba, se veía él parado frente al campo observando el aire que integraba.
La sensación de éxtasis que experimentó no podría olvidarla, fue como un regalo de Dios vivir la verdadera libertad, que saboreó intensamente. Sintió paz en su existencia, fueron instantes bellísimos, puros, ajenos a la tiranía de la Tierra, momentos de verdadera espiritualidad, donde no existen ni el bien ni el mal, donde se siente ... faltan las palabras. Supuso que esa era la libertad, la ruptura con toda atadura, ya sea material, sentimental, espiritual... que se hallaba más allá de todo, en una experiencia personal, especial.
Pero como dijimos, fueron breves instantes tras los cuales el regreso a la ¿realidad? se hace inevitable.
Desciende al mundo de siempre manteniendo en parte esa sensación interior que dejara su paseíto por las alturas, queriendo retenerla pues se daba cuenta que desaparecía y con ella su sabor especial.
Se resistía a regresar a su lugar habitual, aún reconociendo que era inevitable. No manifestó dolor alguno, pero si la seguridad de que volvería a vivir una experiencia igual. Así es que permaneció en la misma postura, anhelando que se repita lo vivido.
Luego de un lapso apreciable ve a su izquierda acercarse otro automóvil, lentamente, con apenas una mortecina luz en su interior y que, a pesar de ser escasa, permitió observar a tres corpulentos ocupantes, con sus caras de “pocos amigos”. Era un viejo Ford que siguió su camino, pero al pasar frente a él dejó la mirada de estos hombres como clavadas en su cuerpo, tal la sensación que tuvo Luis al sentirse escudriñado de tal forma.
“De vuelta en el mundo”, pensó nuestro hombre, mientras veía alejarse el automóvil. Giró la cabeza tratando de encontrase con el campo, con la brisa, con la paz y mientras buscaba algo de su experiencia anterior oyó el ruido del auto que regresaba. Automáticamente se sentó al volante con la llave preparada para arrancar si alguna situación indeseable se presentaba, pero se tranquilizó pues el ruido del Ford hacía pensar que seguirían de largo y no imaginó que a esa velocidad clavarían los frenos justo a su lado. Tampoco entendió como hicieron los dos hombres para saltar y pararse uno frente al Renault y el otro junto a su puerta. Tampoco entendió cómo penetró el puñal tan fácilmente en su cuerpo, cómo llegó tan limpiamente hasta su corazón. No sintió dolor alguno, solo sorpresa durante su agonía que no duró más que su último suspiro. Suspiro que sintió llegar hasta su Madre, acompañado de esta frase: ¡Mamá, mira lo que me hicieron!.
De pronto algo se repitió:
Supo en su fuero interno que frente a él ya no había limitaciones y por un breve, brevísimo instante percibió que realmente se hallaba en libertad. Podía notar que ya no estaba limitado por las leyes, que su cuerpo dejaba de ser una prisión física. Sintió tomar todo el aire, volar, elevarse espiritualmente, formando ese universo que corría hacia la inmensidad. Ahora se miraba a sí mismo desde ese elevado puesto que ocupaba, se veía él sentado frente al volante del Renault, inmóvil y la rapiña de esos pobres seres humanos tratando de llevarse la mayor cantidad de cosas posibles. Luis o como fuera que ahora se llamaba veía las pesadas cadenas que llevaban a sus casas estos delincuentes y sintió pena por ellos y sus familiares pues sabía que nunca podrían disfrutar como él de la libertad.

El velo se corrió

Contaba yo con apenas 12 años, era una época de sana inocencia, plagada de esas ganas de “ser grande”, de ese querer ser mayor para lograr hacer y entender las cosas de los grandes. Pero, por supuesto, sin perder el amparo sutil de mamá y papá, aunque no lo confesara abiertamente.
Con esta experiencia que pasaré a relatar espero poder aclarar aquello de: “Pide y se os dará” . No es que no sea realidad, es total verdad, cien por cien. Como también es verdad que debemos saber qué pedimos y cómo lo pedimos y cuando nos sea otorgado actuar equilibradamente con el don recibido. Es así, doy fe.
Es muy fuerte este asunto de pedir algo. Reconozcamos que no siempre somos pacientes para esperar y en esa ansiedad es donde perdemos el hilo de lo que realmente es importante para nosotros, pues pensamos que no nos van a dar lo solicitado y pedimos otra cosa y vuelta a pedir, y así. Todo por falta de paciencia y sobre todo de fe.
Yo quería ser grande, pedía ser grande y cuando uno pide... le dan.
Meditaba sobre este asunto junto a la ventana de mi dormitorio cuando vi pasar a don Lucas corriendo por la calle, debajo de la lluvia, como si nada le importara. El gorro de cazador apenas le cubría sus grandes orejas y el agua mojaba buena parte de sus cabello. El rostro transmitía dolor, angustia, pena y todas aquellas sensaciones de quien se siente traicionado. Me preocupé, era la primera vez que lo veía así. Salí de casa y corrí tras él, lo seguí hasta la comisaría.
Don Lucas era una de esas personas que viven perdonando a todos, como si no tuviera derechos y le debiera rendir pleitesía a cualquier persona, sea grande o pequeña. No demostrando más que sometimiento. Era víctima de burlas y abusos por parte de los demás.
Después de la muerte de su madre quedó muy, muy solo, salvo por la compañía que le brindaran sus dos perros, el Carrie y el Black, ambos de color negro. También el señor del almacén lo respetaba, ya que el dinero que le dejara su madre él se lo administraba, sobre todo para evitar que alguien lo estafe.
Yo me había sumado a la cantidad de maldades que le hacíamos a don Lucas con los otros chicos. Buenos retos me dieron mis padres por esto, pero los niños somos crueles creyendo que nos divertimos y no sabemos que juntamos dolor para cuando seamos grandes.
Luego, con el tiempo supe que él sentía que nadie lo miraba más que para reírse, pues su cara gordinflona y su cabeza un tanto deformada por el uso de forceps en el parto movían a risa.
Así transcurría la vida en nuestro pueblo, y yo en la nebulosa de mi pubertad, pensando que todo era posible y estaba bien, ajeno al mundo al que deseaba entrar.
Hasta que un día de otoño arribaron vecinos nuevos, un matrimonio mayor, don Carlos y doña Dorotea, con una hija, Eleonora, que contaría unos cuarenta años, así es que para mí eran tres viejos.
Doña Eleonora no tardó en conocer a don Lucas, y como mujer educada le sonrió, se presentó y le comentó entre otras cosas que era soltera. Y siempre
que tocaba este tema finalizaba con la frase: “Dios pronto dirá”. Don Lucas asentía. Hasta que un día decidió que ya había llegado su turno de hacerse hombre, de enfrentar la vida y dejar de recibir la atención de los otros dejándose avasallar. Sentía que en realidad nadie lo quería y pensó que esa simpática mujer rubia y regordeta podía ser su vía de acceso a un mundo de respeto. Si lograba que ella lo respete, obtendría lo mismo de los demás.
Sí, doña Eleonora era su única posibilidad, aparte le agradaba, quería tener una amistad y sentía que podía lograrlo.
Todo esto lo fui armando por lo que escuché en la comisaría, luego de seguir a don Lucas, que había ido a entregarse.
No cabía en su comprensión que Eleonora, su Eleonora haya hecho algo semejante. “¿Por qué?, ¿Por qué me engañó?” “¿Por qué esta cruel traición?”. Fueron sus palabras mientras huía del lugar en que se concretara el hecho y las seguía repitiendo delante de la policía.
En sus manos podían verse manchas de la sangre del amante clandestino. La mujer, no sólo lo engañó con don Segundo, sino que él vengó esa traición, ahora podía verlo, por culpa de ella.
El amor que creyó le prodigaba lo asemejó a la llegada de su propia estrella. Sintió que alguien se había fijado en él, y era una mujer. Y les decía a los policías: “Cuando nadie me miraba más que para reírse, Eleonora fue la única que no rió de mí... ella fue mucho más cruel”.
Seguí el caso de cerca y supe que ya nadie se reía de don Lucas, los padres de doña Eleonora lamentaron la muerte de su futuro yerno, don Segundo.
Don Lucas jamás supo que Eleonora no lo engañó, que fue su mente la que realmente lo traicionó y hoy lo mantiene llorando y riendo. Llora por haber sido engañado, ríe porque sintió que Eleonora lo amó, porque sintió que alguien lo amó.
Recordé que había pedido ser grande y que lo que uno pide se lo dan. Al enterarme de esto que les relato sentí que algo se desgarraba en mi vida, luego supe que era mi inocencia la que se perdía, la que comenzaba a irse. Sentía que el cielo y la tierra comenzaban a separarse y que ingresaba en el mundo de los adultos.

Te esperamos

Podríamos haberlo hecho,
y sin embargo no lo hicimos
Podríamos haber cambiado
el rumbo de nuestros destinos
Podríamos haberlo evitado...
y sin embargo no lo hicimos.

No fuimos fuertes,
porque te llamamos
por no saber que vendrías
más ahora te amamos
y con sólo un gesto
En Papá y Mamá nos transformamos

¿Quién tiene la verdad?
Sólo Dios sabe
La sociedad marca
algunas pautas culturales...
más nos elegiste
para ser tus nuevos padres

Lo cierto es que ante ti
un solo gesto resta
estamos presentes
en esta hora, en esta gesta
y amarte hijo
es decisión nuestra

Mañana nacerás
comenzará tu respirar
aún tienes el amparo
del vientre maternal
no temas, aquí estamos
somos papá y mamá

De pronto Apareces

De pronto apareces

De pronto apareces
Desde un tiempo de adolescentes
Abro mis puertas, mi razón
Cuesta comprender
Da un vuelco mi corazón

De pronto apareces
Imaginando un hilo que nunca se cortó
Traes aquél pasado añorado
Que en un rincón estaba
Por la resignación desplazado

De pronto apareces
Años hace ya que enviudé
Que sólo a mis hijos me dediqué
Olvidando mi pasado
Y mi condición de mujer

De pronto apareces
También te has quedado solo.
Ven, tengo un lugar en mi vida
cobíjate en estas mantas
Hazme compañía

De pronto apareces
Quisiera darte mi calor
Olvidando mi rol actual
Recordando, amarte podría
Déjame entrar en tu vida

Dedico esta poesía a Liliana, pues en su historia de amor me he inspirado

Estampita

Estampita

Pedro, le preguntó:
- ¿Cómo se va a llamar?
- No sé, ¿Vos que nombre querés que tenga?
- Quiero que se llame como los abuelos, Jorge José o José Jorge
- Le vamos a decir J.J. Me gusta. Ahora ¿Cuál J va primero?
- Si a vos te parece bien, a mí me gusta más Jorge José.
Así es que los Herrera, del Barrio La Loma pusieron por nombre Jorge José a un bello niño, fruto del matrimonio de Pedro Herrera y Cristina Benvenuto.
Jorge José pasó su primera infancia acompañado de sus padres, en una casa pequeña que su mamá mantenía limpia y siempre perfumada, tal el recuerdo vivo que mantiene aún ahora este hombre que nos relata parte de su historia:
“Recuerdo que cuando cumplí los cuatro años y después de apagar las velitas mamá me sirvió una porción de la torta que preparó, me dirigió una sonrisa y luego me dijo que quería hablar seriamente conmigo. Entonces dejé en la mesa mi porción de tan exquisito manjar de chocolate y vainilla, crucé los brazos y le dije: Te escucho Mami”.
“Así es que comenzó por decirme que como ella y papá se querían mucho y a mi también y como me veían un poco solo le pidieron a Dios que les mande un hermanito y que ahora ella lo tenía dentro de su panza, que teníamos que cuidarlo entre los tres para que se pueda formar sanito y que había que rezar para que nazca bien y que no le duela mucho a mamá”.
“A partir de ese momento me transformé en un hombre de verdad, cuidaba de mamá para que no hiciera esfuerzos, le ayudaba a barrer y pasar el trapo, no la dejaba agacharse y le contaba a papá si ella no me hacía caso. Estaba cumpliendo con mi función de segundo hombre de la familia. Creo que este papel me lo tomé muy a pecho ya que no me abandonó nunca”.
“Entre los tres, siempre los tres, ayudamos a nacer a Camila, mi hermana. Una niña bella, con la piel suave como solo los bebés tienen. Ahora yo me sentía más hombre todavía, pues tenía la obligación de cuidar en todo momento a Camila. Y así lo hice”.
“Papá trabajaba en un frigorífico y mamá en casa, con nosotros. Todas las tardes nos sentábamos en el jardín a tomar la leche, aprovechando el sol y allí jugábamos Camila y yo, mientras mamá cosía alguna ropa nuestra. Se notaba el amor de mamá y papá. Y claro, lo disfrutábamos”.
“Esa tarde de otoño, cuando Camila tenía ya dos años, estábamos esperando a papá en el jardín, tomamos la leche, bajó el sol, se lelevantó un poco de viento y papá no llegaba. Mamá nos abrigó y nos pidió que fuéramos adentro a esperar a papá. Se hizo de noche y mamá seguía en la puerta de casa, con un saco azul y tiritando, creo que no tanto de frío como de preocupación”.
“Comprendí que si papá no volvía del trabajo hasta esa hora, algo le había pasado. Mamá entró para hacernos una sopa y enviarnos a la cama. No entendí por qué nos miró con una suave sonrisa y dijo: Son tan pequeñitos. Yo era ya un hombre y hasta sabía cuidar a mamá y a Camila”.
“Se apuró a meternos en la cama, Camila reclamó que mamá le contara un cuento, como estábamos acostumbrados, pero le llamé la atención, diciéndole que no la molestara ahora con esas cosas ya que mamá estaba preocupada por algo”.
“Hacía frío ya, mamá entró a la casa, se sentó en un sillón abrigándose con una manta sobre las piernas. Camila dormía, pero yo estaba atento a todo lo que ocurría. Papá no llegaba aún. Mamá estaba muy seria”.
“Vi en el reloj que eran las dos de la mañana cuando frente a casa se detuvo un automóvil, era rojo, el del amigo de papá. Don Carlos se bajó rápido del coche y tocó la puerta con fuerza, mamá abrió de inmediato. Intercambiaron miradas graves y él anunció:
- A Pedro lo llevaron al hospital, tuvo un accidente en el frigorífico, algo se rompió en una máquina y lo golpeó en la cabeza. Está grave. Vine con Marta para que se quede con los chicos, así te llevo, lo ves y hablas con los médicos”.
“Mamá asintió con la cabeza, tomó un abrigo, los documentos, se hizo la señal de la cruz y salió con don Carlos. Marta su esposa, salió del auto, besó a mamá, le apretó un brazo tratando de darle confianza y entró a casa. Cuando se puso a preparar algo para tomar, dispuesta a velar nuestro sueño, me levanté y entonces ella me contó todo”.
“Me puse serio, no me gustaba nada que papá estuviera así. Me asaltaron ganas de llorar pero recordé que si bien estaba en casa, me hallaba frente a Doña Marta y como yo era todo un hombre no iba a llorar. Pero de inmediato fui a ver si mi hermana estaba bien, como reflejo respondiendo a esta nueva responsabilidad que acababa de asumir, aunque nadie me lo pidiera o exigiera. Me acosté en la cama de Camila, la abracé como protegiéndola, bostecé y me quedé dormido”.
“Mamá iba todos los días a visitar a papá que se mantenía inconsciente en esa cama del hospital. El único cambio favorable fue que lo pasaron de terapia intensiva a intermedia, pero después de tantos análisis la poca plata que le dieron en el trabajo se fue terminando”.
“Le propuse varias veces a mamá salir a trabajar, ya que ella haciendo camas en casa ajena no ganaba lo suficiente y alguien tenía que cuidar a Camila y hacer las tareas de la casa. Fue así que un día le comenté a otro chico mis asuntos y que hacía falta plata extra para el hospital; él me dijo algo acerca de un señor que te daba estampitas de La Virgen y de otros santos para vender y que la mitad de la plata que ganas era para él. Hicimos el contacto y comencé con mi nuevo trabajo siempre a la hora en que mamá podía estar con Camila. Ya era un hombre capaz de ganarme el pan con tan solo 7 años”.
“Señora, ¿Me compra una estampita?. Señor, es para ayudar en mi casa, cómpreme una estampita”.
“Eran así mis tardes, vendiendo estampitas, mamá cosiendo para afuera en casa y Camila creciendo entre hilos, géneros y botones, haciéndose mujercita ella también. Mi hermana era tan linda, tan frágil, tan pequeña. Sigue siendo todo eso y además tiene un corazón muy generoso”.
“El tiempo fue pasando, la escuela estaba un poco bastante relegada. Con las estampitas ganaba muy poquito pero yo sentía que estaba cumpliendo con mi rol”.
“Siempre me pregunté para que servían las estampitas y no le encontraba una explicación. Hasta que un día en que me quedaba una sola de la Virgen María, la Virgen Desatanudos, una señora se acercó a mí, llorando y me pidió que se la vendiera. Yo, que estaba un poco asombrado por no tener que ofrecerla se la di por una moneda y ella, fijando la vista en la estampita, fue caminando hacia la Iglesia. Me preguntaba: ¿Por qué ese interés por la estampita?.”
”Entré detrás de ella y me arrodillé a su lado para ver que hacía. Pasó su mano por sobre mi hombro y me abrazó, poniendo la estampita delante nuestro y con lágrimas en los ojos me dijo: ¿Ves la Virgen?, ella nos va a ayudar a resolver nuestros problemas, nos va a ayudar a desatar los nudos de nuestra vida. No conozco tu problema pero te invito a que le recemos juntos, vos pedí por lo tuyo y yo por lo mío”.
“Y dentro de un ámbito maternal prodigado por esa mujer desconocida y por la otra representada en el dibujo de la pequeña lámina, me sentí más cerca de Dios... protegido, y allí, en ese arrobamiento, pedí con todas las fuerzas de mi corazón a la Virgen que ayude a Dios a curar a mi papá”.
“Este gesto, el de una verdadera extraña, logró contestar mis preguntas, no solo la mencionada, sino que además me abrió el camino a ese mágico mundo de la Divinidad. Todo a través de una estampita. ¿Una estampita o las muchas que todos me compraban?”
“Volví un poco más tarde a casa y encontré a Camila con Doña Claudia, la vecina de al lado, que me esperaban para tomar la leche ya que a mamá la llamaron del hospital y allí sentado le conté que había rezado a la Virgen para que cure a papá. Camila escuchó esto y se puso triste y empezó a llorar en voz baja, como no queriendo molestarnos. En cambio Doña Claudia se puso muy contenta porque dice que allí arriba escuchan mucho más a los niños que a los grandes, porque son más puros de corazón. No entendí mucho de que me hablaba pero sentí que nos iban a ayudar”.
“Citaron a Mamá, para informarle que no sabían cómo ni por qué papá presentó una gran mejoría y que esperaban que se mantenga en franca recuperación. Además el médico le dijo que los análisis próximos eran sin costo, porque no se qué fundación se hacía cargo de todos los gastos”.
“A los pocos días volvió papá a casa y juntos empezamos a hacer ejercicios para que él se recupere. Camila estaba muy contenta, al igual que nosotros. Yo seguía yendo a la plaza a vender mis estampitas y guardaba una de la Virgen para ir a rezarle antes de volver a casa. Al poco tiempo volvió papá al trabajo. Mamá siguió ayudando al presupuesto familiar, hasta que un día me dijo con tono muy severo que debía volver a estudiar más.
“El milagro de la recuperación de papá dio lugar a otros milagros que permitieron el progreso familiar, tanto en lo material cuanto en lo espiritual. A tal punto que ya recibido y trabajando como ingeniero a menudo acudo al hospital para visitar a la Dra. Camila Herrera de González”.
“Ester, mi esposa siempre fue una gran compañía para papá y mamá, que pasaron a ser la abuela y el abuelo”.
Luego de finalizar el relato J.J. se levantó, saludó y se retiró. Al salir del salón donde estábamos se le acercó un niñito, con estampitas en la mano. Él tomó al pequeño en brazos y lo llevó a la capilla de enfrente, juntos rezaron y al salir le compró todas las estampitas, menos una, la de la Virgen Desatanudos y le aconsejó al niño que la conservara. Al separarse y luego de caminar unos pasos, se dio vuelta llamando al niño y extendiéndole todas las estampitas compradas le dijo: “Te las regalo”.

sábado, agosto 26, 2006

Nubes amarillas

Nubes amarillas

Alicia se levantó tempranito, para ir al trabajo. Abrió los ojos y vio la ventana cerrada. Se preguntó: “¿Qué hora es?. ¿Dónde está el reloj?”. Luego, parada en medio de su habitación de soltera, llevándose la mano a la cara, y como quitando algo de los ojos, reflexionó: “Pero si hoy es Domingo, no tengo que salir, menos mal”.
De todas formas, antes de reunirse con su cama de plaza y media y después de pasar por el baño, abrió la ventana, aún estaba oscuro. Se felicitó a sí misma pues ahora podría dormir más luego de despertarse. Total el Sol no entra directo por esa ventana, dicho lo cual volvió a las Tierras de Morfeo(16).
Fue allí precisamente donde soñó con un caballero muy atento, educado y galante que la cortejaba. Dicho personaje logró enamorarla con sus actitudes y hasta le propuso matrimonio. Siempre dijo que ella era la mujer ideal para formar una familia y que su clara intención era la de hablar con sus padres a fin de pedir su mano.
Ella aceptó y se comprometieron fijando fecha para el casamiento, que ocurriría, según nuestro héroe, “cuando las nubes que estén justo sobre nosotros tengan un color amarillo, que sean nubes amarillas. Este detalle revelará que nuestra vida matrimonial será venturosa”.
La claridad penetró en la habitación de Alicia y logró despertarla con suavidad. Ella estaba todavía soñando con su caballero, con su vestido de bodas, mirando al cielo y viendo como tres nubes amarillas los cobijaban.
Terminó de despertarse, remoloneó un poco en la cama y por fin se levantó. Puso los pies en tierra y recuperó el sentido de la realidad, de esa que le tocaba vivir: Soltera aún, pasados ya los treinta y a pesar de que no se consideraba la más fea, no había logrado formar una pareja estable. A veces se preguntaba si no era demasiado idealista con respecto a los hombres, pero la verdad es que le había tocado cada uno... que mejor perderlos que encontrarlos.
Ninguno había sido tan galán como ella prefería. Solo en los sueños existen, se decía y lo confirmaba con lo ocurrido esa mañana. De todas maneras, el sabor de que algo bueno le pasó, aunque sea en el sueño, lo quería conservar. Decidió salir a pasear por el parque de la otra calle y se puso ropa de gimnasia.
Ató su rubia, lacia y larga cabellera, formando la conocida “cola de caballo” con una cinta verde, que ocasionalmente hacía juego con el color de sus grandes ojos, redondos al igual que su rostro, de cutis dorado, nariz pequeña, labios finos y delicados, ubicados sobre un pequeño mentón bien definido. Las facciones eran armoniosas declarando a una bella mujer.
Su estilizado cuerpo se estiró como desperezándose. Comenzó a dar unos saltitos con sus zapatillas blancas, a modo de precalentamiento, tomó las llaves, salió de la casa, cerró y se fue trotando rumbo al parque.
Alberto había decidido salir esa mañana, ya llevaba varios días de encierro obligado dibujando planos de un edificio y calculando las estructuras y los presupuestos, pero ya no daba más. Quería, necesitaba un poco de aire.
Desde que falleció su madre se sintió sin motivo para continuar, como sin rumbo. Decidió dedicarse de lleno al trabajo, que en un principio lo ayudó a sobrellevar el duelo. Sintió mucho que ella fuera a reunirse con su padre, después de casi 10 años, ya que siendo único hijo pasó a ser todo para su madre y ella para él. Treinta y cuatro años cumplió tres días antes de la muerte de la autora de sus días, la que padeció una larga y a su criterio injusta agonía. En fin, dijo para sí, como resignándose a su suerte.
Alberto se hallaba sentado en un banco del parque cuando vio acercarse un figura femenina que destacaba del paisaje no solo porque estaba en movimiento sino porque irradiaba algo inexplicable, definido por él como encanto femenino, que iba más allá de la belleza exterior, era la interior que se expresaba a través de la figura angelical de Alicia. Tal era la opinión de Alberto, quién lamentó que sus ropas no fueran las apropiadas para acompañarla en el trote. Pero no podía dejarla pasar sin tratar de atraer su atención.
Se sintió incómodo por estar sentado, así es que cuando vio que ella se acercaba se puso de pie y con las manos trataba de quitarse las arrugas del pantalón y se acomodó un poco la camisa. Luego, al pasar la mano derecha por la cara recordó que no se había afeitado, como era Domingo...
Alicia no tenía novio pero algo de hombres entendía y haciéndose la distraída vio con agrado la preocupación de aquel buen mozo por estar arreglado al acercarse ella, gesto que además la halagó.
Pudo observar algunas características de aquel hombre que le atraía, como por ejemplo su altura, debía pasar con facilidad el metro ochenta y cinco y su cabello castaño oscuro. “Es corpulento, mejor no lo miro más, a ver si piensa mal”, pensó. Así es que dio vuelta la cabeza observando unos árboles que apenas se agitaban con la brisa reinante y con la mano derecha se pasó una pequeña toalla por la frente, lamentando no haber traído algo para refrescarse.
A esa hora de la mañana el sol se hacía sentir. Alberto observó con sus grandes ojos color café y sin pestañear el paso de Alicia, la vio secarse con la toalla y detectó el movimiento involuntario de ella para mirarlo, justo cuando pasaba frente a él. El impacto fue inevitable, Alberto y Alicia dejaron ver sus sonrisas y él con gesto galante se agachó simulando dejarla pasar. Esto le hizo gracia y se sintió aún más halagada.
“¿Qué puedo hacer?” se preguntó Alberto, entonces corrió hasta el quiosco del parque y revolviendo con premura sus bolsillos, sacó unas monedas y compró un botella pequeña de agua mineral, con la intención de ofrecérsela a tan bella y agradable dama. Solo esperaba que pase cerca suyo nuevamente.
Alicia quería dar otra vuelta, no tanto por el ejercicio en sí, como por ver si el caballero que le sonriera seguía allí. Lo que le gustó a ella es el gesto de bondad presente en ese rostro de cutis trigueño. De inmediato reparó en que el cielo estaba parcialmente nublado y prestó especial atención a tres nubes en particular. Detuvo su trote, miró primero sus pies y luego las nubes. Se asombró al ver esas nubes de color amarillo, recordó su sueño y experimentó una sensación de que algo agradable pasaría. Reanudó el trote como sintiéndose con más seguridad, pensó en ese caballero, en el del sueño y en que él la dejara pasar con una reverencia. Sonrió y pidió que el verdadero no se haya marchado. “Dios dirá”, fueron sus palabras.
Alberto la vio llegar nuevamente y escondió la botella detrás suyo, con la mano izquierda y cuando ensayaba una nueva reverencia los dos se miraron y comenzaron a reír. Alicia detuvo su marcha, Alberto le alargó la botella escondida y con un gesto de complicidad le dijo: “Bella princesa, mi nombre es Alberto”. Ella, aún riendo estiró su diestra y con voz grave le dijo: “Galante caballero, mi nombre es Alicia”.
Sin mediar una razón, los dos, unidos aún por el saludo miraron al cielo y vieron las tres nubes amarillas, casi sobre ellos. Alicia guardó para sí una sonrisa.
El casamiento se hizo al aire libre, cerca del mediodía y volvieron las tres nubes amarillas. Se ubicaron en esta oportunidad exactamente sobre los novios, como en el sueño. Ambos las miraron y dieron el sí.
Alicia le contó su sueño a Alberto durante la luna de miel que hicieron con motivo de sus bodas de plata, recién cuando ella consideró que su sueño se había realmente cumplido.

LÁPIZ ROTO

LÁPIZ ROTO

Fue cuando era niño que la maestra le encargó una tarea, tenía que dibujar a su familia: El papá, la mamá, a su hermano menor, la tía, los abuelos y si había alguien más que quisiera, que lo dibuje.
Carlitos era un niño de carita redonda, cabellos castaños y ojos vivarachos, grandes y color miel. Contaba por ese entonces con 6 años, y tenía gran entusiasmo por las cosas de la escuela.
Cuando se puso a dibujar le pidió a todos los de la casa que lo dejaran solo, pues tenía algo muy importante para hacer: Nada menos que el retrato de su familia. Comenzó por la mamá, dibujándola con una gran cabellera rizada, ojos grandes, cuello laaaargo, con pollera a cuadros, zapatos marrones y pequeños, brazos y piernas delgados y manos grandes, de 6 dedos cada una y con una gran sonrisa. Siguió con el papá, que ahora poseía un sombrero de copa, era más alto que la mamá y en el dibujo estaban tomados de las manos, grandes también. Lo dibujó con un traje azul y camisa blanca, de ojos pequeños, cara alargada, con bigotes, negros zapatos grandes y serio.
Siguió con gran entusiasmo el dibujo, pero no hizo a su hermano ni a su tía. Pensaba que no debían entrar en ese dibujo y prefirió sorprender a la maestra con dos dibujos, éste que la había salido tan lindo y otro con el resto de la familia.
Desde la cocina la mamá lo llamaba para tomar la leche de la tarde, pero Carlitos ansiaba terminar su dibujo, quería ponerle árboles, nubes, algunas amarillas, otras celeste clarito, otras blancas y el Sol en el medio de dos montañas que se recortaban en el fondo de tan grande obra de arte, donde no faltaba la casa por cuya chimenea salía humo blanco y el consabido caminito rodeado de flores.

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A punto de cumplir sus 18 años, Carlitos se sentía todo un hombre. Como ya sabía manejar y era tan correcto para hacerlo, que muchas veces le prestaban el auto. Hoy debía llevar a sus padres de visita al médico pues su papá estaba con un ataque de dolor en la cintura y no se podía mover. Tenían que cruzar toda la ciudad, pasar por la zona de camiones y una vez que llegaran al puente del río doblar a la derecha 4 cuadras. Fácil dijo Carlitos, ahora Carlos, como le gustaba que lo llamaran.
Fue allí, precisamente en el puente, que el camión le resultó gigante, le pareció un gigante que los aplastaba. Lo que le parecía era realidad, el gran camión se les echó encima y semejaba a un toro enfurecido por la violencia con que los arrastró, los puso al borde del puente y con la fuerza que aún conservaba hizo que cayeran sobre el río, con poca agua en esa época del año.
Mientras caían Carlos gritó que se hagan como un ovillo, para evitar tantos golpes, acto seguido apagó el motor y los tres elevaron una plegaria con el pensamiento.
El sonido de las sirenas despertó a Carlos, se vio rodeado de bomberos que le hacían preguntas y le daban indicaciones, para salir. Pudo girar un poco la cabeza y ver a sus padres, encogidos para evitar los golpes, tomados de la mano. A pesar de que los hierros retorcidos daban un toque triste a la imagen, Carlos recordó su dibujo de los seis años y se dijo para sí que ellos siempre estarían unidos, unidos por esas manos grandes que ambos poseían y que ahora se hallaban inertes. En la otra mano de su mamá, y sin explicación para él estaba su cartuchera de lápices, la misma que usó en la primaria, con cierre y de cuerina azul. Alargó la mano, tomó el estuche que parecía nuevo y sacó de allí lo único que contenía, un lápiz negro, su lápiz, el de los seis años, el que usó para dibujar a papá y mamá cuando le pidió la maestra. El que usó para ese dibujo que todos elogiaron. El lápiz negro que en el accidente se rompió, ahora era un lápiz roto.
Luego se enteraría que lo mismo le ocurrió a sus padres y que el camión que los arrastró fue a dar contra un árbol ya que se había quedado sin frenos.

Una mano grande se posó en su hombro y lo sacudió, apartándolo de sus pensamientos y de su dolor, una voz le indicaba que saliera del automóvil ¡Vamos, vamos! ¡Tenés que salir! ¡Vamos!, tenés que salir Carlitos. ¡Apurate a tomar la leche que tenés que salir con la tía!
Carlitos abrió los ojos, vio la cartuchera azul, giró su cabeza que aún estaba apoyada sobre la mesa y la imagen de dos manos grandes unidas lo llevó a la realidad nuevamente. Escuchó como música celestial las palabras de su mamá que además le anunciaban la llegada de papá.
Carlitos saltó de la silla, abrazó fuertemente a sus padres, les dio besos en las manos y las caras y les dijo, con voz fuerte: ¡Los quiero un montón! y ¡nunca, nunca se me a romper un lápiz! ¡nunca!
Los papás se miraron, levantaron los hombros, pusieron un gesto de asombro, se rieron sin entender las palabras de Carlitos y le dijeron que se apure a tomar la leche pues tenía que salir.

Preso político

Preso político

- ¡Vamos, mocoso! ¡Roberto Reales!, !Vamos te digo, carajo!. ¡Apurate que te venís con nosotros, mier... , te vamos a enseñar a hacerte el zurdito!. ¿A ver cómo te queda ésta?
Allí fue como comenzó la odisea de Roberto, con un culatazo de Itaca en la cara. No alcanzó a poner la mano en esta primera herida de guerra, que el empujón que le dieron para que se mueva lo arrojó al piso. Estaba entre dormido y dolorido, trastabilló y cayó sobre sus padres que se hallaban en el piso, doña Clara tratando de aliviar a su esposo Cándido Reales luego de que recibiera una trompada de estos atacantes que vestían uniforme verde, casco y armas propias del ejército, los mismos que patearon la puerta de entrada cuando eran las 2 de la mañana de esa cálida noche de domingo.
- ¿Qué van a hacer con Roberto? Gritó la señora. ¿A dónde lo llevan? ¿Quiénes son ustedes? ¿Son policías, son gendarmes?. A no, ya veo, son militares del ejército. ¡Quiero ir con ustedes, no quiero que lleven a mi hijo, yo voy a hablar con sus superiores y aclararemos las cosas! ¡Tengo derecho a saber dónde lo llevan y por qué! ¡Denme sus nombres y rango, dónde se desempeñan y quiénes son sus superiores! ¡Exijo una explicación! ¡No se lleven a mi hijo!
Fueron las últimas palabras que pronunció Clara, desde la vereda de su casa, inútilmente proferidas al aire que quedaba detrás del Falcon Verde que partió ráudamente, como escapando ante un hecho del que nadie jamás podría sentir satisfacción. Como escapando de un hecho delictivo, de la escena del crimen.
Crimen sí, pues debemos añadir más dolor a Clara. Al ingresar nuevamente a la casa recordó que su esposo se hallaba tirado en el comedor y corrió a verlo. Ya estás descansando, pensó interiormente. Vio que Cándido alcanzó a cerrar los ojos y podían verse sus manos juntas como rezando, como pidiéndole a Dios por ese hijo, su segundo hijo, de apenas 19 años.
El médico dio las condolencias a Clara, le informó que Cándido falleció de un ataque cardíaco y que iba a hacer lo posible por averiguar algo acerca de Roberto, se despidió sin esperar respuesta de Clara, ya que su mutismo era ostensible.
Nunca volvió a hablar, pero siempre quiso saber qué había ocurrido con su hijo, por lo cual se dirigía por notas a todas las autoridades que podía, hasta le envió una emotiva carta al Presidente, pero ni aún ésta le fue respondida. Los pedidos de Habeas Corpus nunca dieron resultado, ni la Iglesia con sus curas y obispos la pudieron ayudar. Nadie sabía dónde se podía encontrar Roberto Reales.
El médico que atendió a su esposo, era amigo de la familia y logró algunos contactos que le permitieron averiguar que a Roberto lo habían llevado a una especie de campo de concentración, que había sido torturado para que “vendiera” a otros “colegas” de extracción política y que no soltó palabra nunca, pues no tenía nada para decirles, no sabía nada.
La tortura de Roberto no solo fue física, sino también psicológica. Le hablaron pestes de su novia, le dijeron que sus padres habían muerto odiándolo por el disgusto de que él perteneciera a los subversivos y tantas barbaridades más que lograron afectar su psiquis, a tal punto que ya no coordinaba ni sus reacciones, ni sus movimientos, mucho menos sus pensamientos.
Roberto no entendía nada, pero la falta de visitas de su gente querida, a ese lugar de detención, le confirmaron lo que escuchó por ahí, es decir en la celda de al lado, y es que él Roberto Reales era un preso político.
El médico siguió apelando a sus contactos para estar al tanto del paradero de Roberto. Un día cualquiera le informaron:
- Parece que hubo un intento de fuga y los milicos mataron a todos.
Esta noticia hizo perder las esperanzas a los allegados a Roberto, sólo quedaba cambiar las oraciones, ahora por su eterno descanso.
El día anterior al del intento de fuga, Roberto fue trasladado a otro centro de detención, para usarlo como ejemplo de lo que pasa cuando no quieren hablar, y como involuntariamente “colaboraba” en la causa militar, empezaron a tratarlo más decentemente. Al menos ya no lo torturaban.
Sus captores pensaron que se había vuelto loco, le dieron de comer un poco más y lo liberaron, en algún lugar de su cuidad, cerca de la Iglesia de San Cayetano abrieron la puerta del Falcon, lo hicieron bajar, le pusieron un sándwich en la mano y le dijeron chau.
Roberto ya no recordaba su nombre, sólo que era un preso político, que sus padres habían muerto odiándolo y que él no había hecho nada, nada, pero era un preso político.
Una niña de unos 11años se le acercó y le preguntó como se llamaba, él respondió: preso político. Al parecer la niña no entendió, pero en un acto de caridad ante un desvalido, propio de un alma inocente, le tomó la mano y lo llevó hasta la parroquia. El sacerdote lo recibió con un poco de desconfianza, pero no podía negarle su ayuda. También le preguntó el nombre, la respuesta fue la misma que le diera a la niña.
Dos años estuvo Roberto ayudando en la parroquia de San Cayetano, realizando tareas de limpieza y mantenimiento, a cambio de casa y comida. El sacerdote decidió ponerle por nombre Juan, recordando a su Apóstol preferido. Así el nuevo Juan empezó a hacerse querer por la comunidad parroquial. Lo trataban bien, lo querían, tenía abrigo y pan. Como si la sociedad quisiera ahora recompensar tanto daño, quizá en un intento por restaurar el Equilibrio Universal.
Clara, aunque no hablaba, recibía todo el cariño y la comprensión de sus vecinos. La acompañaban sobre todo los Domingos a la tarde, esa parte de la semana que se pone particularmente triste.
Doña Soledad, una viuda vecina de Clara, la invitó a ir a rezarle a San Cayetano, ya que su hijo no andaba bien en el trabajo y quería ayudarlo. Tomaron el colectivo y llegaron a la Iglesia, unos minutos antes de comenzar la misa. Doña Soledad fue a hablar con el sacerdote, pues se quería confesar. Clara se ubicó en un banco cerca del altar sobre el ala derecha, justo el lugar que solía ocupar Roberto, ahora Juan.
Y el destino volvió a unir esas dos almas, Roberto-Juan se ubicó al lado de Clara, la miró sin reconocerla y le sonrió como a todas las personas que asistían a la iglesia. A Clara el corazón le dio un vuelco, un nudo en su garganta no le permitía respirar, reconoció en esta persona a su querido Roberto, no daba crédito a sus ojos, pero sí a su corazón de madre. Le dio un tirón a las ropas de su compañera, para llamar su atención pero ésta no alcanzó a entender lo que quería decirle. Soledad miró a Juan, le sonrió y siguió atendiendo al Evangelio que leía el sacerdote.
A Juan le pareció cara conocida la de esa particularmente simpática señora, aunque no la había visto nunca por allí, en estos dos años. Sus miradas se volvieron a cruzar y se sonrieron otra vez.
Clara, con lágrimas en los ojos no podía creer este milagro. Entre el nudo en la garganta y el llanto a flor de ojos, pensaba en el beso que se darían, en el abrazo. Trató de recuperar la calma, y luego de más de tres años de mutismo Clara articuló sus primeras palabras:
- Roberto ¿Sos vos?
Roberto – Juan se sorprendió al principio, pero al escuchar la voz que desde niño le cantara el arrorró, se disparó dentro de su mente la memoria, que acudía presurosa, a recordarle su verdadero nombre. Roberto le respondió que sí con la cabeza.
Ambos no sabían qué hacer, si abrazarse, besarse, querían secar sus lágrimas que salían a borbotones, no podían ver. Clara exclamó ¡Roberto, hijo mío! y él respondió fuertemente ¡Mamá!.
En ese momento, el sacerdote observó la escena, sonrió con satisfacción e invitó a todos los fieles a darse fraternalmente la Paz.
Clara abrazó a su hijo y le dijo al oído, con una voz dulce y transparente:
- Que la Paz sea contigo hijo mío.
Roberto respondió:
- Que la Paz sea contigo Mamá.

Querida Mamá:

Querida Mamá:
Catamarca, Viernes 17 de Septiembre de 1999
Querida mamá:
Te escribo la presente con motivo del Día de la Madre, esperando que Vos, Papá y Graciela con todos los suyos se encuentren bien. Por aquí estamos todos bien, esperando el nuevo Bebé de Laura (lleva 8 meses) y haciendo unos gastos necesarios, ya que compramos una cocina marca Siam y se nos quemó la heladera así que compramos otra, marca Eslabón de Lujo; las dos son blancas y además justo terminamos de pagar el coche. Todo lo demás sigue como venía. Ya compramos el Moisés para el Bebé y hoy le pinto el pie que estuve preparando.
Verónica trabaja en el Casino, Abel en una estación de servicio Esso, Laura sigue en los Telecentros, Marcelo tiene dos trabajos: en el Casino y en un lavadero de autos, Cecilia estudiando igual que Lucía y Javier.
Quisiera que le hagas llegar un saludo muy especial a Graciela(5), la nueva Nonna, por el Día de la Madre, decile que la quiero mucho y que la extraño, que le mando un beso grandote. Que cuide a Julián y a las nueras. Que no sea muy “suegra”. Un afectuoso abrazo a Ángel y a los muchachos y las chicas (¿Viste que ya hay mujeres en la familia Chela(5)?). Un beso a todos de tu hermano que te quiere.
Te escribo ésta carta Mamá, como te decía, por lo del Día de la Madre, porque hoy me
levanté pensando especialmente en vos. Quería decirte que es maravilloso poder tenerte, es emocionante saber que estuve en tu panza, saber que me quisiste siempre y yo muy rebelde a tu cariño nunca te he correspondido como vos querías, pero te quiero MAMÁ...
El solo hecho de nombrar esta palabra mágica me coloca al lado tuyo aunque la distancia del terreno que nos separa diga lo contrario.
Como buen hijo soy ingrato, pero al encontrarme hoy en mi madurez como hombre, me siento aún niño y quisiera, a veces, poder correr a tus brazos y pedirte que me consueles ante mi dolor, o que compartas mi alegría.
Va a nacerte un nuevo Bisnieto, va a nacerme un nuevo Nieto, la vida pasa y continúa, pero algo de todo esto permanecerá inalterable y es que vos sos mi Mamá y como diría la canción de Pappo: “Que nadie toque a mi Vieja, porque mi Vieja es lo más grande que hay”.
Mujer naciste, querida Mamá, y Dios te ha dado la gracia de poder tener hijos y un esposo a quiénes supiste cuidar siempre. Nunca podremos ser lo suficientemente agradecidos con vos. Sabemos que la vida te fue dando el lugar para que seas, pero sabemos también que nunca, nunca te escapaste de la vida, siempre supiste ser fuerte para los contratiempos y si algo debo agradecer de todo el bien que nos hiciste y seguís haciéndonos a todos, es tu Amor por nosotros, tu Amor por Papá.
Querido Papá: Agradezco el Día en que conociste a Mamá y el día en que decidiste unirte a Ella Para toda la Vida. Creo Papá que valió la pena, ¿no te parece?.
Gracias Mamá por hacer que todos tengamos a Papá. Gracias Papá por hacer que todos tengamos a Mamá.
Mi deseo es que Dios los mantenga unidos como hasta ahora y que sigan siendo siempre Mamá y Papá.
Hace ya casi 47 años que dejaron de ser Alba y Gelindo y se convirtieron en Papá y Mamá, luego pasaron a ser La Nonna y el Nonno y ahora ya son la Bisnonna y el Bisnonno.
Pero la unión entre nosotros cuatro, Alba, Gelindo, Graciela y Armando permanecerá inalterable por el fin de los tiempos, siempre, siempre serán dos seres maravillosos que nos dieron toda su vida. Siempre serán Mamá y Papá.
Su hijo que los quiere y extraña: Armando

¿Cuál es el error?

¿Cuál es el error?

Cuando niño se me inculcó que debería poner mucho cuidado antes de hacer algo que implique cierto riesgo, así que siempre tuve una especial aprehensión antes de realizar alguna tarea que no fuera de las ya acostumbradas y que realizaba correctamente, como las ayudas a mamá atendiendo su almacén y fiambrería.
En cierta oportunidad yo insistía en haber conectado correctamente una llave para encender una luz y saltaban los fusibles cada vez que probaba. Supongo que éste y algunos otros casos parecidos habrán hecho que los mayores perdieran la confianza en mí y me lo hicieran saber, a tal punto que me transformé en un temeroso de cometer errores pues los demás (incluidos mis pares) me criticarían y por lógica sufriría.
Vivíamos en Ituzaingó, partido de Morón, en la provincia de Buenos Aires y siendo mis padres inmigrantes italianos de la década del 50 no tenía yo tíos, ni abuelos, ni primos. Pero como todo niño los necesita... pues tenía entre mis vecinos mayores a mis "tíos" .
Uno de ellos vivía exactamente al lado de mi casa y siempre me permitía entrar a su casa como si fuera la mía (me llamaba la atención si pedía permiso). Es el "Tío Moreno", tal el apodo de Andrés Domato, de profesión bancario. Él me invitó en una oportunidad a emplear un banco de trabajo, la amoladora, la morza y la perforadora que como hobbista había instalado en un cuarto al fondo de su casa, asimismo me prestaba todas sus herramientas; esto se debía a que yo había comenzado con mis estudios de nivel secundario en una escuela industrial y según suponía el tío Moreno me haría falta realizar algún trabajo para la escuela, así que ponía todo a mi disposición para que yo trabajara.
¡Nada menos que a mí! ¡A mí, que era un torpe por naturaleza!. Me sentía honrado y aún se lo agradezco, a pesar de tener ya 45 años.
Por el año 1969, aquí en Argentina a la edad de 12 años los niños comenzaban la escuela secundaria, es decir luego de la primaria de 7 años y dentro de las carreras posibles se hallaba la del Industrial, que nos capacitaba como técnicos en alguna especialidad y también nos permitía ingresar a los estudios superiores. Hoy en día me gano la vida gracias a esos estudios que me permiten mantener a mi familia, trabajando en el ámbito docente.
En las prácticas de taller, en ajuste mecánico me atrasé en la entrega de mis trabajos y la fecha límite se acercaba; no tendría tiempo para terminarlos en la escuela, así es que acudí a la oferta del tío Moreno y decidí utilizar la perforadora de banco y la broca(20) de 4mm. Recordaba que en los talleres de la escuela nos inculcaron que debíamos cuidar las brocas pues muchos alumnos las empleaban y eran de alto costo, especialmente las de acero rápido (éstas últimas yo las identificaba por ser más brillantes que las de acero al carbono).
Resolví realizar la única perforación que necesitaba, con una broca de 4mm, en una planchuela de cerca de 5mm de espesor y entonces..... ¡ocurrió el desastre!. Me encontraba perforando suavemente y le adicionaba lubricante a fin de mejorar el corte de la herramienta cuando de pronto aumenté la presión y... ¡pam!, se rompió la broca. ¿Qué podía yo hacer, sabiendo que por una torpeza mía eché todo a perder? No sólo se trataba de la rotura de la herramienta sino que además defraudaba a quien había apostado por mí y perdía todas las posibilidades de utilizar ese mini - taller, y todo lo que nunca más iba a tener...
Tales eran los agobiantes pensamientos que entonces albergaba ese niño de apenas 12 años. A su vez uno a esa edad se considera ya responsable de sus actos y por ende trata de resolver los problemas que se presentan, así es que en lugar de escaparme literalmente del asunto decidí componer la situación, esto es, reponer la broca rota y... aquí no ha pasado nada.
Fui entonces, con gran temor, hasta la ferretería de un vecino a preguntar cuál era el verdadero valor de una broca de acero rápido y así poder valorar mi situación, la que determinaría si requeriría del auxilio de mis padres o podría yo solo con esta "causa". Fue entonces cuando me di cuenta de la exageración con que los maestros de taller hablaron acerca del costo de una broca, ya que el valor no superaba los $2 (equivalente a unos 2 dólares), cifra realmente insignificante dada la "magnitud de la tragedia". Me di cuenta que yo solo podría enfrentar fácilmente la situación. Compré la broca y la repuse tomando la precaución de retirar los restos de la anterior y supuse que si no volvía trabajar por un tiempo nadie se daría cuenta de la barbaridad laboral que había cometido. Ya vería cómo entregar el trabajo en término.
Pasaron unos días y el tío Moreno me vio en la calle y me dijo: " Decime Armando, ¿a vos no se te rompió una mecha de 4mm"?. Mi primera respuesta fue ponerme blanco del miedo que tenía, pero respondí que sí y que me perdonara, que ya nunca iba a volver a trabajar en su mini-taller y que nunca más cometería ningún error parecido y que todas mis excusas eran pocas, pero en realidad la situación me había superado y etc., etc., etc. De todas maneras le pedí que me indicara cómo se dio cuenta de lo sucedido, a lo cuál respondió que fue a realizar un trabajo con la mencionada broca y notó que era nueva y como yo era el único que había trabajado en su taller, bueno... la deducción lógica...
A continuación me interrogó de esta forma: ¿sabés por qué se te rompió la mecha? ¿sabés qué fue realmente lo que ocurrió?. Le dije que sí, que era un tonto y un bruto y por no saber manejar correctamente las herramientas se rompió la broca y que además era un estúpido que nunca me doy cuenta de nada y que nunca podría hacer nada bien y no sé cuántos insultos me proferí a mí mismo. Ante esta situación me respondió: "No es verdad que seas un tonto y todo eso que has dicho. Lo que ocurrió fue que estabas trabajando y las herramientas se les rompen a las personas que trabajan. A los que no hacen nada no se les rompe ninguna herramienta. “Quédate tranquilo”, agregó, “puedes ir a trabajar a mi casa cuantas veces necesites y ya sabes que la próxima vez que te ocurra algo solo te pido que me lo hagas saber, así le buscamos la solución juntos.
Y presté más atención a esa frase que dice " El que no trabaja, no comete errores y ese, es su mayor error".
A partir de allí comencé mi carrera de no temer ante los acontecimientos de la vida cotidiana, claro que no fue fácil pero en ello estamos.
Hoy vivo con mi esposa, tres de nuestros 5 hijos y un nieto, en nuestra casa de Valle Viejo en la provincia de Catamarca. Luchamos y tratamos de ser felices, sin detenernos, sin dar lugar a los miedos, pues hemos aprendido que los miedos nos paralizan.

Para uno, para todos

Para uno, para todos
Catamarca, 14 de octubre de 2000

Querido soldado de Malvinas:
Te escribo la presente esperando te encuentres bien, al igual que yo.
Se que no me conoces y quizá no tengas oportunidad de hacerlo. De todas formas a ti sí te conozco, soldado desconocido de Malvinas, soldado conocido que a pesar de tus 18 años y sin experiencia militar alguna dijiste ¡Si! a la libertad de tu Patria, la misma que hoy y ayer compartimos.
Porque se te pidió un grito de coraje, se te pidió un acto de arrojo, o muchos actos de voluntad, de valentía. Se te pidió, se te obligó a que demostraras ser hombre y no te hiciste rogar ni esperar.
Nadie le mezquinó a esta tierra, nadie se ocultó, nadie le dijo ¡No!. Nadie, del común de las personas se negó. Todas las madres se desprendieron de sus hijos, que los militares de turno convocaban nada menos que al frente de batalla. Que los militares de turno convocaban a la muerte y enviaban a nuestros chicos de Malvinas a morir.
Queda la duda de si fue para defender nuestra Patria o los mezquinos intereses de algunos poderosos. ¿Me queda la duda? o tengo la certeza de lo ocurrido.
“¿Adónde te llevarán hijo mío? ” Se escuchaba en una casa de Morón. “¿Dónde te llevarán hijo mío?” Se escuchaba en una casa de Dean Funes, en una de Olta, en una de La Banda, en una de Gral. Pico, de Río Cuarto, de Rawson, de Ushuaia, de Andalgalá, de Luján, de
Clorinda, de Resistencia, de Posadas, de Ituzaingó y en cuanto rincón tuvieran las Madres Argentinas un hijo para dar a la Patria, un hijo para el frente de batalla, un hijo para que sea carne de metralla y en todos esos lugares la respuesta fue la misma: “¡Voy a defender mi país!. ¡Quedate tranquila Vieja, voy a estar bien!”.
Y por último contacto el beso en la frente que el niño, ahora hombre, daba a su madre, como un símbolo de protección que él otorgaba a quien hasta recién lo amparaba.
“¡Chau Vieja! ¡Te quiero un montón!”. Se escuchaba en todos los rincones de nuestro territorio.
Y partiste hacia el sur, cargado de ilusiones, de temores, de sabores raros en tu boca, de ganas de ganar esta guerra y que por inútil, estúpida y sin justificación que fuera, tú ibas a lucharla.
Lo que no imaginaste ni por un momento fue que te tocaría pasar frío, sed y hambre en esas islas tan inhóspitas, nada menos que a mediados del otoño. Creíste que te vestirían con las ropas militares del ejército, con uniforme de batalla, pero nunca pudiste prever que esos vaqueros comunes o de marca serían tus únicos pantalones, que la camisa que te planchó la vieja y los pulloveres que ella tejió o te compró serían tu único abrigo, que tendrías que ponerte varias medias juntas. Todas ropas de tu casa, que tu viejo compró. Nunca pensaste que a pocos metros de las bases argentinas pasarías necesidades elementales, como que te faltara agua o comida, nunca lo pensaste.
No podías creer cuando te contaron que tus conciudadanos enviaban cigarrillos y chocolates, alimentos de todo tipo para tratar de aliviarles el trago amargo, no podías creerlo porque nunca llegaron.
Y vos que fumabas, tuviste que darle al teniente la medallita de la comunión a cambio de dos paquetes de cigarrillos, que a su vez compartiste con tus compañeros de lucha, pues no tenían nada que canjear.
El paso del tiempo allí en Malvinas te demostró quiénes eran los verdaderos valientes, que el coraje y el valor de defender a tu país lo llevabas vos y no quienes te hicieron llegar hasta allí; quizá porque eso se necesitaba y las autoridades no lo tenían. En fin: alguien tenía que morir por la Patria y ese alguien eras tú.

Viste a muchos compañeros tuyos que quedaron en esas desoladas tierras, algunos amigos, otros conocidos y todos compañeros de esa etapa tan importante en tu vida.
Volviste, por eso puedes
leer esta carta, volviste y no puedes creer, aún te asombra que finalizada la última batalla, se acabaron las muertes. Te sorprendió que los milicos ingleses, profesionales de la guerra te llamaran “bambino”, es decir niño en italiano. Y siendo prisionero recibiste comida caliente y fuiste encerrado en la bodega de un barco. Te sorprendió que te trataran con corrección, mejor que tus jefes, a pesar de ser tus enemigos.
Recuerdas a tu compañero que no entregó la bandera, que cuando vieron que los atraparían se vistió con ella, a modo de ropa interior, dispuesto a jugarse si lo descubrían. Ese muchacho, otro soldado desconocido como vos, te dijo que lo último que haría sería entregar su bandera, nuestra bandera y que antes deberían pasar sobre su cadáver y aún después de muerto no la entregaría pues si su alma se desprendía del cuerpo, también lo haría el alma de la bandera, el alma de su país. Que no interesaba morir por ella, lo importante es que ella no muriera. Después de todo él tenía un cuerpo que podían arrebatárselo y la bandera entregaría un trozo de género coloreado, pero nunca, nunca entregarían sus almas.
El abrazo que le diste y las lágrimas que escaparon de tus ojos en ese momento, dejaron perplejo al guardia que los vigilaba.
¿Y el chico de Monte Kent, que lo dieron por muerto?. El vivía en Bulogne, en el gran Bs. As. Vos tuviste que cargar el carromato con tus compañeros muertos luego de la batalla, pero no mirabas los rostros, no podías, no querías reconocer a nadie, todos estaban muertos aseguraba el enfermero que pasaba antes que vos. No mirabas los rostros pero algo te dijo que al chico de Boulogne lo mires, casi como un acto reflejo, y al verle la cara te pareció que sonreía, lo volviste a mirar y la sonrisa cambió de forma. Movía el rostro y supusiste que no se trataba de un acto reflejo post-mortem, estabas seguro de que vivía. Llamaste a tu superior y te dijo: “¡Déjese de pavadas, soldado!. Pero vos porfiaste, te sacaste la manta que te cubría y lo tapaste. Fue tanta tu insistencia que otros chicos te ayudaron y comprobaron tu sospecha; así es que tu compañero fue, con un balazo en la cabeza, al hospital de campaña, de allí al del continente y luego al de Bs.As.
El general B. paseaba por el hospital para saludar a los heridos, para que le cuenten sus experiencias y para que los chicos-soldados crean que los acompañaban desde el alto poder de La Patria.
Te reías cuando te contó el chico de Boulogne que el general B. se le acercó e interesado por su salud le preguntó: “¿Y a Ud. soldado, qué le pasó?”. A lo cual le respondió: “¿Y a Uds. gral., qué les pasó?”.
En fin, historias que tu conoces desde adentro y a las que yo refiero queriendo hacerte llegar de alguna forma este
reconocimiento, aún después de 19 años. Que no pienses que fuiste olvidado.
Pretendo que estas líneas sirvan como reconocimiento de un ciudadano común y sin poder a otro ciudadano común que demostró ser poderoso.





Gracias

¡Gracias a los chicos!

¡Gracias a los chicos!



Enero de 1984, eran las 15 Hs y transcurría una bella jornada de Domingo, con Sol y un cielo totalmente despejado.
Decidí entonces que la conexión de los cables no podía esperar más, ya que resultaba incómodo encender el foco cada vez que uno ingresaba a la vivienda, teniendo que atravesar toda la sala; por otro lado el tipo de conexión estaba previsto en el diseño y yo me ganaba parte de la vida como electricista..., en fin no tenía excusas válidas y sí una necesidad.
Tomé mis herramientas (alicate, destornillador, cinta aisladora, pinza y cinta pasacables), desconecté la energía y comencé a desarmar los dos artefactos portalámparas que necesitaba, además de los dos interruptores.
Revisando las conexiones ya hechas y verificando que todos los cables tenían el mismo color, me costó trabajo saber cuál debía ser cortado, cuál añadido y a cuál agregarle un nuevo cable conductor. Esto me obligó a conectar y desconectar en varias oportunidades la energía y no teniendo ningún elemento que me avise cuándo había corriente, no advertí que iba directo a meter mis dedos en una caja de tomacorrientes que tenía, allí esperándome, nada menos que a 220 Voltios.
Esa tarde apacible del Gran Buenos Aires, tranquila y sin viento, de calor... mis cinco hijos (¡Los chicos!) se hallaban jugando en el parque de la casa, mi esposa Margarita (por ese entonces la llamábamos Beba) decidió tomar una ducha y yo comencé la tarea que les refiero; mientras mi vecino Juan Carlos, dos años mayor que yo, realizaba un trabajo en su hogar, alambrado por medio.
Nacido en 1956, pensé que ese sería mi último año en esta tierra, de no haber sido por... ¡Los chicos!.
Así es que con la energía conectada e ignorante de ello me dirigí directamente a ese tomacorrientes que me aguardaba con sus 220 voltios, rebosantes de salud y dispuestos a atravesar mi cuerpo..... Brrrr... Brrrr..., su sólo recuerdo aún me hace temblar.
Destapé la caja del tomacorrientes, lo hice a un lado e introduje mi dedo meñique derecho a fin de retirar unas basuritas que suelen acumularse en estos lugares , todo absolutamente normal hasta que, por no estar prevenido, toco con la parte media del dedo, del lado de la palma, el tornillo del tomacorrientes que tenía conectado el polo vivo. Me encontraba arrodillado, con pantalones cortos y hojotas, es decir sin aislación... y allí fueron los 220.
Sabido es que la corriente eléctrica provoca la contracción muscular, por lo que siempre se recomienda tocar los artefactos eléctricos con el dorso de la mano, pues así no podrá contraerse y asirse al elemento con energía.
Anteriormente he recibido varias descargas eléctricas, pero siempre daba un tirón y me desconectaba; cuando ocurría esto decía: ya se va, ya se va y agitando la mano lograba zafar. Pero en esta oportunidad las cosas no fueron así, yo decía: ya se va, ya se va y no se iba. Deduje entonces que si no lograba desconectarme iba a morir allí y, lejos estuve de preocuparme por mi vida en sí, no tenía ningún temor, sólo atiné a pensar en que los chicos quedarían sin padre y por ende...
En ese magno momento solo vi la necesidad de que a ellos no les falte un padre y pensé: ¡Y los Chicos!. Obviamente la situación no era del tipo poética precisamente, sino que debía resolverse de inmediato, así que instintivamente giré sobre el pie derecho y me impulsé hacia delante, cargando con mis entonces ochenta y tantos kilos sobre el dedo mayor del pié derecho, y logré, no desconectarme, sino arrancar los cables y parte de la cañería (tal era la contracción muscular), dando fin a la situación.
La nota de humor en todo esto estuvo dada por que en el momento difícil, instintivamente emití un grito que Margarita jamás olvidará (según sus dichos) y que obviamente oyó desde la ducha, tras lo cual salió tal cual Dios la trajo al mundo. No fue la única en escuchar el grito, también lo hizo Juan Carlos, mi vecino, quien abandonó de inmediato lo que estaba haciendo y corrió los 40m de alambrado que nos separaban. Mientras yo me reponía, arrodillado en el piso le grité a mi esposa: ¡Beba... metete al baño que viene Juan Carlos!
Cada vez que recuerdo lo vivido en esa oportunidad, pienso que fueron mis hijos los que me salvaron... ¡Los Chicos!

Julio

Julio


A veces lo miro pasar y me recuerda cuando yo tenía su edad, unos treinta años, más o menos.
Con su negro cabello corto, no siempre peinado, sin ninguna cana aún y esa tez apenas morena, camina por la vereda de la plaza con dos de sus tres hijos que lo ven como un hombre alto, aunque no supera el metro sesenta y cinco, en su bien proporcionado cuerpo.
Su rostro refleja hombría de bien. Es una de esas personas que desean estar allí donde uno lo necesita y sufre porque sus ocupaciones de padre y esposo no le permiten llegar a todos lados.
A veces se deprime, otras se halla agobiado frente a los compromisos que uno debe afrontar. Veo en él cómo a veces duele ser hombre y uno busca cobijo. Pero su único lugar está allí donde él debe cobijar a los demás.
Duele ser Hombre, duele hacerse Hombre. Pero no en vano dicen que a fuerza de golpes...
Tiene nombre de poderoso y quizá su poder íntimo lo exprese a través del arte que Dios puso en sus manos. Refleja claridad para plasmar aquello que ha imaginado o sentido, es capaz de ir directamente al grano.
Puede decirse que es un hombre honrado, que lucha a brazo partido contra su propia imperfección, siendo para muchos un ejemplo de sentimientos nobles puestos sobre la mesa a la hora de tirar los dados.
La fuerza de sus músculos no son más que el reflejo de su permanente ejercitación interior por salir adelante.
Quizá por sus muchas virtudes y sus pocos defectos, quizá por su lucha en la cual veo la mía también. ¿Quién sabe por cuál quizá?, me gusta que nos hayamos conocido.

Ayer te vi, hoy sigues aquí

Ayer te vi, hoy sigues aquí

Se acerca el mozo y le pido un café. Aquí estoy, sentado en la mesa de este bar, que me permite ver hacia fuera ese conjunto de imágenes se posan instante tras instante en su vidriera, como una ventana omnipotente.
Desde este pequeño rincón se puede ver a la gente pasar, se pueden apreciar sentimientos, se pueden “ver” ojos felices, rostros demacrados por el agobio o por las enfermedades. Solo es necesario que nos pongamos a observar con detenimiento, ningún detalle escapará.
Allí se acerca a la ventana del bar, subiendo, maletín de cuero en mano, anteojos con bordes metálicos y lentes fotocromáticos que la luz del casi mediodía han oscurecido.
Allí se acerca a la ventana del bar, subiendo. Su altura le cae bien en ese rostro un tanto cuadrado, dándole un toque de intelectualidad en un cuerpo proporcionado. Piernas acorde a la altura enfundadas en un pantalón negro y completando el traje un saco de solapas anchas sobre una camisa blanca abierta y poblada de bordados que a la distancia cuestan definir.
Cambia de mano el maletín, agacha levemente la cabeza, sin querer el largo lacio pelo que la adorna cae sobre el rostro, se quita los anteojos y en un gesto característico de las mujeres obliga al cabello a retornar a su lugar. Fue en ese instante en que nuestras miradas se cruzaron y allí pude ver el oscuro marrón de sus grandes ojos, reflejando sorpresa, quizá por sentirse observada por alguien.
Se ve en ella a una persona joven, dinámica y con empuje. Sin duda es inteligente y lo que aún no dije: bella.
Su andar permite ver que pisa fuertemente con los talones, como dejando impronta en todos sus pasos, impidiendo pasar desapercibida. Nadie puede ignorar su presencia. El breve lapso que me permitió verla quizá no se repita, sin duda, mayor será el que dure su recuerdo.

Para la pequeña

Para La Pequeña

Se detuvo un momento a mirar por encima de su hombro, escoba en mano, a la otra habitación y vio a su hija esforzándose en un nuevo intento por obtener algo melodioso de aquél veterano y un tanto derruido instrumento musical: el piano del abuelo.
Recordaba aún el día de su nacimiento, no fue un parto difícil, pero esas ansias de conocerla, de estrecharla en su pecho y verla, mirarla.... No cabía en sí misma de la emoción de que un ser, otro ser, partiera de sí. Ella que nunca pensó ser tan importante como para que Dios se ocupara de hacerla mamá.
Pero después de ocho años de aquél increíble momento, la seguía mirando sin creer aún que sea hija suya. Ese sentimiento, por momentos contradictorio no la eximía del sentido responsable de la educación de su niña.
La pequeña alzó la vista y la mirada se cruzó con la de su mamá, automáticamente ambas se sonrieron como una señal de ese pacto no escrito que hay entre dos seres unidos, más que por lazos de sangre, por lazos de amor.
Al ver la sonrisa de su mamá sintió amor por esa mujer joven que hacía mucho más de lo que se podía con sus escasos recursos económicos y sabía que no debía exigirle, pero ella amaba el piano y sus sonidos perfectos, entonces intentaba una y otra vez coordinar su oído con sus manos. Quería paladear el placer de escuchar el piano y ser su ejecutora.
¾ “¡Ay querida!, ya te dije que no perdieras más el tiempo queriendo sacar algo de ese pobre piano. No solo ya es viejo y un tanto desafinado sino que no sabemos quién podrá darte un buen ejercicio musical para que le tomes el gusto a sentarte frente a él. Ven ahora y ayúdame en las tareas de la casa”.
Mientras la niña secaba los platos le comentaba a su madre:
¾ “¿Sabes que ocurre? Veo a otros chicos que tocan tan bien el piano y los que todos admiran..., en cambio yo, por más que intento e intento no logro nada bueno. Solo consigo molestar con mis sonidos disonantes y la falta de armonía al unir las notas musicales. En fin, más que música parece ruido, ¿No mami?. Tendré que dedicarme a otra cosa y abandonar este sueño, pero es que me gusta tanto, me siento feliz, como flotando en el aire cada vez que alguien interpreta bien algún tema, especialmente en piano. Imagino si fuera yo la que lo lograra. No sé si me entiendes. Cosas que se me meten en la cabeza, pero ya se me va a pasar”.
Las dos se pusieron a reír.
Pero la franqueza, la fuerza con que la niña hablaba del tema y sus permanentes esfuerzos, hicieron que la mamá tomara la decisión de hacer reparar y afinar el piano y que su pequeña tomara clases , para que ese anhelo no formara parte de la interminable lista de sueños frustrados de la humanidad. La cosa era cómo... pero siempre hay una salida, pensó.
Y así, mágicamente, consiguió trabajo extra, ya que una comerciante de la zona le pidió que cocinara tortas y pasteles para vender en su negocio.
Comenzó a cocinar lo que le solicitaban con la firme intención de que el dinero recaudado fuera para la reparación y afinado del piano. Luego si la tarea seguía en marcha podría pagar las clases de la niña.
Llegó a reunir lo suficiente para que el piano fuera reparado y afinado. El técnico que lo atendió le habló de las bondades de un instrumento semejante y le recomendó que lo cuidaran.
Antes de comenzar con las clases, la niña saltaba de contenta. Pero la señora que les compraba las tortas enfermó y tuvo que cerrar su comercio.
Esto no tiró atrás el empeño de la mamá en lograr las clases de piano para su hija. Así que tomó coraje, decidió ir a ver a ese músico que vivía cerca de allí, plantearle su dificultad económica y su resolución de no perder más el tiempo esperando la oportunidad de tener dinero suficiente, temía que su hija abandonara ese sueño pensando en las dificultades que le ocasiona.
El músico, un tanto huraño en el trato, comprendió los sentimientos de la niña y se ofreció a ayudarla en lo que estuviera a su alcance, pero no garantizaba nada pues no sabía qué iba a hacer, tenía múltiples ocupaciones y el tiempo no le era suficiente.
Luego de unos días apareció el músico por la casa de la niña, pidió permiso y se sentó al piano. Tocó la nota Mi, hizo un gesto de admiración y comenzó a componer un tema musical, dejaba de tocar y anotaba en un papel, tocaba otro poco y anotaba. Finalmente escribió e interpretó toda la obra, se levantó bruscamente, dando por terminada su tarea. Saludó y salió de la casa.
La niña corrió a la calle y tirando de sus ropas le dijo:
¾ ¡Gracias, señor! Es muy bella la canción que preparó para mí, me sentiré más segura frente piano.
Como no escuchaba muy bien, el músico se agachó, entonces la pequeña y frágil niña, abrazó el cuello del gran compositor y le dio un sonoro beso en la mejilla, que por un momento lo sorprendió, pues no estaba acostumbrado a recibir afecto.
El hombre, de alborotada cabellera, un tanto desconcertado se levantó e interrogó a la niña:
¾ ¿Cómo te llamas?
¾ Elisa, señor, Elisa - Respondió poniendo sus manos como bocina
Encantado Elisa... encantado, mi nombre es Ludwig.

Haikus

HAIKUS (desordenados)


Trinos anuncian ¡Corre, agua fresca!
El Sol despunta ya ¡Serpentea ya tu fin!
Árboles cantan ¡Llévale vida!


Ellos los pájaros Nieves eternas
Anidan amorosos Descansan sobre tí
Cantan en paz Cima del mundo


Sonoras tañen Alegran hoy
Campanas mensajeras Alegraron ayer
Yendo y viniendo ¿Alegrarán?


Tañen a duelo Cuencos vacíos
¡Oh!, si el dolor acecha, Imagen fantasmal
Ellas lo dicen Lúgubre llama


Te miro y entiendo Solas están
Tu bello nombre, mágico Dulces damas nocturnas
Planeta azul ¡Oh! flores bellas


Rayos de Sol Ramas floridas
Iluminan el todo Perfumando la noche
Llegan candentes Dulce mi sueño


Peculiar eres Llena el silencio
Bella dama cobriza el canto de coyuyos
Negro azabache siesta y verano


Tu luz impacta Verde y rosado
Afrodita marina desde el cerro admiro
la noche oscura Flores, Lapachos


Hebras plateadas Bellos colores
Son flores otoñales Amanecer florido
Te adornan, dulce Anoche, sombras


Sintiendo luces Blanco rosal
Admirando sabores Me ofreces una flor
Colores, sombras Bello atardecer


Dulces azahares ¡Ah! Generosa
Olor a primavera Tu mágico amparo
Estela blanca Ingrato soy





1/2
A ti me acerco Te siento libre
Aspiro tus aromas Con un caminar grácil
Rosal plateado Joven muchacha




Estilizada Aromas dulces
Cuentas pocos años Perfume sin igual
¡Ah! La Juventud Pampa, sol y alba


Flor en naranjos
Perfuman los azahares
Camino blanco

Haikus

HAIKUS (desordenados)


Trinos anuncian ¡Corre, agua fresca!
El Sol despunta ya ¡Serpentea ya tu fin!
Árboles cantan ¡Llévale vida!


Ellos los pájaros Nieves eternas
Anidan amorosos Descansan sobre tí
Cantan en paz Cima del mundo


Sonoras tañen Alegran hoy
Campanas mensajeras Alegraron ayer
Yendo y viniendo ¿Alegrarán?


Tañen a duelo Cuencos vacíos
¡Oh!, si el dolor acecha, Imagen fantasmal
Ellas lo dicen Lúgubre llama


Te miro y entiendo Solas están
Tu bello nombre, mágico Dulces damas nocturnas
Planeta azul ¡Oh! flores bellas


Rayos de Sol Ramas floridas
Iluminan el todo Perfumando la noche
Llegan candentes Dulce mi sueño


Peculiar eres Llena el silencio
Bella dama cobriza el canto de coyuyos
Negro azabache siesta y verano


Tu luz impacta Verde y rosado
Afrodita marina desde el cerro admiro
la noche oscura Flores, Lapachos


Hebras plateadas Bellos colores
Son flores otoñales Amanecer florido
Te adornan, dulce Anoche, sombras


Sintiendo luces Blanco rosal
Admirando sabores Me ofreces una flor
Colores, sombras Bello atardecer


Dulces azahares ¡Ah! Generosa
Olor a primavera Tu mágico amparo
Estela blanca Ingrato soy





1/2
A ti me acerco Te siento libre
Aspiro tus aromas Con un caminar grácil
Rosal plateado Joven muchacha




Estilizada Aromas dulces
Cuentas pocos años Perfume sin igual
¡Ah! La Juventud Pampa, sol y alba


Flor en naranjos
Perfuman los azahares
Camino blanco

Vienes al mundo

Vienes al Mundo


En circunstancias especiales
La Divinidad decide,
Nos designó tus actuales padres
Y en su libro nos inscribe


No podemos renunciar a tal decisión
Con letra grande en el libro figura
Papá y Mamá son la ecuación
De esta novel partitura


En tu vida anterior elegiste
Dónde continuar tu obra
Con un nuevo cuerpo te envolviste
Y te presentas en este ahora


Nos sorprende la proposición
Que no queremos rechazar
Te traeremos, será nuestra acciónY ayudaremos a tu obra continuar.

LLegaste

Llegaste


Tu belleza es inmaculada
Has nacido hoy, más antes: ¿dónde estabas?
Quizá en otro planeta, con otra figura
Quizá esperando el llamado actual de natura
Aguardando o gestando con tu acción
La causa que te trajo como bendición.


Luego de un largo caminar
Decidiste por fin un nuevo lugar
Elegiste dónde volver a nacer
Con quiénes poderte desenvolver
En esta continua evolución
Honrados estamos por tu elección.


Alta responsabilidad nos encargaron
Quienes a nuestras manos te entregaron
Hacer de ti un buen ser humano
Desde tan pequeño, que cabes en mi mano
Eres un suave y tierno bebé... llorarás
Más el pecho de Mamá te alimentará


Aquí en casa te cuidaremos
Tus necesidades cubriremos
Que Dios nos de vida
Para acompañarte en esta ida
Arribaste a nuestro hogar,Aquí tienes un lugar.

Tierra, mi hogar

Tierra, mi Hogar


Para calmar mis dolores
Tienes todos los elementos
Para la cura de mis sinsabores
Y eliminar mis sufrimientos


¿Por qué tan necio he sido
Y no he aprovechado
A tu lado crecido
Vivir el bien esperado?


Buscando ser rico
No tuve miramientos
Hasta alterar tus ciclos
Con mis oscuros pensamientos


Creyendo encontrar la felicidad
Tus secretos intento develar
¿Quién el derecho me da
De a tus entrañas arribar?


Como Madre que eres
Alimentas mi esperanza
Sabes qué debesPuedo ser feliz con tu enseñanza

Mi planeta azul

Mi planeta azul


¡Ay, Tierra querida!
¿Quién cuidará de ti?
¿Quién como a mí me cuidas?
¡Ay! Tierra querida


Tus árboles mato,
Digo que para mi confort
Tu piel arrebato,
Por metales de brillante fulgor


Veo lo que te hice, Tierra
Veo lo que aún te hago
¿Que podré ahora hacer , Bella?
¡La bola ya se ha lanzado!


Advertir a las generaciones futuras
Para frenar el impulso
¿Quién escuchará mi locura?
Vivimos todos de tu pulso


Tierra, que ya has de gritar
Que no te toquen más
¡Basta ya de humillaciones!¡Basta ya de aceptar vejaciones!

Cuando dije...

CUANDO DIJE...


Cuando dije que quería verte
en realidad quería tenerte
tomar tus manos y ayudarte a cruzar
el arroyo, ese que llega a la mar
y así deslizar mi calor
a tus palmas y a tu corazón.


Cuando dije que quería verte
en realidad quería tenerte
Por un momento disfrutar
de tu suave aroma, de tu palpitar.
Aspirar tu alrededor, contener el aliento
no perder este, mi alimento.


Cuando dije que quería verte
en realidad quería tenerte
Dejar atrás otros pensamientos
abstraerme de mis sentimientos
solo disfrutar esta experiencia
en que mi alma yace sin defensa.


Cuando dije que quería verte
en realidad quería tenerte
Oír tu cándida voz, arrobarme
Con tus cánticos, enamorarme
¡Ah!, si pudiera no dejarte partirretenerte... para no morir.

Yo, tu tester

YO, TU TESTER

Aquí estamos, frente a frente, tu y yo, tu tester, y la consigna es que escribas lo que siento.
Porque no importa si hoy no me empleas para trabajar, sé que me tienes cariño y por ese sentimiento es que aún estoy contigo... funciono, si me lo permites, eres mi dueño y no estoy roto.
Sé que mis formas regulares y mis colores llamaron siempre tu atención, especialmente el día en que me viste en la vidriera del negocio.
Contentos llegamos a casa, para mostrarme, primero a Margarita y luego a los chicos, y contar que por fin podías tener un tester.
Fue tu anhelo poseer a alguno de nosotros desde que el Tío Diego te mostró el suyo y hoy tengo yo ese privilegio.
Fue a Javier, tu hijo, al primero que le enseñaste cómo emplearme, cómo tratarme y qué características tengo.
Pasé al estante de tu taller el día en que se me cortó un cable y debías reponer mi batería. En ese entonces, tu cuñado Juan José, le obsequia a Javier un colega mío, con otra tecnología, digital, y sé que no por desprecio, sino por comodidad, lo empezaste a utilizar.
Paso mis días viéndote desde mi estante, mirando cómo trabajas y siempre que logro que tus ojos se posen en mí, te pido, te recuerdo, lo que necesito de ti para volver a servir.





Tester: Instrumento de medición electrónico, conocido también como multímetro.

Despedida

DESPEDIDA


Querido Amigo:
Te escribo esta carta, aunque ya sabemos los dos que será la última que te escriba, pues estás por partir.
Ya me has contado que al enterarte, comenzaste a hacer revisión, a mirar en forma retrospectiva. Que has logrado dibujar en tu mente el mapa de la corta vida que has llevado hasta ahora. Sabes que tus próximos pasos serán pocos.
Recuerdo la imagen de tu mamá, cuchillo en mano, untando dulce en el pan que nos serviría como merienda, junto con la taza de chocolate que aún hoy sigo saboreando. ¡Qué estampa de vida familiar y de amigos!, niños todavía. Creo que allí nació nuestra amistad.
Fue por el libro de Rosita que empezamos a pelear aquel día, la única vez, y en medio de la lucha comenzamos a reírnos. ¿Por el libro o por Rosita?. Creo que nunca revelaremos este secreto.
Quisiera detener esta despedida, para que deje de ser tal, Amigo.
¿Qué potestad pudiera tener en mis manos?. Salvo hablar con Dios, que me deje ser instrumento para que este final, previsto ya, cambie de curso.
Quizá logres romper esta cadena, la que te tiene atado al mundo. Quizá logres la libertad, esa que nos motivaba en nuestra temprana juventud. O quizá logres, tal es mi anhelo, que volvamos a jugar como niños otra vez.
¡No quiero que te vayas, Amigo!. No sé por qué. Si es porque temo quedarme solo o por que te envidio.
Pegaré una estampilla en el sobre, para que reavive el recuerdo de esta ciudad, la que tanto te gusta, la que llevas grabada en tu retina.
No te aflijas por tu mamá, ella está bien y yo la cuidaré, le ayudaré con sus cosas. Además está ese dinero que ahorraste cuando trabajábamos juntos, hasta tu accidente. Sabes que la quiero mucho.
Nunca pensé en decir estas palabras pero..... No puedo dejar de expresarte mis sentimientos. Aquí la vida continúa, las cartas están echadas sobre la mesa. Debes partir y debes hacerlo con tranquilidad, hermano. Una parte de mi corazón irá contigo, otra me acompañará hasta que tú me hagas llamar.
Necio soy al decirte que nos cuidaremos en este mundo. No me doy cuenta que tú serás el que nos ampare, pues llegarás antes y más cerca de Dios que nosotros.
Beberás la miel, dulces serán tus días.
Te cuidarán luego que zarpes. No más dolor ni angustias, tendrás alivio en tu conciencia, beberás la más pura de las aguas y podrás aliviar el dolor de tus heridas.
Ya no lidiarás más con trapos, para limpiar vidrios. No más armarios que ordenar ni sillas que reparar, ni puertas que cerrar. Ya no irás a rezarle a la Virgen, pues con ella estarás. Ya no más mirar la hora en el reloj, ya no más limpiar el piso del café.
Todo para tí será de maravillosos colores: Azul... rosa... verde..., que podrás ver con su verdadera belleza.
Hermano, amigo, ya no me queda más por decirte en esta breve despedida, que no podrás leer, pero sin duda motivará en ti estas palabras:
Gracias Mamá por leerme la carta de Juan.




Tu amigo Juan

Carlos y Tú

CARLOS Y TÚ

Te vio una vez, a bordo del colectivo
ese que siempre tomaba, volviendo.
Oyó tu voz al hablar con el chofer
y ya no pudo dormir nunca más
pocas palabras dijiste, pero tu voz...
¡Ay esa voz!
incomparable sonido que lo enamoró

Imaginó un futuro lleno de sones
destacó entre ellos el tuyo propio
Imaginó tu palabras susurrando en su oído
solo hablando de amor, vibración hermosa

Te siguió con la mirada, registrando dónde bajabas
No perdió de tí detalle, ni la hora ni el día
Más él no sabía, cómo hallarte, cómo acercarse
Viajó durante años en el mismo colectivo
A distintos horarios, con tal de ubicarte.
Más tuvo por fin que convencerse
de su triste realidad, no te podría encontrar.
Ya Carlos se cansa de andar en colectivoSin embargo... insiste.

Gente y soledad

GENTE Y SOLEDAD

Siento la soledad, este peso de estar solo
no es aburrimiento, es dolor
dolor por no tener ese brazo donde apoyarme
dolor por no tener ese hombro donde enjugar unas lágrimas.
Desazón, desamparo.

Miro a mi alrededor... nadie
Miro más allá... nadie
¡Cuánto dolor!
mi espalda ya se dobla
bajo el peso que me agobia


Miro y busco, no veo a nadie
Aunque la calle está llena de gente
miro y no veo a nadie.

Nieto y abuelos

NIETO Y ABUELOS

Te veo con tu alegría de niño corriendo por el parque entre pequeñas estatuas: Un hongo, una gallina con sus pollitos, y hasta un soldado Alpino, ese te resulta gigante, todos de cemento.
Te veo con tu alegría de niño corriendo entre las cosas de los abuelos.
Pinturas en las paredes, el cantero de piedra lleno de las flores que puso la Nonna.
Veo tu alegría de niño, disfrutando del césped cortito, de la mesa de jardín, del piso de la casa encerado, del dulce aroma de la merienda, de las caricias del Nonno.
Veo tu alegría de niño, tu alegría de nieto y te pregunto ...
Tu respuesta no se hace esperar:
¡Es que la casa de los abuelos es encantadora! ¿No te parece?

La cita

LA CITA

Te espero en esta plaza, la misma de todas nuestras citas.
Te espero en este banco blanco, el mismo de todas nuestras citas.
Hace ya tanto que no te veo
Hace ya tanto que te espero
No sé qué te diré cuando te vea, ¡hola! quizás
No sé qué te diré cuando te vea

Ya estás llegando, veo tu figura
Pareces más alta que hace cinco años
Te acercas. ¡ Esperaba tanto este momento!
Se atropellan mis palabras queriendo salir al unísono
Se ordenan y algo coordino a modo de saludo
¡Estás muy hermosa con ese sombrero!
Y tu ¡gracias! se funde en este beso tantos años esperado.
Tu ¡gracias! se funde en este beso añorado.

El mar por la mañana

EL MAR POR LA MAÑANA

Despierto, es un tranquilo amanecer, el Sol se recorta en el horizonte.
Despiertan los pájaros, todo toma un tono vital
¡Amanece!. El Alba anuncia la llegada de un nuevo ciclo
El mar ruge con vitalidad floreciente
Despierto
Amo esto que me pasa, el nacimiento del día junto a la inmensidad.
Me gusta el mar por la mañana.

Mujer que esperas

MUJER QUE ESPERAS


Con tu dulce espera comienza
un nuevo ciclo de vida y amor
con tu dulce espera avanza
la demoledora fuerza que vence al temor


Cuando estamos apesadumbrados y faltos de vigor apareces tú, con tu vientre pujante
cuando solo pensamos que todo es oscuro y sin color trayendo luz a nuestro rincón, a nuestra constante

Fe en Dios nos da tu actitud amorosa
Esperanza de una vida llena de Paz
Gracias Mujer por ser tan dadivosa
Gracias por este ejemplo que nos das

Una misión en La Tierra

UNA MISIÓN EN LA TIERRA


Me dijeron un día, que no por casualidad estábamos
que a este mundo por amor nos asomábamos
que el hombre no debe morir sin saber
qué motiva su paso, su vivir aquí, su deber
¿Qué misión misteriosa rodea la existencia?
Amores y dolores, tienen aquí residencia.


Como hijos comenzamos, somos casi nada
sin embargo ¡A cumplir la misión encomendada!
Con cariño nos trataron, nos arrullaron
con esperanza a la vida nos motivaron
para que podamos al fin crecer
y nuestra tarea llevar al atardecer.


Como menospreciando aquello que nos dieron
¿echando por la borda lo que ellos hicieron?
escapo de sus tiernas manos hacia las de una mujer
buscando quién sabe,... si al amor renacer
Camino que a los hijos nos toca, no por huir
¿Quizá alguna empresa debemos concluir?


¿Cómo pensar que tan ingratos somos, si nos forjaron?
al prepararnos, parte de su misión completaron.
¿Cómo pensar que no hay designio amoroso, misión sagrada?
A través de ellos vinimos a completar una tarea antes encomendada No podríamos provocar dolor o alegría, sin un justificable fin
La carrera ha comenzado, como la de todos aquí.


Necio sería pensar que Papá y Mamá no atravesaron
por la misma situación, que ellos fueron criados sin una noble misión Imposible discriminarlos de la suerte común, quitarlos del camino ¿qué argumentos para no permitirles que forjen su destino?También ellos dejaron Padres por llevar a cabo la tarea encomendada desde lo alto, sin mayor espera.

¿Amamos?

¿AMAMOS?

¿Cuántos de nosotros sabemos si amamos?
¿Cuántos somos los que creemos?
¿Acaso en el amor confiamos?
¿Acaso al amor nos asomamos?
¿Sabemos si lo sabemos?
¿Qué del amor conocemos?

Al amor nos dicen que debemos
abrir las puertas de par en par
¿A quién, si no le conocemos
más que como gota en el mar?
La esperanza no nos abandona
y la necesidad de eso desconocido nos aprisiona.

Incrédulos somos, ignorantes del porvenir
¿De dónde saco que el amor me hará feliz?
¿Tal vez un recuerdo de antaño
cuando aún no había nacido, cuando estaba por venir,
quién sabe si supe al amor tener a mano
antes de, a este mundo, partir.

Eligieron a Mamá Alba para mí
A Papá Gelindo para ayudarla a vivir
Juntos fueron la panza, la cuna y mi habitación
Hasta que un día decido, fuera de allí encontrar el amor Qué incertidumbre rodea nuestros pasos, a la hora de partir y con la ingratitud pagamos, pues los hijos somos así.

Más, ¿Quién dice si al amor hallamos?
Eterna búsqueda en la que nos encontramos
Busco en una mujer y en los hijos que ella me dio Ese amor tan añorado, ese sueño dorado
Voy de madre en madre, de mujer en mujer
buscando y ¿quién sabe si el amor encontraré?

¿Cuántos de nosotros sabemos si amamos?
Ignorantes nacemos en este mundo, de lo que antes nos aconteció quizá tuvimos otra vida llena de amor
y un recuerdo inconsciente nos obliga a buscar y buscar nos obliga a tener confianza y no desesperar
¿Cuántos de nosotros, al amor nos asomamos?

En este mar de ignorancias, no pierdas la calma
¡Te lo pide a gritos tu interior, tu alma!
busca sin cesar, en algún lugar está muy escondido Aquello por lo cual de tu hogar te has ido
Ejercítate en estas lides, dentro tuyo hallarás
La respuesta, y amando amarás.

Mamá

MAMÁ


Amor es lo que ella me dio
aún antes de todo tiempo mío
para el nacimiento de un niño
natura a sus puertas llamó
La Divinidad a Ella se manifiesta ¡Un Hombre a desarrollar!, y allí está dispuesta


Cuánta responsabilidad, cuidar de esa criatura
Mamá con respeto me trató
nada menos que su cuerpo me prestó
aún sin conocerme, antes que logre cambiar su cintura
Con amor lo hizo, con temor me sustentó
pero nunca, nunca me dijo ¡No!


Agradezco a mi Madre el haberme traído a este mundo a crecer, el haberse prestado
Y nunca jamás haberme negado
Cubrir mis necesidades... no dejarme raído
de cariño ni de abrigo, su pecho me otorgó
Natura y Dios le preguntaron ¿...? Ella nunca dijo ¡No!

Catamarca letras: Amor: Camino hacia la felicidad

AMOR: CAMINO HACIA LA FELICIDAD


Camina, camina hacia tu destino
camina tejiendo tu camino
Cuando mires hacia atrás
lo que hayas hecho es lo que verás


¿Piensas que el destino ya está trazado?
sin embargo, lo que ya está no es más que el pasado
Lo que queda por venir sólo depende de tí
tus acciones actuales te llevarán a un fin.


Por el tiempo presente, vendrá el futuro
acciona Ya, solo el Ahora es tu turno
Sin el Hoy no existirá el Ayer,
sin el Ayer no habrá mañana,... lo podrás ver


Al mirar hacia atrás sólo verás el camino que tú has realizado, es decir... tu Hoy destino
Sabrás dónde llegaste, pero no te mientas;
analiza con qué armas, con qué herramientas


Más si no te agrada donde estás,
deberás cambiar, torcer tu rumbo... ¡Hacia allá! Actúa Ya con la Gran Receta: ama
no habrá futuro ingrato con esta arma.

martes, julio 25, 2006

Mi Julio, mi vida

Parecía un ritual, todas las tardes como a eso de la oración calentaba el agua, la metía en un termo, cambiaba la cebadura del mate, iba al fondo y sacaba una hojitas de burro ¡Cómo le gusta ese yuyo! Después de cebarse algunos amargos arrimaba la silla hasta el combinado, levantaba la tapa y se quedaba mirándolo; para mí, él sentía que de allí emanaba magia. Lo cuidaba mucho. Después de pasarle un trapito lo lustraba con una franela y cuando estaba todo dispuesto lo encendía. ¡Hay que esperar que calienten las válvulas! – me decía – y yo lo miraba, parecía pibe con chiche nuevo.
Sé que siempre me quiere mucho, aún luego del accidente. ¡Cómo me golpeé esa vez! Casi me mato cuando se dio vuelta la jardinera en el canal y yo pensando en que tenía que planchar la ropa para mi Julio… mi amado Julio… mi buen Julio.
Él me dijo que era una tonta y que tenía que pensar en ponerme bien, aunque Dios sabe que lo vi llorar cuándo le dijeron que quedaría postrada para siempre.
Su pasión era enseñarme a usar el tocadiscos del combinado, así que una vez encendido el aparato, cuando calculaba que ya estaba caliente y habiendo tomados varios verdes, me llevaba con la silla de ruedas para que pueda ver.
El mueble de madera oscura ocultaba bajo la tapa un gran vidrio lleno de letras y números, iluminado con una luz verde y tenue; mi Julio decía que era para saber la sintonía de la radio. Tenía aparte una serie de perillas redondas, grandes y brillantes; era lindo ver el combinado abierto y andando, tan lindo como escucharlo; mi Julio decía que era sonido estéreo. Cuando su papá lo compró, vino de regalo con dos discos de tangos cantados por Julio Sosa. No sé si me gustaban porque cantaba bien o porque se llamaba Julio, pero ¡Qué lindos tangos escuchamos en el combinado!
Me decía mi Julio, me lo dijo tantas veces que me lo sabía de memoria: “Vení, tenés que aprender a usarlo, ¿y si un día yo no estoy?, no es que me vaya a morir, pero ¿y si no estoy porque me fui de viaje, o me quedé más tiempo en el trabajo, mi amorcito dulce no va poder escuchar al tocayo. Vení, mirá. Primero que nada se levanta la tapa y se traba para que no se caiga, así ¿ves?, después girás la primera perilla cromada así, para la derecha, ¿ves? Y esperás… como un minuto más o menos, hasta que el equipo esté caliente”. A todo esto yo me perdía entre sus explicaciones y mis propios pensamientos, siempre quisimos un varoncito.
“Después levantás la palanca ésta, la que traba el automático, luego sacás un disco y lo colocás aquí, en el fierrito del medio, una vez que asentó el disco en la bandeja… ¿ves? ¡ésta es la bandeja!”
Nuestras tardes cobraron un brillo diferente con la llegada de Matías, nos transformamos en un hogar sustituto para él. Con apenas 10 años ya había sufrido más que yo; a pesar de todo lo que me pasó nunca me faltó lo que ahora queríamos darle a ese ser bondadoso maltratado por la vida, tuve amor y tengo a mi Julio… y sigo sumando… ahora tengo a Matías.
Mi Julio estaba feliz, tenía ahora dos alumnos a quienes enseñar el uso del combinado. Yo saboreaba la escena de todas las tardes alrededor del aparato, mientras escuchaba “bueno, una vez que lo pusiste…” mi mente viajaba a un mundo de ensueño, donde se cumplían nuestros deseos… Mi Julio, mi Matías… mis amores… donde la paz acudía a mi encuentro mientras continuaba la lección… “bueno, una vez que lo pusiste el disco movés la palanca de nuevo, para que trabe. Te fijás bien que esté en 78 el selector de velocidades y con esta otra palanquita…” Y con esa sensación de que todo estaba en su lugar, que padre e hijo mantenían un interés común, haciéndome la dormida, huía de las explicaciones mientras mis hombres hablaban de asuntos técnicos. “¡Huy! mamá se quedó dormida Matías, esperá que la llevo a la pieza y la acuesto… Como te decía, con esta otra palanquita lo encendés y cuidá de llegar hasta que marque AUTO, así queda en automático, sino es un lío, y ya anda; cuando se termina el disco se apaga solo y ahí lo podés cambiar si querés”.
A veces creo que Discépolo le erró, no es verdad que el mundo fue y será una porquería… como cantaba Julio Sosa. No me falta de qué quejarme, pero también tengo a Matías, a Mi Julio y un combinado que sé que jamás lograré usar.

© Armando V. Favore

El atrapado

Y es por lo que no hallo aún respuesta, me lo pregunto, siempre me pregunto… ¿Es un hombre el maldecido o es la tierra?

La luna se erguía en el horizonte, tras la hilera de álamos despellejados por las crueldades del invierno, el helado canal llevaba mensajes lastimeros. Crujía la delgada escarcha de sus bordes por el peso del dolor de un hombre. Un sonido claramente identificaba ese sentimiento, el aullido desgarrador perforaba con trazos inquietantes la densidad del aire. Un terrible ¡Auuuuuuuuu! laceraba la nocturna pasividad de los durmientes, penetrando uno a uno los adobes del caserío.
Si algo acompañaba el silencio, desgarrado por momentos, era la letanía de los rosarios rezados en cada casa, para que el lobizón no lo elija y siga, para que esa alma en pena deje de sufrir por ser como es y tener que llorarle a la luna llena.
Había llegado hasta el circuito de Polcos y sobre un terraplén de tierra se sentó, estirado el cuello y con el hocico hacia la luna se puso a llorarle, a implorarle la liberación, aunque más no sea… que lo despene.
Tres noches de esa luna llena transcurrieron, tres largas y plateadas cuchilladas hirieron los fríos descansos, tres largas y monótonas letanías acompañaron el silencio de la tierra dolorida por la maldición.
Por esto es que a la media noche de la noche más fría del año, llegó, súbita, violenta, la orden de salir a cazar la alimaña que no dejaba en paz al caserío de Polcos. Y llegamos los cuatro agentes sin hacer ruidos, la luna le daba de lleno en el cuerpo grisáceo, mostrando un bellísimo ejemplar del reino animal; pero se paró en sus cuatro patas cuando amartillamos los rifles y antes que echara a correr un solo estruendo marcó la salida de los proyectiles…, cayó, se incorporó, corrió y antes de poder dispararle nuevamente… como tragado por la tierra.
Lo detuvieron al alba, en la entrada de La Banda de Varela, iba cojeando, con la ropa hecha jirones, la cara seca y embarrada por cientos de lágrimas entremezcladas con el polvo del camino, sin calzado y con una herida de bala en la pata, perdón, en la pierna izquierda.
No hay duda de que era él, el maldecido hijo de Doña Carmen, 7º de un atado de varones. Lástima que el viejo no quiso bautizarlo y que le salga de padrino, aunque más no sea, el intendente. Lástima, pobre alma la de ese hombre. Lo tendrían encerrado para que ya deje de molestar hasta ver qué podía hacerse con el infeliz.
Sin embargo, a la noche siguiente…
La luna se erguía en el horizonte, tras la hilera de álamos despellejados por las crueldades del invierno, el helado canal llevaba mensajes lastimeros. Crujía la delgada escarcha de sus bordes por el peso del dolor de un hombre. Un sonido claramente identificaba ese sentimiento, el aullido desgarrador perforaba con trazos inquietantes la densidad del aire. Un terrible ¡Auuuuuuuuu! laceraba la nocturna pasividad de los durmientes, penetrando uno a uno los adobes del caserío.


© Armando V. Favore

La Mañana

La mañana
230 palabras 23/11/04
Ya la noche abandona el terruño, febo incursiona tímidamente; vuelven los pájaros con su trino esperanzador. Estoy solo, observando. Tu recuerdo retorna como el día, lacera mi costado y demuestra una vez más que me hallo inerte, que el amanecer no representa para mí una nueva oportunidad.
La nieve aún no desaparece, frente a mi ventana dos caballos pastan el congelado alimento mientras sus fauces hambrientas generan blancas nubes ascendentes. Salgo y busco aspirar, no ingresa el frío aire que espero, tampoco emana de mí un poco de vapor. Nada. Siento esto como un castigo; nada siento, solo este dolor por ti... que te has quedado.
Regreso a la casa e ingreso a tu aposento. Estoy ya a tu lado, respiras, duermes, el Dios de los sueños te lleva a su mundo para prodigarte descanso verdadero; veo rastros de tus lágrimas surcándote el rostro, no puedo tocarte... intentaré el robo de un último beso, quizá Morfeo entienda mi sufrimiento y lo haga posible. Enternecido estoy por tu rostro en paz, por esos labios rosados, capaces de besar. Me acerco mirándote a los ojos y al abrirlos el verde esmeralda de tu destello se apiada de mí, intentas verme pero solo estará presente entre ambos el fracaso mientras vivas.
No importa la mañana con su sol. No importan la vida y los pájaros, solo importas tú... querida.
Te esperaré.

© Armando V. Favore

Papá y Mamá

Amaba lo cotidiano, pararse en el borde de la bañera para que sus ojos vieran a través del espejo cómo el paterno rostro lucía, primero enjabonado, luego perfectamente afeitado; solía registrar uno a uno los movimientos necesarios para la preparación de la Gillette en su moderna maquinita y una vez finalizada la tarea matinal, otorgar una gran dosis de cariño filial, acariciando ambas mejillas con sus manitas a la vez que pronunciaba esas mágicas palabras: “Papito Belo”.
Amaba lo cotidiano, subirse a la bicicleta y desde su puesto de observación disfrutar el paseo con la fresca brisa matinal ondeándole apenas el castaño cabello. Sentado en el caño, girando de tanto en tanto la cabeza para ver la sonrisa entremezclada con el silbido de un hombre alegre, acompañando a ese gigante de manos duras, curtidas por ladrillos mordaces e impiadosas cucharadas de cal.
Amaba lo cotidiano, jugar con la arena mientras hacía de ayudante, demostrando a cada momento lo fuerte que era y las cosas que ya podía realizar, emulando permanentemente al ejemplo de hombre que supo ver en él.
Amaba lo cotidiano, ver desde el sillón de la casa cómo, luego de limpiarlas con aceite y azúcar, las fuertes manos acariciaban con ternura el ceñido talle de la mujer que supo amarnos; luego el pequeño y significativo beso que aseguraba la familia.
Amaba lo cotidiano, ir al descanso con la caricia de aquellas otras manos, las que solían entrelazarse en el cabello reseco por el trabajo a la intemperie, las que aliviaban la dolorida cintura que procuraba el sustento. Y besar, besar la mejilla sonrosada mientras un “te quiero mami” lograba dar paso al reparador reino de Morfeo.
Amaba lo cotidiano, amaba el amor de ellos. Ama las manos ahora más suaves, ama el níveo resplandor de cabellos ahora más cuidados. Ama las cinturas, una no tan ceñida, la otra no tan dolorida.
© Armando V. Favore

Ella

Su llegada me sorprendió. La larga y lacia cabellera caía sobre una estilizada figura femenina vestida de negro.
Debí admitir su belleza, inigualable diría yo. Desde lo profundo de su mirada se palpaba una tremenda paz.
De pronto desapareció el paisaje, solos ella y yo.
_ ¿Quién eres? - pregunté intrigado – Sales de la nada, me encandilas con tus ojos y…
_ Y te estás enamorando de mi - respondió
_ ¿Qué haces con mi corazón? ¿Qué haces con mis sentimientos? – pregunté

Amo a Clarissa desde que la conocí, jamás pude amar a otra mujer. Mi querida María Belén fue el dulce retoño que calmó nuestros días de angustias.
Siempre fueron todo, absolutamente todo para mi. Sólo dos mujeres sumadas a Mamá.

_ ¡Las amo! Pero ahora apareciste en mi vida, me llevas a este lugar sin entorno. ¿Quién eres? Siento que te amo a ti también, comprendo que tú eres para mí. Se potencia, con este amor hacia ti, el que siento por ellas tres. Además me desconciertas pues… no siento culpa por amarte. Dime por qué. ¿Qué has hecho con mi cultura? ¿Es que todo esto está más allá del bien y del mal? ¡Responde!
_ Ámame y amarás aún más – me respondió – No preguntes, el amor engendra amor y da sabiduría. Ámame y sabrás cuánto las amas.

Mi amada desconocida me atrae hacia ella, acerca su boca a la mía y así, sin pensamientos beso esos labios bellos, puros, prístinos. Cierro los ojos, estoy viviendo todo con tanta intensidad…
Siento paz…
Abro lentamente los ojos frente a esta mujer a la que aún beso. Indago con el pensamiento: ¿Quién eres?. Me aparto suavemente un instante, puedo apreciar detrás de la figura de este nuevo amor un largo camino rodeado de pinos. Suspiro quedamente.
El verde adorna un paisaje sin horizonte. Tres figuras femeninas sobre el fondo. Son ellas vestidas de negro. Mamá con un pañuelo enjugando lágrimas, Clarissa con gesto compungido tratando de contener el desconsolado llanto de María Belén.
_ ¿Quién eres? – indago nuevamente.
_ No importa mi identidad, ya me has besado. Soy tuya y tú… eres mío.


© Armando V. Favore

El Beduino

Mala suerte lo acompañó el día que llegó a conocerlo, a veces la vida nos enfrenta con crudas realidades. Aquél personaje era francamente nefasto y se cruzó con Anahel. Lo llamaban El Beduino, debido al aspecto de Árabe y su fama de sinvergüenza carente de hogar fijo.
Sentía cierta culpabilidad por no poder defender a Anahí de la telaraña que el mal viviente le tejió y lamentaba que ella tampoco haya sabido ver las consecuencias de esa relación.
Anahel, dolorido y acongojado, reflexionaba al respecto, diciéndose a sí mismo: “¿Cómo saberlo? ¿Cómo imaginar lo que podía ocurrir y lo que uno se ve obligado a hacer? Se anda por la vida con los pares, Junto a la gente que pertenece a su universo, de vez en cuando escucha y trata de comprender las vivencias de otros, pero resulta difícil interpretar esos planos de realidad, diferentes a los propios. Lo cotidiano se maneja dentro de ciertos parámetros socio culturales y todo anda relativamente bien; pero a veces esos mundos, que parecen estar en diferentes niveles, paralelos entre sí, chocan”.
Volvió a revivir lo acontecido desde que José llamara aquella madrugada. Se apersonó en el bailable a la cuatro treinta, alguien identificado como policía lo condujo a un patio interno del lugar. Levantó un par de camperas y debajo de ellas se hallaba su dulce Anahí. Presentaba un orificio en la frente y una leve sonrisa mezclada con asombro en el rostro. Una lágrima rodó por la mejilla de Anahel, mientras cerraba un puño en señal de impotencia.
En su análisis, Anahel buscaba ser frío, a fin de diagnosticar correctamente y evitar sus emociones: “Anahí fue víctima de este encuentro entre niveles. Víctima del choque de dos mundos. Sin dudas esto es lo que ocurrió”.
No deseaba venganza, pero reconocía que debía hacerse justicia. Sabía cuál era la verdad, “El beduino la mató”. Sin embargo tuvo que acatar el dictamen del juez: “No hay pruebas” . Sólo quedaba que Dios se ocupara para que no haga más daño, “pero estaré atento”, agregaba a sus plegarias.
José volvió a llamar, le avisó dónde se hallaba El Beduino embriagándose. Anahel acudió de inmediato y haciéndose pasar por un parroquiano más compartieron unas copas, hasta que el asesino de Anahí perdió el control de sus actos.
Salieron del lugar y tomando un taxi llegaron a la guardería de botes. El Beduino cayó pesadamente sobre un lateral de la pequeña embarcación y allí quedó. Un fuerte viento comenzaba a azotar la costa. Anahel soltó las amarras mientras recordaba el pronóstico del tiempo: “Un fuerte temporal azotará las costas bonaerenses, con vientos de hasta 120 km. por hora, se recomienda a la población...”. Cuando vio que la corriente condujo la embarcación aguas adentro regresó a su casa.
Anahel vio llegar la tormenta mientras observaba el horizonte a través de la ventana.
Al día siguiente salió temprano, compró el diario, se metió en un bar y leyó el informe periodístico donde mencionaban la muerte de El Beduino como consecuencia del temporal.
Luego de beber un café amargo, se puso de pie, dobló el periódico y dejando unas monedas en la mesa caviló en voz alta: “El cruce de niveles... el cruce de niveles”

Ó Armando V. Favore

El Ángel

Eran ya la seis de la tarde, verano en Valle Viejo, otoño, otoño en Guillermo. Ochenta y cinco años de andar caminos aportando su espalda al sustento familiar. Hoy ya ha sido relevado. La frescura de su añeja parra, sumada a la constante compañía de su bisnieto Ricardo le dicen que es feliz; con él no necesita el habla que perdió, se entienden. El niño siempre está allí, al alcance de su mano, semejando un pequeño ángel custodio, no hay ya angustias ni dolor, sólo este momento que mágicamente anula tantas fatigas, sólo paz, que disfruta y le da sosiego. Este solaz le indica claramente lo que necesita... descanso; basta ya de lidiar en este mundo, basta...
El pequeño juega sobre la tierra del patio con un diminuto automóvil de plástico, el bisabuelo quieto en su silla de cuero, la mirada perdida en horizontes imaginarios, Eolo descansa, todo parece detenerse. Lentamente el niño se incorpora y acude al mudo llamado de Guillermo, quien lo interroga con la mirada, asiente con su cabecita de ángel a la indagatoria que el anciano le hace con la mirada, toma su mano a modo de despedida, luego abraza con ternura al moribundo y agrega:
- ¡Parte ya, abuelito!, te están esperando.
Guillermo no quería separarse del niño, pero ante sus palabras accedió.
Su única hija, Lorena, pensaba respecto del nieto que nunca pudo darle, cuando por la ventana lo vio dormirse suavemente. Se acercó y sobre sus rugosas, grandes y laxas manos, apoyó la cabeza y oró. Irrefrenables, avasallantes y a la vez deseadas, dos lágrimas gigantescas rompieron el dique que contenía tanto amor por ese hombre; en un acto de reverencia desataron el torrente, como mudo homenaje.


Ó Armando V. Favore

Un hombre es, finalmente, un hombre

El acto estaba por comenzar, desde mi estratégico puesto podía observar la delgada imagen luminosa, de aquélla que mantiene en vilo mi ser. Su figura recortada contra el ventanal de la escuela recibía los albores de una calurosa, aunque magnífica jornada… la de mi despertar. El blanco vestido de hilo, ceñido a la cintura con una ancha cinta azul, destacaba el talle perfecto, soñado, anhelado… negado, el talle de Marisol.
Fernanda, recostada sobre la balaustrada, oyó de pie el Himno, y cuando éste terminó, se dejó caer negligentemente sobre su silla y abrió su enorme abanico de plumas blancas. Ella también demostraba la desilusión de una vida mediocre, al lado de un hombre sin brillo propio, ocupado en cargarla con algunos anillos y vestidos caros.
El discurso conmemorativo se dirigió claramente a la imagen, ya desaparecida, del insigne científico que tanto hizo por la humanidad y su aporte incalculable al terreno de la cura de males que aquejan al hombre de todos los tiempos.
Con la imaginación trepé a la historia y un sentimiento de envidia, mezclada con vanidad y deseo de romper con la estructura actual, me llevó a creer que podría ser yo el objeto de un discurso semejante en el futuro. Reconocía que tenía los potenciales para una carrera médica, lo sentía en mi interior, más la realidad me limitaba. Ciertos valores inculcados desde niño formaron un cerco prejuicioso acerca de los compromisos y por momentos siento que no tengo el poder para romperlo. Vi claramente que necesitaba de otra fuerza, una adicional, me era imprescindible el empuje imparable de alguien que creyera en mí, de alguien dispuesto a acicatearme para producir el salto y romper con esta estructura rígida que no hace sino llenarme de anillos y vestidos caros como a Fernanda, no hace más que llenarme de tedio, mediocridad, vendido por el precio de la comodidad, comprado por cobarde, por mediocre, por estúpido.
Las palabras del discurso fueron lacerantes para mi estado de autoflagelación, pero impulsoras de la valentía que todo hombre esconde detrás de sus ropajes: “En nuestros días, ninguna profesión permite llegar tan alto como la del médico, sobre todo desde que esos médicos del alma llamados directores espirituales no pueden ya ejercer con la aprobación pública, sus artes exorcistas y son evitados por las personas cultas”. Allí, en ese preciso instante, la soñada mujer me miró con ternura, transportando un mensaje mas allá de lo racional, sentí que ambas partes de mi vida podían completarse… si fuera capaz de vencer el obstáculo; sentía que la felicidad me llamaba por los ojos y por los oídos, el desafío de ser feliz estaba azuzándome, hurgando en mi interior. Ella y las palabras del discurso que culminaba.
Fernanda me llamó con una seña. Al acercarme me dijo, con ojos cansados: “Lo veo un poco triste… como yo. Aún es joven, tome coraje, después se es viejo”. Luego con una cariñosa y suave cachetada agregó: “Marisol… muere por usted, libérela”.

En la oficina del director se hallaban mis cosas, entré con premura ya que la hora me corría y con sorpresa encontré la luz de mis ojos. Fue automático, nuestras miradas se buscaron, nuestras manos se buscaron, nuestros labios se buscaron y finalmente, con ternura y suavidad tomé mi decisión final y besé cándidamente a Marisol. Con firmeza tomé mi decisión final. Fue un momento imborrable, la magia se hizo presente. Los dos sabíamos que nada jamás nos sería negado, ahora no.
Estábamos tomados de las manos cuando entró un preceptor de la escuela recordándome que ya era hora y todo el mundo esperaba, a lo cual respondí: “Por favor, dígales a todos que hoy… hoy no habrá misa”.

Última voluntad

París, 9 de noviembre de 1528
Querida Leticia:
Sabías que lo nuestro no podía ir más allá de lo permitido por la sociedad. Claudia ejerció su poder, pero pude descubrir en ti al amor.
Tu manto ardiente traspasó todos los confines, naturales y sociales; gallardía femenina, entereza de mujer y pasión en tu vida ardorosa me conquistaron.
Aquí me ves, atado a éste que parece ser mi destino final, me queda tan solo el consuelo de que podré verte en otro mundo menos doloroso y mientras te espero iré tras de ti a custodiarte.
El cadalso está ya preparado para mí. ¿Cómo podría un juglar arrebatar tu corazón noble, mas tu magia me hechizó y este simple plebeyo fue amado por ti. Y me prosterno ante ti, no ante la reina, sino a los pies del más excelso de los seres de la creación, me arrodillo ante la mujer que eres y doy gracias a Dios por haber recibido tus besos, caricias y tu corazón. Lamento que ya no.
Por eso expreso, victimado por las circunstancias, mi última voluntad. Deseo mirarte nuevamente a los ojos, llegar en un póstumo acceso a tu alma y redescubrir el error de aquellos que creen separarnos.
Te amo.



Francisco I, rey de Francia


Ó Armando V. Favore

Tres tiempos

Mil ochocientos doce, 27 de febrero. La emoción de la sorpresa que le dará a los suyos lo embarga. Sobre el lienzo impecable cae una lágrima que acompañará miles de proezas realizadas por la libertad de La Patria.
_ Don Ramón lo llevará mi coronel, él sabe donde vive el hombre.
_ Mi querido Ramírez, confío en su palabra y requiero discreción. No es un asunto que pueda ser ventilado.
_ Lo sé mi coronel, en este terreno nadie es indiscreto, aunque no todos son confiables. Sus secretos pueden ser armas en contra suya. Con Ramón no hay de qué preocuparse.
Un abrazo y el coronel se despidió. Ataviado con un poncho negro y sombrero del mismo tono penetró en la oscura, nublada, fría noche.
Emprendieron veloz carrera hacia el sur. La cabalgata duró poco más de una hora. El rancho aparecía apenas en la inmensa pampa, débilmente iluminado por el quinqué que portara Ramón.
_ Pase Ud. mi coronel, el viejo Joaquín lo espera, yo montaré guardia aquí afuera. Lo espero.
_ Gracias Ramón.
El coronel ingresó a la vivienda, donde una mortecina luz permitía ver el envejecido rostro del anciano, apenas cubierto con una manta deshilachada.
_ ¡Buenas noches coronel!. Hace tiempo que lo esperaba.
_ Ramírez me comentó este tema, pero dijo que recién hoy se podía comenzar.
_ Acertadamente, sabemos que Ud. es un hombre con amplitud de criterio y es por eso que decidimos confiarle un secreto que le va a acompañar siempre.
_ Bueno..., querrá decir hasta que la muerte me sorprenda
_ Es que en ese punto es dónde. Sortearemos el pequeño obstáculo. La técnica que aprenderá lo acompañará, como dije, siempre. Las ropas que hoy lo visten hacen al monje. Ud. es un coronel, mañana será general y su espíritu es el de un soldado libertador. Luego de su muerte seguirá siendo un general de la Nación.
_ ¿Qué ocurrirá cuando muera?
_ Comprenderá que lo que ocurra depende de lo que hoy inicia, aquí, conmigo. ¿Cuándo morirá? Una vez que haya aprendido lo suficiente.
_ Pues bien, no perdamos tiempo, tampoco es cuestión de que La Parca se impaciente.
Al cabo de cuatro horas, el coronel se despidió del viejo Joaquín con un "Hasta mañana y gracias".
Las actividades del coronel lo llevaron a los lugares más recónditos del, aun en pañales, país. A cuanto paraje fuera, Ramón le acompañaba y todas las noches en lo de Joaquín se apersonaban.
_ Joaquín, solía decirle el coronel, no comprendo porqué vaya yo al norte, al sur, al este o al oeste, siempre Ramón me conduce al sur, siempre son noches oscuras, nubladas y frías. Aunque momentos antes vea yo las estrellas en el firmamento.
_ Coronel, su pregunta se contestará en breve. Hoy será el último día en que nos encontremos. Pronto lo ascenderán a general, no deje sus prácticas y podrá morir tranquilo, sabiendo que retornará con la conciencia suficiente para reconocer lo que ha hecho y lo que seguirá haciendo por su país.
La muerte se presentó en 1820, nunca abandonó sus prácticas, Cronos decidió el fin de lo que él consideraba tan sólo un trámite. Se hallaba preparado para volver cuando su país lo necesitara, ahora pasaría a cuarteles de invierno y además... se tomaría un reparador descanso.
Luego de 145 años el mundo vuelve a escuchar el llanto de un bebé, del mismo bebé. Nacía el pequeño Manuel Bellomo, con mucha energía, según el decir de los familiares. Fue el cuarto parto de una maestra de grado. El padre, militar de la Armada Nacional. Un férreo sentimiento patriótico se fue instalando en el pequeño Manuel. Cuando una noche de 1975, contando tan sólo 10 años, observó con sorpresa a un jinete y su caballo en el parque de la casa. El rostro del hombre le resultó familiar y ante una señal de éste, abrió la puerta y salió a su encuentro. Asombrado por tan extraña visita, pasándose las manitas por los negros ojos, como despejándose de un sueño, preguntó:
_ ¿Ramón... es Ud.? ¿Cómo llegó hasta aquí?
_ Ha pasado mucho tiempo mi general. Don Joaquín lo espera. ¡Suba! Iremos como siempre, hacia el sur.
El muchacho comenzó nuevamente con las prácticas que le enseñara el anciano. Renacieron en su corazón aquellos sentimientos, mezcla de nostalgia, fe patriótica y verdadero afecto a estos personajes que volvieron desde el fondo de la historia, como él. Sentía que su descanso reparador había finalizado y que probablemente la Patria lo necesitara.
Recibió instrucción militar en la Armada Argentina, adoraba el mar y los aviones. Se transformó en piloto, con la firme idea de que allí podría mantener su espíritu de libertad, la misma que procuraba para su país. Siempre la libertad, como en la lucha por la Independencia. Ahora se trataban asuntos de economía y soberanía, pero siempre era igual, había que defender la Patria de la dominación extranjera.
La citación lo sorprendió un poco, pero cuando se está en guerra todos los recursos son insuficientes. Lo destinaron al Crucero General Belgrano, el que partió rumbo a las Islas Malvinas. Dado su rango de piloto, por ser oficial y otras cuestiones que no acababa de comprender, el capitán, en un acto solemne, celebrado en alta mar, sobre la cubierta del barco y frente a toda la tripulación, lo nombró custodio del Pabellón Nacional, con estas palabras:
_ Oficial Manuel Bellomo, no le es ajena la presencia de la Bandera. Conocemos su trayectoria y sabemos de su patriotismo. Es por ello que en nombre del Gobierno de la Nación Argentina lo nombramos custodio honorífico de la Enseña Nacional, tanto dentro como fuera de esta nave.
Sintió el generalizado aplauso crecer dentro suyo, notó que era genuino y que lograba rebasarle.
Sobre el lienzo impecable cae una lágrima suya.
El mar Argentino aun trata infructuosamente de borrarla.
Pronto será el acto, la mamá de Manuel Bellferro terminó de acomodarle la corbata celeste que estrenaba sobre la nívea y bien planchada camisa bajo el pulóver azul. Su renegrido cabello se hallaba perfectamente peinado con una raya al costado. Estaba orgulloso de haber cumplido 9 años y hoy, 20 de Junio de 2004, le tocaba Jurar la Bandera.
Se presentaron en el teatro de la escuela, todo brillaba y olía a limpio. Entonaron las estrofas del Himno Nacional y comenzó a sentir una fuerte emoción, justo allí, en el pecho palpaba cosquillas desconocidas.
Su vista se clavó en la Enseña Patria, la veía tan hermosa.... De pronto comenzó a apartarse de la escena, veía a todos como desde el techo del teatro. Se acercó flotando hasta el escenario y mientras acariciaba con el pensamiento su tan querida bandera, a su lado apareció Ramón; el niño lo reconoció y con la pregunta en el gesto, el recién llegado respondió:
_ Mi General, Don Joaquín lo espera.
Manuel, lejos de sorprenderse, con la mano le indicó que aguarde.
La directora de la escuela leyó la fórmula para el juramento de los niños y con voz fuerte y segura, vibrante de emoción Manuel, quien creía hallarse solo, respondió:
¡Si, juro!
Luego, fueron uno a uno acercándose a la bandera. Al besarla, Manuel derramó una lágrima sobre el lienzo impecable... que no podrá ser borrada.
De inmediato voló con el espíritu, hacia el sur. Se reunió con Ramón y Don Joaquín. Podía verse a los tres abrazados, observando lo ocurrido en 1812, en1982 y ahora en 2004.
_ ¿Para siempre Don Joaquín?
_ ¡Para siempre Mi General!

Ó Armando V. Favore

Tenía el Don

Tenía el Don, se notaba. Todo en él demostraba la presencia de ese atributo, hasta la batuta puesta en su mano era diferente. Sin dudas, un hombre excepcional.
- Hoy no me siento bien, Juan – me dijo ese día, el Sábado 4 de Noviembre de 2000.
Ricardo Schillari tenía una prueba, su corazón se lo decía. Hoy pondría todo lo suyo, lo mejor de sí en esa interpretación. Se sentía capaz de sortear todos los obstáculos. Conocía al dedillo la 9° sinfonía de Beethoven y hoy lograría que su orquesta la interpretara como nunca. Él y sus músicos se sentían integrados, era la relación perfecta. Nada podía fallar.
Desde el suave comienzo, el allegro ma non troppo, se notaba que la interpretación sería maravillosa. Hoy Ricardo tenía una fuerza sobrenatural que nos impulsaba desde nuestro interior y lograba las mejores combinaciones. Realmente estaba resultando una interpretación fuera de lo común, más allá de lo que podía lograrse normalmente, era como del otro mundo. Nos hizo vibrar y entramos en comunión con él, adivinábamos sus movimientos, los gestos; nos adelantábamos a su pedido.
El público vibraba con nosotros. Ricardo Schillari logró que todos participáramos, nadie permanecía indiferente al encantamiento al que nos sometía. Podía extraer la fuerza natural de las personas, a través de la música, y elevarla a un plano superior; parecía haber abierto las puertas del cielo y nosotros, público y músicos tomados de su mano ingresábamos a un ámbito sobrenatural, sentíamos estar allí. Tocábamos con las manos las notas musicales que preparara Ludwig para nosotros.

Schillari pudo interpretar el sueño de Beethoven a la perfección y supo traducírnoslo esa noche.
Al finalizar cada parte de la sinfonía el público aplaudía de pié, prolongada, insistentemente; sólo acallaba su clamor cuando Ricardo golpeaba el atril con la batuta y así daba comienzo a la siguiente etapa.
Director, músicos, cantantes y público sentimos arribar al punto más alto de esta transformación cuando dio comienzo la Oda a la Alegría.
Creo que todos rendimos el examen junto al Director, lo acompañamos en el final de este curso por la vida.
Schillari tuvo un gesto de dolor, casi imperceptible, al arribar al minuto 13 de la última parte, donde se produce un remanso en la obra.
El coro interpretaba maravillosamente y contagiaba al público. Todos cantaban al unísono. Un gesto de felicidad apareció de pronto en el blanco cutis de Ricardo, sentía que su obra estaba realizada y que su examen era aprobado con la mayor calificación. Lo mejor de nuestro director, lo mejor de todos los directores, estaba aquella noche en el escenario, de la mano de Ricardo Schillari.
Siguió dirigiendo la obra y a pesar de caer de rodillas en el escenario sus ojos nos indicaron proseguir. Sin abandonar la batuta, aún sin poder incorporarse, continuó con su tarea. El coro entonó el dinámico fin de la obra. Sus fuerzas lo abandonaron. Un médico corrió a socorrerlo. Se produjo un silencio sepulcral en la sala, los aplausos quedaron suspendidos.
El público se puso de pie, habían presenciado la escena, a nadie le pasó desapercibido ese momento. Acudí de inmediato al llamado que me hiciera con la mirada y tomando su mano que aún conservaba la batuta me dijo al oído:
- Querido Juan, acabo de rendir el examen, salí aprobado y me llevan con ellos, quieren que dirija un coro de ángeles; sigue tu camino que yo vendré un día a tomarte tu prueba, sin duda te necesitaré conmigo, amigo.
Cerró sus ojos, el Dr. confirmó el deceso y con un gesto dirigido al público expectante dio a entender la mala nueva. De pronto el silencio se rompió con miles de aplausos contenidos, estalló la sala. El público de pie aplaudiendo frenéticamente, sin parar; aplaudiendo como postrer homenaje a un grande de la música, aplaudiendo a quién lograra aprobar el examen; aplaudiendo, como impulsando con la fuerza del aplauso su alma hacia otros confines. Todos nos sumamos, coro, músicos, asistentes. Todos, todos.
Luego... cayó el telón.


Ó Armando V. Favore

La Santa inqusición

Giordano Bruno comenzó a temblar, su visión se nubló y un ligero mareo lo desestabilizó, quitó la vista del lente y tomó asiento. Aun dentro de su confusión buscó el cuaderno marrón y mojando ligeramente la punta de un desgastado lápiz escribió, cerrando una serie de anotaciones: “Hay vida en otros mundos”. Acto seguido guardó el cuaderno en una caja de cuero y la ocultó debajo de un piso falso hecho de piedra. Ahora comenzaba la etapa más difícil, nada sería convencer y demostrar su descubrimiento ante otros filósofos y estudiosos, lo complicado vendría de la mano de las autoridades.
“¿Cómo legar esto para las generaciones futuras?”, se preguntaba a la vez que analizaba; todo estaría teñido de las implicancias socio-políticas del momento, destruirían sin más su obra con tal de no alterar el orden actual de las cosas, de no tener que rehacer las teorías vigentes y revertir dogmas, que a decir verdad, promueven la convivencia social dentro de ciertos parámetros. Muchos misterios para el hombre común que lo tienen atemorizado, amordazado, paralizado y a la vez conforme.
Se decía a sí mismo: “No seré víctima del temor, la humanidad necesita algo más que un cobarde. Sé que me acusarán de hereje, dirán que me ha inspirado el demonio, que el fuego será la única forma de salvar mi alma y evitar contagiar al resto de los fieles, salvo que públicamente admita haber cometido un error”.
La visita de los inquisidores no se hizo esperar, por algún medio supieron de su tarea y la comitiva viajó hasta la puerta de su casa para entrevistarle. El falso juicio se basó en la prácticamente nula instrucción de los asistentes, quienes asentían una y otra vez ante las acusaciones y justificaciones que los letrados argüían.
Sin embargo había algo que perturbaba el espíritu de Giordano, más que la posibilidad de morir en la hoguera, o el hecho de que la inquisición destruyera todo vestigio de sus trabajos; era la veracidad en sí misma de su descubrimiento. Fue allí precisamente, en la empalizada rodeada de leños donde concibió la verdad última, donde finalizó su verdadera búsqueda. Sintió la satisfacción de todo investigador frente al hecho ineludible de ver confirmadas sus sospechas, avaladas sus teorías. Sintió también el dolor y la impotencia de no tener ya la oportunidad de despertar otros espíritus al saber, que hoy se ve confirmado por la presencia de su verdugo.
Con la antorcha en la mano y una oscura caperuza tapándole la cabeza, se muestra ante Giordano, con ojos imperturbables, Tomás de Torquemada, quien haciéndose conocer, le susurra:
¾ Por supuesto que tiene razón Giordano. Como ve, no he muerto en 1498, pero Ud. si morirá ahora en 1600. Nuestra vida es mucho más larga que la de ustedes y no nos estamos quietos.
¾ Si nos dejaran vivir más averiguaríamos la verdad.
¾ Y podrían llegar a creer que este mundo les pertenece. Son útiles así, envejeciendo y muriendo a temprana edad, por eso los incitamos a la reproducción, siempre habrá grandes dosis de energía para nuestras necesidades y suficiente ignorancia para mantener el dominio.
La antorcha encendida cayó prácticamente a los pies de Giordano Bruno. El piso falso de piedra fue levantado y los manuscritos arrojados al infierno de las llamas que consumían a su autor.


Ó Armando V. Favore

Amiga

AMIGA

Tu hombro se asoma
como posible remanso.
Busco lugar para mi pena
busco descanso.

No puedo ya soportar
el desamparo que siento.
Ningún lugar dónde abrevar,
pájaro en el desierto

Y ya el corazón grita,
estalla mi sollozo
mas el prejuicio me limita
tu eres mujer de otro

Si un ángel viniera
y a un mundo lejano nos llevara
donde no existen las quimeras
y ser hombre o mujer no importara

En tu hombro dejaría
mil lágrimas, no por ti derramadas.
Amiga por fin te diría
lo que sufro por mi amada


® Armando V. Favore
favore2000@yahoo.com.ar

Llévame contigo

Algún lugar, cualquier fecha

Querido Esposo:

Escribo la presente, esperando te encuentres como nosotros. Aquí vamos andando la vida. Estamos bien y aunque lo sabes tu décimo, perdón nuestro décimo bisnieto te envía sus cariños. Él adivina que yo te hablo seguido y que te escribo de vez en cuando.
Supongo, al menos esa es mi intención, que ésta será la última carta que te envíe. Sé que no estarás triste por esto pues te “dejaremos” para que realices otra etapa más de este viaje universal que alguna vez emprendiste al comienzo de tu tiempo. Los saludos que te enviamos no son de despedida final, pues sabemos que más tarde o más temprano nuestros caminos se volverán a cruzar. Solo espero que podamos darnos cuenta y que le demos sentido de continuidad a nuestro futuro encuentro en este maravilloso planeta o donde Dios diga que nos reunamos.
Por ahora solo me queda el recuerdo de todo lo que pasamos juntos en este mundo. Siempre te decía que me parecía haber vivido contigo anteriormente y tu respuesta era esa mágica sonrisa que te caracterizaba, acompañada de un “Quién sabe”.
Es a través de estas líneas como mejor me expreso, y siento en este momento la necesidad de decirte: ¡Gracias!. Gracias por la vida que pudimos hacer juntos, que sin tu aporte... hubiera sido una desgracia. Reconozco que muchas veces no nos tratamos bien y que casi nos separamos, pero tu forma de ser, esa de ponerle el pecho a los problemas, ya sea tratando de comprenderme o resignando un pedacito de lo tuyo por el bien de los dos, o de los seis que éramos por aquél entonces. Las veces que te tragaste tu orgullo de varón, por el bien de la familia. Siempre dedicado al trabajo y a nosotros, nunca te hallé en un renuncio. Eras tan íntegro....
Aprendí mucho de ti, y en tu modestia me decías que tú lo hacías de mí. Creo que ambas cosas ocurrieron, como aquella vez que enfermó el mayor y desesperaste. Al verte tan dolorido por la salud de nuestro pequeño pensé que tendríamos a dos enfermos en lugar de uno y no se de dónde saqué coraje y valor para apuntalarte y este gesto logró que pudieras rehacerte. Al verte mejor me sentí más aliviada y entonces lloré amargamente para desahogar mi corazón inquieto por la incertidumbre acerca de lo que podría pasar. Lloré, lloré sobre ti, nunca me faltó tu hombro cuando te necesité. Estuvimos uno junto al otro. Juntos, siempre juntos.
La vida que nos tocó compartir, desde aquella vez en que nos conocimos en un pic-nic del día de la primavera, empezó con nuestros tempranos 10 años. Hoy cumplo apenas 81 y he pasado casi 70 al lado tuyo: la escuela primaria, luego la adolescencia, estaba tan enamorada..., suspiraba todo el tiempo recordando tu cara de ángel y sonrío ahora al recordar con qué entusiasmo me mostraste la maquinita de afeitar que te prestaba tu papá. Ya te sentías un hombre, y yo, al verte siempre grande me sentía mujer. Crecíamos juntos y la emoción me invadía por estar tú en mi corazón y más aún sabiendo que yo habitaba en el tuyo.
Siempre confiamos el uno en el otro, jamás se nos ocurrió pensar en que podría empañarse nuestra relación, que nació tan pura. Recuerdo nuestro primer beso. Los dos temblábamos... fue tan espontáneo, como si un ángel nos acercara y sellara nuestro futuro. Aquél acto fue solemne, nos besamos tan, tan dulcemente. Durante esos breves instantes en que nuestros labios se tocaron se selló un pacto entre los dos. Un pacto tácito que tú y yo hemos respetado durante casi 70 años, hasta que la muerte te arrebató de mi lado. Sonreímos con frescura delante del sacerdote que nos casó al recordarlo.
Apenas setenta años enamorada de ti y más de uno extrañándote.
Cuando uno dice ¡Gracias!, muchas veces no se da cuenta de su verdadero significado, pues no tiene en cuenta que lo mejor que podemos recibir de Dios es su “Gracia”, la Gracia Divina y ese es el deseo que lleva implícito el agradecimiento. Por esto una vez más te doy las Gracias, amor mío. Gracias por tenerme siempre enamorada de ti, gracias por haberte enamorado de mí. Gracias por tu respeto, gracias por el honor que me has hecho al transformarme en tu esposa y por haberme elegido como la madre de tus hijos. No pasó en vano nuestra vida.
Aunque nuestros hijos, nietos y bisnietos dicen que cuidan a “La Abuelita”, yo cumpliré con mi promesa hecha en tu lecho de moribundo y cuidaré de todos los descendientes de aquél primer pic-nic.
Esta carta, al igual que las escritas después de tu muerte la quemaré, que nadie pueda leerla nunca, pues es una carta para ti. Al quemarla no podrá ser modificada, ni destruida, pues ya la habrás leído.
Solo me resta pedirte que, a pesar de encontrarte en otro mundo, con distintas actividades, no te olvides de mí. Sigo siendo una niña frágil sin el amparo de tus manos y brazos, sin tu sonrisa. Sigo enamorada de ti, te necesito, te amo, te amo....
Llévame contigo, amor mío.
Recuerdo nuestro último beso cuando te despediste de mí. Dame un nuevo beso amor mío... un nuevo beso que no sea efímero... que dure toda la eternidad... pide a los ángeles que vuelvan a unirnos.




Por siempre tuya, tu esposa


© Armando V. Favore

martes, julio 18, 2006

Regreso

Un nuevo despertar en esta larga, eterna sucesión de regresos. Sin poder manejar los ciclos, prisionero por aquella maldición; atado, pareciera con grilletes de acero, sujeto también a conseguir ese alimento el que cada vez que despierta se transforma en su único objetivo... nutrirse con el insustituible líquido que no sólo representa la vida misma para sus víctimas, también contiene su poderosa fuerza psíquica.
No sabe dónde se encuentra su actual morada mortuoria. Necesita volver a recibir energía vital, el dolor acude a sus músculos que comienzan a tensarse, la incómoda posición lo apremia a salir, el escaso aire del pequeño habitáculo le invade, lacerando sus pulmones. Exhala luego de décadas un flujo gaseoso que araña con ferocidad sus adormiladas cuerdas vocales; un desagradable gruñido emana de su interior.
Vuelve a la vida con la pesada cadena del pasado, que en su psiquis se repite una y otra vez atormentándolo; recuerda con fuerza de remordimiento la cobarde actitud que tuviera hace ya..., cuando destruyó aquel hogar, el de la increíble Enriqueta. Su solo recuerdo lo transporta al pasado, cuando no dominaba el impulso avasallador de su vehemente juventud.
“Para quienes la conocieron, Enriqueta era todo lo que un hombre puede pedir de una mujer, de trato dulce y femenino, pechos generosos, un talle perfecto, formas inigualables en una proporción que la hacían altamente deseable, desde todo punto de vista. Ella fue, sin duda la mujer que lo hechizó... con una sola mirada, la de aquellos ojos verde agrisados, ocultos tras mechones rojizos escapados de su abundante cabellera. La joven por la que perdió los estribos, desatándose en él una pasión desenfrenada... que terminó mal... aún hoy debe pagar sus consecuencias”.

Por momentos evade los recuerdos, el aire no es suficiente, necesita respirar; con un esfuerzo, que le parece hercúleo, logra desplazar una tapa corrediza, al momento más aire llega a su pálido rostro; abre los negros ojos, cubiertos por doloridos párpados de grandes pestañas y allí, en la semipenumbra, teñidas de plata por una espada de luz que atraviesa lo que parece ser un desvencijado portón, están las imborrables imágenes de lo ocurrido en 1318; acuden como crueles y certeros cuchillos para clavarse en su mente atormentada, condenado está y debe revivirlos una y otra vez, a cada nuevo despertar, por toda la eternidad.
“La dulce Esther..., desde la adolescencia insinuaba ser particularmente hermosa, como su madre Enriqueta. La dulce Esther..., presenció el asesinato de su padre, vio un río de sangre correr desde la sonrisa que la acunara de pequeña, luego centró su mirada en el rostro pálido, alargado y de cejas delgadas, reconociendo en el criminal al amante de su madre. La doncella quedó atrapada; cuando su propia sangre comenzó a brotar, abriéndose camino hacia el torrente paterno y notando la inminencia de lo inevitable, invocó la presencia de los mundos paralelos y con la fuerza de su virginidad conjuró al miserable condenándole a tener que alimentarse, por toda la eternidad, de aquella sangre que hizo correr”.
Lentamente se incorpora, nuevos dolores acuden a cada rincón de su antiquísimo cuerpo, pero ninguno se asemeja al que siente dentro del pecho, dolor por recuerdos, dolor por remordimientos, dolor por el dolor de Enriqueta, dolor por la insalvable herida...
“Enriqueta reconoció el error, luego de vivenciar el horror. No cabía en ella tanto sufrimiento, se mortificaba por haber permitido entrar en su vida el espíritu avasallador de semejante hombre. Conciente de su culpa y lamentándose, con un dolor que perforaba su corazón, decidió, contrariamente a la enseñanza recibida, que él ya no debía seguir viviendo y ella ocuparía el lugar de inmisericorde verdugo.
Arribó a la casa del bosque, la misma que los cobijara cuando su espíritu inquieto buscó en ese hombre la calidez retaceada por su marido, allí lo halló. La misma cabaña, cuyas mudas paredes observaron cuando, atribulada, prefirió las suaves y delicadas manos avanzando por su intimidad, a la rudeza de las callosas y enormes que la sujetaban luego de la faena marina.
Esperó angustiada hasta que la luna se enseñoreó de la noche. Tomó las herramientas para matarlo, una estaca de madera y un gran mazo. Lentamente se acercó al lecho en que tantas noches creyó amarlo y ahora, sin odio ni rencor haría lo que debía... por primera vez en su vida. Procedió, sin que su pulso tiemble, conteniendo la respiración, a dar un único y certero golpe sobre la estaca, haciéndole estallar el corazón. La sangre salió, buscando formar su propio cauce. Ella posesionada, con un grito estentóreo lo maldijo:
¾ ¡Por toda la eternidad serás maldito! ¡Deberás resucitar una y otra vez!. ¡Sólo hallarás paz cuando una estaca de madera te perfore el corazón; la mano que lo haga deberá poseer toda la fuerza de la virginidad!. Mi espíritu sufrirá eternamente, en cada recuerdo que tengas de mí.
El asesino tuvo un momento de conciencia y comprendió, quiso arrepentirse... mas la vida lo abandonó.
Enriqueta cayó al piso y entró en un breve sopor manchándose con la sangre de su destrucción. Luego corrió con desesperación hacia el cercano acantilado. Apenas una sombra cruzó los primeros rayos del alba, mientras unas leves olas rompían en las rocas esperando aquél destino de dolor y horror”.
Despaciosamente se acercó a la única abertura del lugar, doloridas manos giraron el picaporte del derruido portón; logró abrir lo suficiente para salir al exterior, la luz natural le hirió, mostrando una imagen cadavérica de ojos sanguinolentos y vestimenta negra. Reconoció el lugar... era un cementerio, pensó para sí: “Por su puesto”. A lo lejos, un cartel que adivinó escrito en español, incrementó sus incógnitas. Grabó en su memoria milenaria lo que parecía ser un nombre del que jamás tuvo noticias: “Catamarca”. Una nueva esperanza se abre para su espíritu atormentado, quizá en esta tierra encuentre una virgen que quiera matarlo.


Ó Armando V. Favore

Nuevamente Juntos

¡Te vi! ¡Te vi de vuelta Cristina!
Estabas, bueno… en una situación un tanto difícil. La camilla de la ambulancia sujetaba tus débiles miembros… para que no te caigas. Dos muchachos fuertes, quizá como tus nietos, cargaban fácilmente contigo, tan livianita ya… No podías dominar la cabeza, con la boca abierta y tus bellos ojos negros cerrados.
Te llevaban para hacer no sé que estudio nuevo sobre tu maltrecho organismo. Sondas, catéteres, cables, sensores, agujas, sueros y no sé que más formaban parte de esa lista de “insumos” con que trataron de prolongarte la vida.
¡Cómo nos separaron las circunstancias! Papá y Mamá te adoran, aún hoy. Igual que yo, que a pesar del tiempo siempre te esperé.
Cuando te casaste estuve allí, sé que me “viste”. ¡Qué alegría al nacer Horacio!, pude sentir el palpitar de tu corazón y ese agridulce que te apareció cuando pensaste que podía ser